.Devils Throat- Novela yaoi / homoerótica para mayores de edad.
 

Capítulo 6
Roots

Noviembre 4, miércoles.

Vargas metió las cosas en una bolsa de rafia y le entregó a la chica de la caja, el dinero por unas cuantas latas y paquetes de fiambre además de algo de pan. No había nada en la casa, y sus cosas tenían que llevarlas, tardarían al menos dos días porque había pedido el servicio sin antelación.

Como siempre, haciéndolo todo en el último momento, esa tarde cogería la embarcación y regresaría a la aldea en donde había nacido. En realidad no se sentía tan extraño como había esperado, en las calles de la pequeña ciudad que estaba puerto con puerto con la isla. Al guardarse las manos en los bolsillos su dedo índice asomó por abajo.

Se agachó para coger una moneda que se le había caído del bolsillo agujereado de la chaqueta de lana roja que llevaba puesta. No sabía si pensar que el agujero en su bolsillo era un mal augurio, o si haber encontrado la moneda era una buena señal. Esta vez se la metió en los bolsillos de los pantalones vaqueros, esperando que fuese lo segundo, y diciéndose que él no era tan supersticioso como para creer en esas cosas.

Unas cuantas personas se cruzaron en su camino, no las conocía de nada. Años atrás hasta la gente de la ciudad le había resultado conocida, pero al parecer había cambiado bastante, aunque seguía siendo una ciudad pesquera sin mucho glamour, (más bien ninguno), a pesar de que había visto algunos bares modernos y clubes en el centro, seguramente dirigidos a los turistas, después de todo había una playa allí mismo. De todas formas el turismo estaba muerto en esa época del año.

Su mirada se encontró con la visión de una chica joven de piernas flexibles y piel dorada, que ni siquiera los leggins atigrados eclipsaban, las llevaba enfundadas en un pequeño pantalón que dejaba poco a la imaginación, mientras se inclinaba adelante para servir unas cervezas en una cafetería. Bueno, algunas cosas sí habían cambiado. Se subió las gafas sin privarse de la visión y devolviéndole la sonrisa que le dedicó, seguramente muy consciente del poder que sus piernas sedosas ejercían sobre todo macho en su sano juicio.

Siguió caminando, lamentando no poder detenerse a tomar una cerveza para que se inclinase hacia él sobre su mesa, ya regresaría. Por el momento era mejor preocuparse de quitarse esa imagen de la mente para así poder dejar de plantearse si llevaba sujetador o no.

Regresó de pronto a paso rápido, entrando en la cafetería y aproximándose a ella para pedirle un paquete de cigarros rubios. Ella se rio, probablemente orgullosa de sí misma.

Él sonreía y comenzó a explicarle que acababa de llegar y era profesor de literatura, que iba a trabajar en la isla. Se le hacía sencillo relacionarse con la gente, y se apoyó en la barra del bar mientras ella cogía una cajetilla y se la entregaba, sonriente, quedaron en volver a verse.

La brisa del mar le revolvió el cabello azabache sobre sus iris dorados y se lo apartó un poco con la mano, subiendo a la embarcación mientras dos chicos bajaban de la misma, notó que lo miraban y les sonrió ligeramente, preguntándose si iban a ser sus alumnos. Eran guapos y se veían modernos, había esperado algo más “pueblerino”, pero tal vez eran internos.

–¿Se acuerda de mí, don Garniero? –le preguntó al hombre de cabello escaso en la coronilla y mirada desconfiada, observando el jersey lleno de quemados de la ceniza.

–¿Quién es?

–Soy el hijo de Losada –le dijo en tono familiar y agradable.

–¡No me digas! Estás hecho un hombre…

–Vengo a dar clases al internado.

–Ah sí… internado de chicos problemáticos, ¿no te lo dijeron? –le preguntó mientras esperaban a que subiese alguien más, probablemente ese hombre sabía de sobra a qué horas solían llegar y quiénes en cada viaje.

–Sí, me lo dijeron –se asomó por la borda, cruzando los brazos y llevando el cigarro a sus labios de media sonrisa, tras haber dejado las bolsas en el suelo.

–A ti te da igual, ¿no? Tú siempre fuiste otro gamberro –se rio el hombre colocándose a su lado.

–Me parece más interesante… –dejó salir el humo, mirando a las nubes y pensando que llovería esa noche.

–¿Y ya tienes dónde quedarte?

–Guardo la casa de mis padres, nunca la vendí –le explicó, mirándolo de soslayo.

–Haces bien, esas casas un día valdrán un montón, verás… algún día eso será un lugar para turistas.

Vargas se rio.

–Ojalá, de turistas guapas además.

–De las que toman el sol en topless. ¡Alemanas, eso es!

–Y lo mejor, juegan al volley ball en topless.

Ambos se rieron y pensó que el tiempo no transcurría en aquel lugar, a pesar de las caras nuevas, de la ausencia de algunos, y del paso de la edad reflejado en otros. Miró a los lejos, hacia la isla, sin embargo desde allí, todo se veía como siempre, y seguramente, cuando hablase con el director del internado, (antes colegio…) se percataría de que seguía sacándose las gafas y limpiándose las legañas de la misma asquerosa manera de siempre…


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