.Novela homoerótica para mayores de edad.
 

 

Capítulo 70
A Walk on the Wild Side

Takara se pasó la mano por los ojos, controlándose. No sabía para qué le había enviado la foto esa, ¿era algún tipo de mensaje? Tal vez la había enviado el otro chico con su móvil... No importaba, se veían felices. Kenzo sonreía de una manera en la que nunca lo había visto sonreír. De a malas había controlado sus ganas de llamarlo y preguntarle. No, eso sólo lo haría ver más obsesivo. Lo que había decidido era luchar por él, hasta las últimas consecuencias. Si tenía que pagar por verlo, lo haría. Y si tenía que hacer aquello para conseguir dinero...

Alzó su mirada, hacia el letrero del local, nervioso, apretando sus manos, una contra la otra. Tal vez había sido una señal, el que le entregasen aquel volante ese mismo día de su cita. Suspiró, frunciendo el ceño y metiéndose las manos en los bolsillos para que no se notase cómo temblaban, caminando lentamente. No podía ser tan difícil, ¿o sí? Tal vez sólo le pidieran alguna mamada o algo así... eso era menos intimidante.

– Eh, chico, ¿estás libre? – un hombre, que se veía mayor que su padre, se le acercó, sujetándolo con suavidad del brazo. Takara lo miró a los ojos como si quisiera pegarle. De hecho, era lo que deseaba. Pero sonriendo luego y asintiendo en silencio.

Koya se levantó del banco desde donde lo había estado mirando, preguntándose si iba a entrar o no, pensando en si debía detenerlo o meterse en sus asuntos. La cosa… es que sentía debilidad por ese tipo de chicos y no podía quedarse allí como si nada, viendo cómo tiraba su vida a la basura como él. Le sujetó los hombros y miró al caballero, sonriéndole. –Lo siento… el chico había quedado conmigo ya… ¿verdad?– le preguntó, seguro de que lo preferiría a él antes que a aquel viejo, eso o era muy raro.

– Eh... Sí, lo olvidaba– asintió, preguntándose si no estaría cometiendo un error. Luego resultaba que alguien así era más peligroso que un viejo. Pero de sólo pensar en que lo tocara...

– Pues haberlo dicho antes, chico. – el viejo, casi le gruñó por haberle dicho que no estaba ocupado y se alejó, refunfuñando algo.

– Oye… no me gusta que se olviden de mí ¿sabes?– sonrió levemente, mirándolo a los ojos y pensando que era muy guapo. –Así que… ¿Cómo va?– preguntó refiriéndose a cuanto cobraba y demás, para ver qué le contestaba.

– ¿Cómo va qué? ¿Vas a contratarme? – lo miró a los ojos sin percatarse de lo que le estaba preguntando y sin cuidar mucho sus modales. Como él lo veía, no se le acercaban a tener una conversación.

Koya se mordió un poco el labio, sonriendo. – Se supone que cuando te preguntan algo así respondas tus condiciones… Así que dime… ¿Cómo son tus condiciones?... – se guardó las manos en los bolsillos pensando que seguro que era un inocente, si era obvio por su aspecto que él era un gigoló.

– Oh... – desvió la mirada enrojeciendo, sintiéndose idiota. – Pues... Nada de cosas raras, no me va el sado maso, y tampoco quiero vestirme de mujer ni de bebé, ni nada con mierda... – alzó la mirada de nuevo, preguntándose si es que era muy agradable o un proxeneta o qué. Cualquiera se hubiera aprovechado de su inexperiencia, ¿no?

Koya se apoyó la mano en la boca, aguantándose la risa y enrojeciendo un poco. –No, lo que deberías decir es algo como, son tanto, lo que juzgues, lo hago con condón, ¿pasivo? y… no te corras dentro… algo así… Es lo que quieren saber… A no ser que sólo lo hagas con la boca… o cosas así…

– Preferiría eso... – lo miró, frunciendo el ceño, porque notaba su gesto. – ¿Quién eres? ¿Un entrenador de putos o algo así? No sabía que hubiera tantas reglas.

– Soy un gigoló… de los de verdad…– le explicó. Suspirando levemente, le hacía gracia su cara de enfado. –Y si no eres un poco más amable con tus clientes… lo más seguro es que acabes teniendo problemas… ¿Estás seguro de que quieres hacer esto? ¿Cuántos años tienes?

– Los suficientes... Y tú no eres un cliente, ¿verdad? Sólo me estás molestando. Seguro espantaste a ese viejo para eliminar la competencia. – lo miró, pensando que debía ser un poco como lo que sucedía con los hosts. – ¿Vas a contratarme o no? Porque no puedo estar perdiendo el tiempo... Y no soy de mentira... – refunfuñó, molesto porque le dijese aquello.

– Sólo quería echarte una mano… No eres competencia para mí… Yo no hago sexo oral además… y sólo me acuesto con pasivos… – le explicó, mirándolo a los ojos y pensando que eran bonitos, de un azul intenso. – Así que… estás seguro de que quieres prostituirte ¿no?... Es desagradable… ¿sabes? No es como suena… o como te imaginas, es mucho peor…

– No vine por el glamour... – se rió, sin poder evitarlo. – Ya sé que es desagradable, pero tengo que hacerlo, necesito el dinero. Y... disculpa. – enrojeció, desviando la mirada de nuevo.

– Tranquilo, comprendo que te comportes así… Aunque no es el modo de conseguir clientes…– le apoyó la mano en el cabello, acariciándoselo con suavidad y pensando que era muy mono. – ¿Cómo te llamas?....

– Takara... – le quitó la mano de su cabeza, sintiéndose como un crío. – ¿Y tú?

El otro se rió, cogiendo un cigarro del bolsillo. – Koya, pero no deberías decirle tu nombre real a los clientes, no sabes a quien pueden conocer y… tal vez llegue a oídos de alguien que no quieras… Que te prostituyes… – encendió el cigarro y se guardó el mechero en el bolsillo, observándolo. –Así que… Takara… ¿Por qué no buscas un trabajo más adecuado para ti?

– Porque necesito mucho dinero en poco tiempo... – le contestó, alicaído. Lo cierto es que no sabía nada de nada. Pero no había pensando que aquello fuera importante. Todo lo que querían era su cuerpo, ¿no era así?

–Y supongo que no vas a decirme para qué… – lo miró, pensando que seguro que era por ropa de marca o cosas así. El chico no iba vestido como un pijo ni mucho menos pero sin embargo toda su ropa era cara aunque fuera de un estilo un tanto grunge. Se rozó el cuello, mirándolo y tocándose el labio después. – ¿Y dónde tienes pensado ocuparte de tus clientes?

– No... No lo sé– admitió, enrojeciendo y desviando la mirada de nuevo. Ese tío sólo le hacía preguntas embarazosas y ni siquiera sabía para qué se quedaba hablando con él, si lo que necesitaba era conseguir algún cliente.

– No vayas a sus casas y no dejes que te lleven en coche a no ser que los conozcas bien y aún así… lo mejor es llevarlos a un sitio que tú conozcas o a un love hotel…– se tocó la cadenita del labio y sintió que se ponía un poco nervioso. – ¿Quieres venir a mi casa?...

– ¿Eh?... ¿Para qué? Tú no me vas a pagar, ¿verdad? Y acabas de decir que no deje que me lleven a sus casas... – sonrió, un tanto maldito, a pesar de todo.

– No seas baka… yo no soy un viejo pervertido de esos… ¿Qué crees que te voy a hacer?... – suspiró, negando con la cabeza. – Te pagaré… pero si quieres ir con otro… es cosa tuya– le dio una calada larga al cigarro y esperó un momento, mirando a un hombre que se acercaba y que ya conocía. – Pero decídete rápido…

Takara miró al chico, asintiendo luego, aunque no le pareciese muy prudente. – Voy contigo... pero no creas que soy un debilucho, ¿eh? – le advirtió de todas maneras por si acaso.

–Yo sí…– se rió Koya aunque de todos modos sí podía con ese chico. En realidad sólo quería mostrarle lo que era prostituirse, para ver si así se le quitaban las ganas. En realidad no sabía si iba a ser capaz… de resistirse a él. Echó a caminar, dirigiéndose hacia el edificio donde vivía, dando por sentado que el chico lo seguía. – … ¿alguna vez has hecho lo que vendes?

– Muchas veces... – contestó, aunque por el color de su rostro, ya se veía que no. En realidad, estaba algo asustado. Pero nadie se había muerto por tener sexo. Hubiera preferido que su primera vez fuera con Kenzo, seguro le parecía un pensamiento cursi.

– Ohm…– el otro sonrió levemente, seguro de que mentía con aquella expresión. Subió con él al piso y le abrió la puerta para que entrase. Estaba todo bastante desastrado y la mesa llena de botellas de vino, la cama desecha y una colección de fundas de preservativos por el suelo. –Ya sé que no tiene buen aspecto.

–No me molesta... – murmuró, aunque pensando que ya podía recoger un poco al menos. Se pasó las manos por el cabello, entrando un poco más, y preguntándose qué hacía ahora.

– Los clientes no van a ser tan agradables como yo… – le aseguró, mirándolo a los ojos un momento y sacándose la chaqueta. – Y deberías advertirles que no vas a besarlos… La mayoría no lo hacemos… – le explicó, quitándose el jersey y la camiseta a la vez. No solía gustarle desnudarse así como así porque no tenía una complexión muy buena… pero quería que viese el aspecto golpeado y maltratado de su cuerpo.

– ¿Por qué no? ¿Qué tiene de malo? – se giró, observándolo e intentando ocultar la sorpresa al ver su cuerpo golpeado, bajando la mirada. Se sacó la camiseta sin mucho cuidado, aún nervioso. – ¿Por qué haces esto? No sabía que los gigoló contrataran a otros...

– ¿Por qué no?... Me siento solo– lo miró a los ojos, notando su reacción. – Claro que puedes besarlos, sólo… No querrás besar a un viejo ¿no?– se rió, tratando de relajarlo un poco. – La mayoría son viejos… reprimidos… Otros sólo quieren descargar sus frustraciones en el empleo o con su familia… Por eso…– lo dejó en el aire, preguntándose por qué se desvestía, pero sin detenerlo. Simplemente no podía… Ver aquel cuerpo suave… aquella piel perfecta… No podía evitar desearlo.

– Ya... – se quitó los jeans, enrojeciendo y cruzando los brazos, como cubriéndose. No sabía ni por donde comenzar. Se sentía idiota. Se acercó un poco, colocando sus manos en los brazos del chico, mirándolo. Realmente se veía magullado, era extraño... pensar que era tan atractivo.

Koya lo miró a los ojos, nervioso y enrojeciendo un poco, sonriendo al percatarse de que no era lógico que se pusiera así, siendo quien era. Le pasó la mano por la nuca con suavidad, inclinándose para besarlo, cerrando los ojos y haciéndolo con delicadeza. Acariciándole el pecho con la mano, tocando aquellos pezones suaves y sintiendo cómo endurecían bajo sus dedos.

Takara estremeciéndose, nervioso. Además, no comprendía para qué le decía que no besara, si luego lo iba a besar. Bajó sus manos por los brazos del chico, tratando de mantenerse firme. Estaba haciendo eso por Kenzo, ¿no? No iba a dejar que se lo quitaran así de fácil.

El mayor lo miró a los ojos, observando su rostro y pensando que no era nada profesional. Claro que él no estaría de ese modo si el chico lo fuera. Le sujetó la mano y la bajó por su abdomen, deslizándola por su sexo sobre los jeans. La verdad es que quería tocarlo… Sin embargo… no era capaz de hacer eso… No se sentía con derecho a hacerlo. Sólo quería detenerse… y no lo lograba. El chico no parecía rendirse.

Takara sintió cómo su rostro se tornaba rojo brillante al sentir aquello. ¿Se supone que debía tocarlo? No, más que eso, aún y... Le tembló el aliento, su corazón retumbando acelerado. Y sin más le bajó la cremallera, tocándolo directamente ya, casi ahogándose por el nerviosismo.

– Tranquilo… – Koya lo abrazó contra él, sin saber qué demonios estaba haciendo. Sin poder evitar estremecerse al sentir su tacto. – ¿Por qué lo haces Takara?... ¿No lo odias?

El chico negó con la cabeza, a pesar de que continuaba temblando un poco. Quería detenerse, claro que quería detenerse, estaba asustado. – Tengo que hacerlo... – susurró con la voz algo quebrada, preguntándose por qué lo abrazaba así.

Koya le sujetó la mano, deteniéndolo y llevándolo con él a la cama. Se sentó y lo hizo sentarse a su lado, su sexo estaba pulsando como loco. ¿Qué demonios estaba haciendo? ¿Qué clase de imbecilidad? – ¿Cuánto necesitas?...

– No... No lo sé... Hum... – se quedó pensando en la cantidad que se había gastado en Kenzo la primera vez, y la segunda... había sido más. Le dio la cantidad, quedándose en silencio por un momento. – Pero tendré que hacerlo de nuevo, creo... depende... – suspiró, tocándole una pierna.

– Está bien… – miró la mano con la que le tocaba la pierna y se sacó la cartera del bolsillo, contando lo que le habían dado los dos últimos clientes. –Toma…

– Pero... ¿nada más me lo vas a dar? ¿Así? – lo miró sorprendido, por un lado aliviado, por el otro, sintiéndose culpable. – ¿Por qué?

– Porque no puedo hacerte esto… Me siento mal… No quiero que acabes como yo…– se echó hacia delante y cogió la ropa del chico. – Vístete… y vete a casa…

– No puedo... Me siento extraño sólo aceptando tu dinero. – se quedó mirándolo incrédulo de tener ese dinero en sus manos, así de fácil. – No sé, tal vez no es tan malo, ¿no? Podría hacer algo...

– Puedes quedarte conmigo un rato…– lo miró a los ojos y lo recostó contra el cabecero. Recostándose para apoyarse en sus piernas, acariciándole el muslo con suavidad y suspirando levemente. –No hay nada lo suficientemente bueno que merezca la pena comprar a cambio de ganarse así el dinero… Te lo aseguro…

– Yo... estoy enamorado de alguien. Y necesito el dinero para verlo porque... – suspiró, preguntándose para qué le decía eso. Suponía que como apenas lo conocía no importaba. Lo cierto es que deseaba poder hablar con alguien y no era algo que pudiese contarle a su padre. – No quiero perderlo.

– Necesitas dinero para verlo… ¿Es que vive afuera? ¿O es porque es un host?– lo miró de soslayo. Sabía que muchos acababan prostituyéndose para estar con ellos.

– Es un host, ¿cómo lo sabes? – parpadeó sorprendido. – Pero... no es lo que piensas. Él ya es mi novio fuera de eso. Aunque no lo haya visto casi en dos semanas. Está ahorrando para salirse de eso... – sonrió, recordando su rostro al contarle aquello.

– Ah… ya veo… Pues se va a enfadar cuando sepa cómo pretendes conseguir el dinero para verlo… Yo me enfadaría… y me pondría triste también…– lo miró de soslayo, pensando que ese cabrón seguro que no. ¿Su novio? Y una mierda…

– No pienso decirle... Además, no creo que se enfade, creo que comprendería... Quiero verlo, lo extraño...

El moreno se sentó para mirarlo a los ojos. – Nadie que te quiera… desearía que estuvieses haciendo esto… ni siquiera si es para estar con él. Yo no te conozco y no quiero que lo hagas.

– Pero tú eres un poco extraño – le sonrió, pensando en realidad que era muy amable para ser un gigoló. – Kenzo me quiere, lo sé, es el único que me ha mirado así... Me quiere... – repitió, no muy seguro, pensando en aquella foto.

– ¿Kenzo?– preguntó el moreno que por poco levantaba la voz.

– Es su nombre – asintió, preguntándose por qué se exaltaba ahora. – Oye... ¿De verdad quieres pagarme por hablar de mi novio contigo? Porque podemos hablar de otra cosa...

– Es igual… cualquier cosa me sirve… – contestó, algo angustiado, sin saber qué hacer. – Es curioso porque a mí me gustaba un host que se llamaba Hideyoshi… pero dejé de verlo… No tenía sentido teniendo en cuenta que él y un chico que se llamaba del mismo modo parecían tener una relación… según él…

– Según él, estará inventando... – contestó, frunciendo el ceño, seguro de que el tal Hideyoshi era un quita novios. Se puso de pie, buscando su móvil y mostrándole la foto que le había enviado, aún no la borraba. La necesitaba para recordarse el por qué de aquello. – Es ese, ¿no?

– Sí…– sujetó el móvil, mirando al rubio y pensando que se veía feliz. Sonrió levemente y se la envió al suyo sin pedir permiso, no fuera a ser que le dijera que no. – Tal vez mentía para hacerme desistir… No lo sé… – admitió, sintiendo un poco de dolor al ver aquello. –Pero viven juntos… No sé si lo sabes…

– Sí... Pero Kenzo me dijo que sólo son amigos, aunque ahora creo que ese tío piensa distinto. Por eso... Por eso tengo que hacerlo, ¿comprendes? No puedo dejar que me gane, viven juntos, trabajan juntos. Y yo... Yo casi no lo veo. – protestó, bajando el rostro, sintiendo que se le llenaban los ojos de lágrimas. Se sentía abandonado, era lo cierto. Y sentía que no tenía derecho.

– No llores… – le pasó la mano por los hombros y lo aproximó un poco. – No es digno llorar en casa de un cliente y en calzoncillos…– sonrió, tratando de hacerlo dejar de llorar. Besándole una mejilla, no sabía que decirle. Sólo que los host no eran de fiar pero seguro que le sentaba mal.

– Pero tú... – “no te sientes como un cliente” pensaba decir, pero ni siquiera había tenido uno en su vida. Era una tontería. Se pasó la mano por los ojos, controlándose, y enrojeciendo de nuevo. – Lo siento.

– No pasa nada…– le revolvió un poco el cabello con la mano. – Es una pena que te guste ese… Debías de fijarte mejor en un buen chico como yo…

Takara se rió sin poder evitarlo. – Pero Kenzo es un buen chico y tú eres un gigoló, seguro me cobrabas igual.

– No…– se rió y le ayudó a ponerse la camiseta. – A mí no me pagan por mentir… Me pagan por sexo, es lo que hago… No les digo que les quiero o les doy esperanzas para nada… – sonrió levemente, aún mirándolo –De todos modos, a ti no podría cobrarte por eso ni siquiera.

– ¿Por qué no? – le preguntó, poniéndose los jeans, y refunfuñando. – Y Kenzo sí me quiere...

– No digo que no… hablaba de los host en general…– lo miró, pensando que tenía unas nalgas bonitas. – No te cobraría… Me agradas demasiado… para que pudiera tratarte como a un cliente… ¿seguro que te gusta Kenzo? ¿No te gusta más Koya?

– Eres un baka... – se rió, enrojeciendo un poco, seguro de que le tomaba el pelo. – Yo estoy enamorado...

– Y yo me estoy enamorando… – sonrió, riéndose después, poniéndose la camiseta y el jersey. – ¿Vas a ir a verlo ahora?

– Sí, pero... me siento mal de llevarme tu dinero. ¿Seguro que está bien? – lo miró de nuevo. Era muy agradable.

– Sólo si me prometes que saldrás conmigo… – se levantó de la cama. Después de todo, ahora debía hacerse unos clientes más antes de acabar la noche.

– ¿Eh? Pero tengo novio... – parpadeó, confundido, aunque suponiendo que se lo debía luego de lo que había hecho por él. Claro, tampoco era una tortura. – Bueno, vale...

– No importa… No voy a hacerte nada, sólo quiero pasar el rato contigo. – salió de la casa, acompañándolo. – Te voy a llevar hasta allí, no deberías ir solo por estas calles.

– Gracias... Aunque puedo cuidarme. Y de todos modos... – sonrió, alborotándose el cabello. Se habría salvado esta noche pero le iba a hacer falta el dinero si quería seguir viéndolo.

–Ya… pero al menos así tendrás más tiempo para pensar en si es una buena idea o no. – suspiró con fuerza y bajó en el ascensor con él. – A mi mejor amigo lo violaron entre dos… en el parque de abajo… por la noche… Así que… no me digas que sabes cuidarte solo… no se trata de eso… Se trata de que si creen que eres un gigoló… pensarás que tienen derecho a hacerte lo que les dé la gana…

– ¿De.... de verdad? ¿Es por eso que... tienes esas marcas? – se atrevió a preguntarle, enrojeciendo un poco. Debía ser duro llevar una vida así.

–Sí… ya te digo que a veces están frustrados y la pagan contigo… Otras veces porque no quieres acceder a lo que te piden… como besarlos… dejar que te penetren… esas cosas… y entonces te pegan… – se encogió de hombros, pensando que era natural para él.

– Pues no deberían acceder a tus condiciones si luego no van a cumplir. ¿No has pensado... en tener un arma? – preguntó, sintiéndose algo extraño de sugerir algo así. Pero no le parecía justo.

– ¡Dios! No… No pienso matar a alguien por ponerse brusco o por violarme… Si hiciera eso, no podría dedicarme a esto… el 50% son así… y los otros restantes… sólo son… desagradables… Te tratan como a un objeto…

– No era para que mataras a nadie, sólo para asustarlos... Y yo creo que violar a alguien es bastante malo como para que no se lleven su merecido... Una cosa es vender tu cuerpo por dinero y otra muy distinta es permitirles lo que sea. – lo miró de soslayo, poniéndose nervioso por el cariz serio que tomaba la conversación.

– No, Takara… Si sacas un arma… puedes provocar que se vuelva contra ti. Cuando te dedicas a esto sabes a lo que te enfrentas y sabes que tienes que vivir con ello. Por eso lo más seguro es no hacerlo por libre como tú e ir a un local… una casa de baños o algo así… Pero lo malo es que entonces no puedes elegir a tus clientes.

– No pensaba hacerlo por libre, la verdad. Pero ese tío se me acercó y pensé... – suspiró, mirándolo. – No te estoy molestando, ¿verdad? Es que... me parece mal. No lo que haces, sino que puedan ser así contigo.

– No me molestas… sólo quiero explicarte la verdad de esto… porque… no deberías estar haciéndolo, pero yo no soy tu papá… como para que tengas que hacerme caso… – se detuvo frente a la puerta del local. Observando las fotos de los host y el anuncio sobre la fiesta de Halloween, pensando en hablar con Hideyoshi.

– No, mi papá me mataría... – sonrió, más bien recordando que también estaba allí dentro. No podía dejar que lo viera. Se metió las manos en los bolsillos, nervioso. – Gra... Gracias por acompañarme, Koya. ¿Nos vemos luego?

– Vale. – le besó una mejilla y se quedó esperando a que bajase los escalones. Cogiendo el móvil para mandarle un mensaje a Hideyoshi. No iba a pagar por hablar con él esta vez, bastante tenía de buenas obras por un día.

Takara se deslizó entre las sombras, mezclándose entre los demás clientes a la vez que buscaba a Kenzo y trataba de evitar a su padre.

 

 


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