.Novela homoerótica para mayores de edad.
 

 

Capítulo 42
Reaching Out, Then Running away

El pelirrojo se levantó un poco entre las sábanas y entreabrió los labios para decir algo desagradable, dejándose caer de nuevo y girándose hacia fuera.

– “¿Estás despierto, Kenzo?” – susurró el chico, por no molestarlo si no lo estaba, quitándose la camisa mientras caminaba. Al menos podría dormir un poco.

– Sí…– lo miró de soslayo, molesto porque se hubiese ido sin avisarle nada y encima con ese tipo. – Saliste con un cliente… ¿seguro que estás preparado para eso?

– Salí con un cliente... pero... al final, no fue eso. – se sentó en la cama, observándolo. – ¿Estás molesto?

– No – sentenció, mirándolo de soslayo. – No me dijiste nada…

– Admite que estás molesto... – sonrió, tocándole una pierna. – Está bien, no te voy a comer. Sé que cometo muchos errores, muchos, pero muchos...

– ¿Qué pasa? ¿No saliste con él como cliente, verdad?– Kenzo lo miró, girándose en la cama para verlo mejor.

–Esa era la idea, pero la verdad... no. Me agrada mucho ese chico. No podría cobrarle... – se sinceró, sin mirarlo, preguntándose si se pondría celoso, o sólo lo reñiría.

– Te agrada mucho… ¿más que yo?– se apoyó en un brazo y lo miró directamente.

– ¿Realmente te importa? A veces siento que sólo quieres que yo te quiera... – lo miró, sonriendo un poco. – Me agrada mucho, pero no le dije lo que a ti.

– Claro que quiero que me quieras…– se recostó de nuevo, sintiéndose un tanto frustrado, sin saber qué hacer. –¿Por qué dices eso? ¿Tú le gustas? Claro… es tu cliente… Está claro que le gustas… Debí ofrecerte trabajo en una hamburguesería...

– Hubiera sido lógico, si trabajaras en una... – se rió, acostándose a su lado. – Le gusto... Y no supe qué contestarle. ¿Te sentiste así anoche, cuando te dije eso?

– No sé cómo te sentiste tú… Yo te contesté… – lo miró a los ojos y se giró en la cama, cogiendo su pantalón y abriendo la cartera, sus manos nerviosas mientras sacaba una foto y se la mostraba.

– Ese chico... ¿es el hijo de Hayabusa-san, no? – miró la foto, sintiendo que el corazón le daba un vuelco. Apenas la tocó con dos dedos, aunque sin quitársela. – Se ve feliz... ¿Por eso no me lo podías decir?

– No exactamente… pero no puedes decirle nada a Hayabusa-san…– observó la foto y al chico a su lado, sentía que el corazón le iba muy rápido… No quería estar solo en aquello… como en todo siempre… – Es mi hermano.

– ¿Tu hermano? Pero... Hayabusa no es tu padre... – le sonrió, pensando de pronto que se parecían bastante. No era el único que lo notaba, pero entonces... No lo comprendía.

El pelirrojo lo miró a los ojos. – ¿No? ¿Y por qué estás tan seguro?

– No lo estoy. Es sólo que no comprendo... ¿No lo sabe? ¿Sucedió algo? – lo miró a los ojos, confundido. – ¿El chico lo sabe?

– No… Sucedió que mi madre se quedó embarazada y él la ignoró… El resto ya lo sabes… Y ahora mi hermano es mi cliente…– miró la foto de nuevo, girándola entre los dedos. – Pero él cree que somos novios…

– Eso no tiene sentido... ¿cómo que es tu cliente? ¿Qué haces, Kenzo? – Lo miró serio, pensando que se veía nervioso. – Es extraño, de Hayabusa-san... Por la manera como cuida a ese chico...

– Pues yo no tuve tanta suerte…– el pelirrojo sonrió de medio lado y guardó la foto en la cartera de nuevo. – ¿Qué hago? Lo que él me hizo a mí… Dejarlo solo…

– Y ¿qué hay del chico, Kenzo? – lo miró a los ojos. Lo comprendía, en realidad... Podía comprenderlo, pero estaba seguro de que se equivocaba.

– Lo convertiré en mi madre…– se quedó totalmente serio, cerrando la cartera y guardándosela. –Yo seré Hayabusa-san… y lo hundiré…

– Estás siendo un idiota. Ese chico no te ha hecho nada. Si haces eso, no tienes derecho a quejarte de Hayabusa-san, ¿no lo crees? – continuó mirándolo, igual de serio. – No puedes hacer eso, Kenzo.

El pelirrojo se levantó un poco, sentándose en la cama. – Sí puedo y ya lo estoy haciendo– Lo miró a los ojos desafiante. – ¿Me has visto quejarme? ¡No! Yo nunca me quejo… yo no me quejo… Voy a vengarme… No a llorarle que me quiera… ¡Entonces me estaría quejando!

– No me grites, Kenzo... – permaneció sentado, sin saber qué hacer. Sabía lo que deseaba, estaba confiando en él, quería su apoyo. Pero él no podía decirle que estaba bien. – Tal vez deberías quejarte más. Tal vez deberías hablar más de lo que sientes, en vez de destruir a alguien que confía en ti.

Kenzo lo miró a los ojos, no quería admitirlo ni hablar de ello… de su debilidad cuando estaba con el chico… ¿Pero entonces por qué se lo había contado? Ya sabía lo que iba a decirle… se estaba ahogando en aquella situación… –Tú no le dirás nada a Hayabusa…– aseguró aunque su tono se veía un tanto amenazante. Se arrepentía de habérselo contado, iba a estropearlo todo… después de tanto tiempo planeando aquello…

– ¿Qué harás, matarme? – le sonrió, tratando de apaciguarlo. – Kenzo, no puedo permitir que hagas esto... La gente comete errores, ya sé que no te sirve de nada que te diga eso. Pero al menos... Tal vez no lo sepas todo, los padres no se lo cuentan todo a sus hijos. Y tú... te harás daño también.

– Tú verás… pero si hablas con Hayabusa… me llevaré al chico… y te puedo asegurar que no le va a ir bien…– se levantó de la cama, comenzando a vestirse. – Pensaba que podía confiar en ti… pero ya veo que no.

– Estás equivocado. – sentenció, con un tono de voz cortante. – Puedes confiar en mí. ¿No esperabas que estuviera de acuerdo con esto, verdad? No voy a dejar que arruines tu vida, la de ese chico, la de Hayabusa, y la mía. Las cosas no son tan sencillas. – se paró frente a él, notando cómo se vestía.

– ¡¿Y qué harás?! ¿Cómo vas a detenerme? No hagas que me dé la risa…– lo apartó con un brazo, echándolo a un lado. –No estoy arruinando tu vida, esto no tiene nada que ver contigo…

– ¡Claro que tiene que ver! ¡Tiene que ver todo, porque te amo, idiota! – lo sujetó de un brazo, deseando que comprendiera. – Eres un necio, Kenzo. ¿Crees que esto te va a hacer sentir mejor? ¿Eh? Tú no eres así, pienses lo que pienses.

Se soltó de su mano con brusquedad, calzándose y poniéndose la chaqueta mientras salía del piso. – Supongo que la cita queda cancelada– cerró la puerta a su espalda. Furioso porque no lo comprendiese y aún encima le dijese que lo amaba… ¿Qué suponía que debía hacer?...


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