.Novela homoerótica para mayores de edad.
 

 

Capítulo 34
Second Chances are Hard to Come By

Takara se sujetó las puntas del cabello, nervioso, caminando entre la gente, y observando aquel café en donde se habían citado. No tenía idea de cómo se veía, ni como acercársele a ninguna. Enrojeció, bajando la cabeza, y sentándose en una de las mesas, esperando que fuese ella quien tomase la iniciativa. Además, se lo debía.

La mujer se bajó un poco las gafas de sol, mirando al chico que acababa de sentarse, el corazón palpitando con fuerza. Se las guardó en el bolso y se levantó. Se veía joven y elegante… Era guapa, el cabello negro suelto y los ojos azules como los de su hijo. Apoyó una mano en la silla frente al moreno y lo miró nerviosa. – ¿Takara?

Los ojos azules del chico se alzaron, mirándola, sorprendido. No importaba como se viera ni cuando llegara, habría sido imposible que no lo tomase por sorpresa. – Ma... Sí... – murmuró sin estar seguro de cómo llamarla.

– Mamá… me hubiera gustado que lo dijeras…– sonrió levemente, emocionada, sentándose. – Eres muy guapo…– le tocó la cara con una mano y luego sujetó su bolso con ambas. –Lo siento… – lo apretó con fuerza, arrugando el cuero.

– No... – frunció el ceño, enrojeciendo y bajando la mirada. – Si querías que te llamara así, debiste quedarte con nosotros...

–Lo sé…– apretó los ojos con fuerza y lo miró después. –Sé que podrás perdonarme, Takara… Todos… cometemos errores… ¿verdad?...

– Errores... ¿Cómo yo fui un error para ti? – la miró tras el flequillo, preguntándose si no estaba siendo demasiado duro. Pero no, era ella la que se había ido. – Yo no me voy de donde mi papá. – añadió de pronto como si alguien se lo hubiera propuesto.

–No… he venido a llevarte conmigo… Sólo quería que supieras que me arrepiento… y que sé que tengo un hijo… que no te he olvidado ni un sólo día…– tragó saliva y miró al camarero que acababa de llegar, pidiéndole una copa de vino para que se largase rápido. –Tenerte no fue un error… Irme sí… no tienes por qué perdonarme… Sólo… puedes odiarme… pero eso no te hará ganar nada… Perdonarme… Tal vez ganes una madre… aunque no sea perfecta…

– ¿Para qué...? – bajó la mirada de nuevo, sintiéndose sacudido, su voz temblando un poco. – ¿Por qué ahora? ¿Por qué no viniste antes? Si tanto pensabas en mí... Mi papá.... realmente te quería, lo sé.

–Tu padre… – frunció un poco el ceño y sacó un cigarro del bolsillo, suspirando y llevándose una mano a la frente. Criticarlo a él no sería el mejor modo. – Cuando me enamoré de Shingo… era muy joven… Él ya trabajaba como Host a pesar de que no tenía la edad necesaria… usaba un carné falso… Me consiguió otro a mí… para que pudiera ir a verlo… ¿quieres que te cuente esto?– sonrió levemente, con algo de dolor, bebiendo un poco después. – ¿Te lo ha contado él?

El chico la miró, negando con la cabeza. – Y no me ha dicho nada malo de ti, si te lo preguntas... No era necesario, igual... – refunfuñó, sin ceder aún.

–Ya… sabía que no te diría nada malo de mí…– sonrió levemente, apoyándose en la mano que sujetaba el cigarro sin rendirse. –Yo estaba prometida… para casarme… con un joven… algo más mayor que yo… Pero tuve que dejarlo… me enamoré tanto de Shingo… que sólo podía pensar en él… Necesitaba verlo como fuera… Agoté todo mi dinero… incluso mi beca de estudios… en verlo… Al final… tuve que recurrir a… trabajar como prostituta…

– Pero él también se enamoró de ti, ¿no? – la miró, seguro de lo que decía, pero sin poder evitar pensar en Kenzo por un momento. Podía comprender eso, el desear ver a alguien tanto que estés dispuesto a todo. Incluso había pensado gastarse el dinero de su tutor, pero su padre se daría cuenta.

–Sí… al final… se enamoró de mí… y empezamos a vivir juntos… pero entonces… me di cuenta de lo mucho que me había estado engañando… ¡Sé! Que yo pagaba por eso… pero jamás creí…Yo… creí todas sus mentiras… que no le importaba que me prostituyese… que dejaría su empleo y buscaría otra cosa… todo mentira…

– ¡No lo era! ¡Si te hubiera mentido no se habría quedado contigo! ¡Fuiste tú quien lo dejó, ¿no es así?! – saltó el chico como siempre lo hacía ante el más ligero asomo de crítica a su padre. – No ha vuelto a estar con nadie, ¿lo sabes?

– “No…”– susurró mirándolo, un poco nerviosa por que se alterase de ese modo. – No tienes por qué creerme… pero tu padre quiso obligarme a dejar mi trabajo. Si realmente le hubiera dado igual como predicaba… no lo habría hecho… y habría buscado él otro empleo… pero ni siquiera lo intentó… Tú no sabes… o tal vez sí… cómo es Shingo cuando no se hace lo que él quiere…

– Mi padre es... mi padre siempre cuida de mí. Y además... además... ¿por qué tenía él que buscar otro empleo si tú no querías dejar el tuyo? Y ¿por qué querías seguir haciendo eso? Si te quejaste hace poco... Ya no lo eres, ¿verdad? – la miró resentido. – Por otro, sí lo dejaste...

– Me casé con un cliente… no lo he dejado en realidad…Siempre estaré enamorada de tu padre… – miró la copa de vino, el líquido moviéndose un poco. – Necesitaba seguir haciéndolo… porque no podía fiarme de que Shingo no me dejase… y quedarme sin nada… porque yo quise dejarlo… Le dije que lo dejaría si él lo dejaba como me había prometido… pero no quiso… Tenía que seguir viendo a esas mujeres… y ¡nunca estaba en casa! Tú debes saberlo tan bien como yo…

– Mi padre... trabaja por mí. Y a mí no me importa cual sea su trabajo. Yo sólo quiero que sea feliz. – bajó el rostro, un poco golpeado, pero intentando disimularlo. – Tú también hubieras querido eso si lo hubieras amado.

–No… yo quería que fuera feliz conmigo… no con otras… eso es amar… Lo otro… Lo otro es querer…

–No me importa... No me importa lo que digas. Igual me dejaste, y yo no tenía nada que ver en eso. – negó enérgicamente, molesto. – Y mi padre sí se ha encargado de mí. Todo el tiempo.

– Está bien, Takara…– la morena se levantó despacio de la silla, sonriendo levemente, dolida. –Ya veo que lo quieres mucho y no me quieres escuchar… Te comprendo… sé que ahora estas muy nervioso y no vas a hacer caso a nada de lo que diga… Así que piensa en esto… que hemos hablado… y… tienes mi teléfono… para llamarme cuando quieras, aún estaré aquí… unos días más… Me alegro… de verte…

Takara no la miró, rojo como estaba, temblando un poco y sin decirle nada. No podía. Y no podía evitar sentir que lo estaba abandonando de nuevo. Las cosas no habían salido como ella quería, así que se iba. Ni siquiera iba a quedarse en la ciudad.

–Yo… ahora vivo en América… – se explicó, buscando que al menos se despidiese de ella. – Quiero que sepas que puedes venir a mí cuando quieras… – se llevó la mano a la cara, sintiendo que iba a llorar y apretó el bolso de nuevo, caminando deprisa para alejarse.

Más el chico no se movió de su asiento, apenas alzando la mirada bajo el flequillo, las lágrimas resbalando silenciosamente por sus mejillas. Se sentía terrible, ni siquiera podía especificar lo que estaba sintiendo. Bajó la cabeza entre sus brazos, sollozando un poco, y buscando el móvil con la otra, marcando el número del pelirrojo, para dejarle un mensaje. – “Kenzo... quiero verte. Por favor, mi papá tiene una cita esta noche...” – colgó, tocándose el colgante con las cruces, esperando.

En el local, pelirrojo se sacó el móvil del bolsillo, leyendo el mensaje. – “Hazme una llamada perdida cuando se vaya y espérame despierto. Llegaré lo antes posible… *chu*”. Lo giró en el aire y lo cogió en la mano, guardándoselo en el bolsillo. – “Pan comido…”

 

 


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