.Novela homoerótica para mayores de edad.
 

Capítulo 74
Caballitos de Mar

Takara observó su móvil, un tanto inseguro de nuevo. Acababa de dejarle un mensaje a Koya pero ahora se sentía nervioso. ¿No era como salir con otro a espaldas de Kenzo? Por otra parte, le había dado el dinero. Y sin eso, ni siquiera hubiera visto a su novio. Escuchó el sonido de la puerta y salió de su habitación, para recibir a su padre. – ¿Te fue bien, verdad?

– Sí, un poco bien…– sonrió, apartándose el cabello de la cara e inclinándose para besarle la frente a su hijo, notando las marcas que tenía en el cuello, sin decir nada, aunque sentía que le hervía un poco la sangre, pero sabía que sólo eran cosas de padre sobre protector y que era normal a esa edad. – Dile que no te haga esas marcas… ¿no sabes que son malas para la piel?... – dijo de todos modos antes de darse cuenta, demasiado molesto. – Y antiestéticas… Ya te puedes poner cuello alto… y darle las gracias a tu novio…

– Ah... eso... ¡pero no pasó nada! – le aclaró, enrojeciendo violentamente, y cubriéndose con una mano, demasiado consciente ahora. – Pero... ¿cómo que un poco bien? Eso no dice nada... Y viniste al día siguiente además.

Hayabusa sonrió. – Vale… me fue muy bien, pero ahora ya me da miedo lanzar las campanas al vuelo, después de lo sucedido. – se quitó la camisa y la dejó sobre la cama cogiendo ropa limpia para cambiarse después de darse una ducha. En realidad, no habían dormido casi nada y no se tenía en pie. Se sentó en la cama y miró a Takara. – Tsubasa… va a venir con nosotros a casa…

–¿En serio? Pero no se va a poner pesado, ¿verdad? Porque yo ya soy como soy...– refunfuñó por si acaso, suspirando luego, pensando que estaba siendo necio. – No me importa... pero si te hace daño... a ese sí le voy a partir la cara...

El mayor hizo un gesto de sorpresa. – No le partas la cara… que luego no me gusta tanto… – sonrió levemente y lo sujetó de la cintura para sentarlo en sus piernas. – No es la madrastra mala ¿sabes? Es un poco especial… pero si sabes leer entre líneas… os llevareis muy bien… Es una persona encantadora… y seguro que puede enseñarte muchas cosas.

– Bueno, yo no necesito aprender, pero vale... igual no pensaba echarlo, sólo... – bajó la mirada un poco rojo. – Sólo que no permito que te vuelvan a lastimar.

– Lo sé… – le besó la mejilla y lo acurrucó un poco contra su pecho. – ¿Y si te lastiman a ti qué hago yo? ¿Lo mato?... – aflojó un poco el abrazo al notar que llamaban al teléfono del chico.

– No, pero yo estoy bien... – sonrió, contestando al ver que era Koya. – Hola... – lo saludó, enrojeciendo de nuevo por estar delante de su padre.

– Hola… – el moreno le contestó nervioso y enrojeciendo un poco. Sentándose en el borde de la murallita en la que estaba apoyado, preguntándose si necesitaba dinero o es que iba a salir con él. – ¿Quieres ir a dar una vuelta?

Hayabusa espero en silencio, sin soltarlo, en realidad cotilleando, parecía escuchar una voz normal… de un chico joven también, era un alivio.

– En... En eso quedamos ¿no? Que salíamos. Por eso te dejé el mensaje... – contestó, más nervioso porque sentía la atención de su padre centrada en él. – ¿Dónde nos vemos?

– No lo sé… ¿quieres que vaya a buscarte o algo así? Yo estoy ahora… donde nos despedimos ayer, en esa plaza…– se rascó una pierna, pensando que le hablaba extraño.

– ¡No! Ya voy yo... llego en cinco minutos, ¿vale? Espérame... – sonrió, tratando de ver qué le decía a su padre para que no le dijera nada.

–Vale…– hizo un gesto extraño con el cigarro entre los labios, preguntándose si estaba con un cliente o algo así. Hayabusa sujetando el teléfono.

–Y no le vuelvas a hacer esas marcas… o te patearé el culo hasta que regreses a tu casa…

Koya se quedó callado, enrojeciendo aún más sin saber que pasaba, riéndose después. Hayabusa le devolvió el teléfono a su hijo después de colgarlo, levantándose y esperando a que le pegase un grito o algo así.

– ¡Papá! ¡Eso no se dice! Y... ¡ni siquiera era él! Si no... un amigo... – bajó la voz sintiendo que se estaba poniendo aún más en evidencia. – Bueno, ya tengo que irme... – se despidió de pronto, dirigiéndose a la puerta y tomando su chaqueta al apuro.

Hayabusa sonrió. – Oh… bueno… pues también queda advertido… – le sujetó de la chaqueta a punto de que saliera por la puerta. Trayéndolo hacia él de nuevo y apachurrándolo cariñosamente antes de dejarlo salir. – Sé bueno...

......

Koya se levantó al ver que llegaba Takara, sujetando el cigarro con los labios y sacándoselo de la boca, dejando salir el humo y apagándolo en el suelo. –Hola… ¿ya le dijiste a tu padre que yo fui bueno?– lo saludó sonriendo, tratando de no mirar las marcas aquellas, mejor no saber como las había conseguido, sólo se haría daño a sí mismo.

– Sí... – se rió, avergonzado. – Ya le dije que no eras tú. Es que... es un poco sobre protector, ¿sabes? Cualquiera diría que soy un niño...

– Bueno… tampoco me parece a mí que seas la madurez en persona… – se rió, sujetándolo de la mano y llevándolo con él. Se sentía feliz de salir con alguien así, aún no se lo había contado a Toru. Sentía que no tenía derecho a mostrarle su felicidad con lo mal que lo estaba pasando él. – ¿Quieres ir conmigo al acuario?...

– Al acuario, vale... Pero sí soy maduro... No molestes... – se rió, un tanto cohibido porque lo agarrase de la mano, pero suponía que estaba bien. Le estaba devolviendo el favor por lo de la noche anterior. Se preguntaba si así se sentirían los hosts. No, no era lo mismo.

– ¿Qué pasa? No sé qué es lo bueno de ser maduro… A mí no me gusta tanto la gente madura, está llena de frustraciones… y de ideas preconcebidas. Las personas inocentes no juzgan a las personas del mismo modo… Primero tienen que comprobar por sí mismos. – meditó, sujetando el cigarro en los labios. – ¿Viste a tu novio?

Takara alzó la mirada sorprendido por sus palabras, confundido incluso. – Sí... lo vi. Me dijo que sólo me había enviado esa foto para que viera su disfraz. Al final era yo el equivocado... – sonrió, mirando al piso de nuevo. Seguía sintiéndose celoso pero no podía olvidar esa expresión en el pelirrojo antes de que se despidieran.

Koya lo miró de soslayo, no pensaba decirle la verdad sobre su noviecito. Puede que fuera un egoísta… pero no quería ser a quien odiase por contárselo. – ¿Quieres un helado?– preguntó de pronto, mirando la casa de helados de la otra vez.

Takara asintió, sonriendo alegremente de nuevo. – Vale... pero creo que debo pagar yo.

– No… – le sacó la lengua y entró en la heladería, esperando a que el chico pidiese y ordenando también. – Fui yo quien te pidió una cita… Además… no me apetece pasarme la tarde pensando que sales conmigo sólo porque te pagué.

– Pero es que me diste mucho dinero... – protestó el chico, negando con la cabeza. – Yo no siento que me pagaste, siento que me hiciste un favor. Y por eso, me da vergüenza...

– Bueno… sh… – le apoyó un dedo en los labios y luego le entregó su helado. – Toma – cogió el suyo con aquella mano llena de anillos de plata en los dedos. –¿Quieres coger un bus o ir andando hasta allí?

– Vamos andando, así nos terminamos el helado... – sonrió, dándole una lamida al suyo y pensando que era el único que no llevaba la mano llena de anillos. – Pero en serio, Koya... gracias.

– No me des las gracias… me costó mucho aguantarme… no soy ningún santo – se metió el polo en la boca, sujetándolo con los dientes y caminando por encima de un puente, mirando a un lado para observar los patos que pasaban nadando sobre el agua.

– Pues entonces supongo que más aún... – insistió, necio, aunque rojo y con el ceño fruncido. – No se da las gracias por lo que se está a punto de hacer, sino por lo que se hace.

– Es igual… hay más cosas que si te dijera te enfadarías conmigoooo…– se rió, mordiendo un trozo del polo de limón y caminando a su lado. Observando que estaba rojo.

– ¿Cómo qué? – lo miró con sospecha, volviendo a lamer el suyo. – Eres extraño, Koya...

– Como que tu novio me cae mal…
Pero eso es una tontería, ni siquiera lo conoces... – se encogió de hombros haciendo ver que no le importaba.

– Lo conozco lo suficiente como para pensar que… – suspiró, mirándolo a los ojos. – …está jugando contigo…

– ¡Claro que no! ¡Kenzo no haría eso! Anoche... – desvió la mirada, pensativo. – Anoche se veía triste... cuando traté de preguntarle sobre esto...

– Porque tal vez le daba vergüenza pensar que él ha provocado que tú tengas que prostituirte para verlo. – se paró un poco, preguntándose qué demonios hacía. Él lo que quería era estar un rato con un chico agradable y pasárselo bien ¿no? ¿Qué más le daba a él? – Si te quisiera… encontraría el momento… No sé qué te ha metido en la cabeza…

–No, no lo sabes... Yo lo comprendo porque... mi padre es un host y casi no tiene tiempo para nada. – negó con la cabeza, mirándolo, obviamente conmocionado. – Kenzo no lo hace por maldad.

– No, lo hace por dinero… ¿es que tu padre no sale por la noche? Él también… podría verte entonces, aunque sólo fueran tres minutos… Incluso eso, si te quisiera… lo haría… Además… ¿sabes que ayer llame a mi amigo para que saliera y lo hizo aunque estaba trabajando? Y eso que no somos novios… sólo amigos…

–No sé de quien hablas... Kenzo no es así, no es como dices... – negó enérgicamente, molesto. Sobre todo porque algo de lo que decía le sonaba a cierto. No podía admitirlo, no algo así. Kenzo lo amaba.

– Bueno… tal vez soy yo, que estoy celoso y sólo digo estupideces... – se encogió de hombros. Pensando que no debería haberle dicho nada y se sujetó de su brazo, caminando con él. –Si yo tuviera un novio como tú… no me comportaría así…

– Tú quieres que rompa con Kenzo, es lo que pasa. – refunfuñó pensando que no era tan bueno como lo había creído en un principio. – Pero yo lo amo, y él me ama. Y me dio esto. – le mostró el colgante de cruces, tocándolo con dos dedos. – Era de su madre. No me lo hubiera dado si no me quisiera, ¿no es así?

Koya miró el colgante y movió un poco la cabeza. – Los host tienen mucho dinero… o tal vez se lo dio una clienta, nadie demuestra que sea de su madre, pero a ti te va a dar igual lo que yo te diga… lo entiendo… ¿Podemos olvidar el tema?...

Takara desvió la mirada de nuevo, con ese gesto de enojo aún en sus facciones. Se soltó de su mano, metiendo ambas en sus bolsillos, refunfuñando. – Eres un idiota, Koya...

–No, si eso ya lo sé… no debería meterme en tus asuntos, debería limitarme a pasar la tarde contigo… como lo había pensado en un principio… Pero soy tan idiota que no puedo ser tan egoísta ¿sabes?

– ¿Egoísta? ¿No estás siendo egoísta ahora? Intentando que rompa con Kenzo... Es lo que haces, ¿no? – lo miró de soslayo, apenas por un momento.

– Yo no te digo que rompas con él, sólo… que tengas cuidado… que te asegures de que no estas haciendo el tonto por alguien que no se merece nada. – se encogió de hombros y suspiró con fuerza. – ¿Por qué iba a querer yo que rompieses con él?

– Porque... ¡No lo sé, no sé! – exclamó, apretando los puños. No podía ser porque le gustase. Él sólo le gustaba a Kenzo. A los demás, les parecía insoportable y seguro que Koya no era le excepción. Seguro que ahora se estaba enfadando.

– Pues si no lo sabes… no digas esas cosas…– alzó una ceja y le echó la lengua después, sujetándole las manos y girándoselas hacia arriba para que viese cómo estaba apretando los puños. – ¿Me vas a dar un piñazo?– se rió.

Takara negó con la cabeza, aún temblando un poco. No quería traicionar a Kenzo, no quería ser el novio que siempre está desconfiando de todo. Eso era lo que le molestaba en realidad. Muy en el fondo, no comprendía por qué tenía que pagar para ver a su novio.

– Vale… vale… he sido muy duro contigo, lo siento… – lo abrazó con suavidad, acariciándole el cabello y besándole una mejilla. – “Lo siento… ¿vale? No vayas a llorar por mi culpa…”

– No... ¡No voy a llorar! – casi le gritó, enrojeciendo de nuevo, aunque sí había tenido ganas de hacerlo. – Mira, mejor vamos al acuario y ya.

– Vale… porque ahí hay mucha agua y no se nota… Si lloras o no…– sonrió y se separó de él, ofreciéndole la mano de nuevo. – ¿Paces?

– Paces... – asintió, estrechando su mano, aunque reacio a alzar la mirada. – Koya no baka.

–Tú también lo eres ¿eh?... – le apretó la mano flojito, pasando por delante del acuario y bajando las escaleras hacia la primera zona, acercándose para ver aquellos peces enormes aún más dilatados por el efecto del cristal. – ¿Habías venido antes?... Me gustan los peces…

Takara negó con la cabeza de nuevo, pegándose él mismo al cristal para mirar los peces, le hacían gracia. – No, no salgo en citas y con mi padre, sólo puedo salir un día a la semana, si acaso. Y casi siempre vamos a alguna tienda o algo así...

– Suena a rollo… – tocó con un dedo en el cristal, siguiendo el movimiento de uno de los peces. – ¿Tu padre es un salary-man?...

– Ya te dije que es un host. No sólo baka si no que no prestas atención – se rió, ya superado el trauma, al menos de manera superficial. – Y allí dice que no hagas eso... – lo riñó, de igual manera tocando el cristal con un dedo, casi como si acariciase a uno de los peces que se había detenido a mirarlos.

– Es igual… también mi madre me dijo que no hablara con desconocidos y mira… – se rió, sujetándolo de la mano y llevándolo con él por el pasillo. –Vamos abajo, por el túnel ese bajo el agua ¿no quieres?– sonrió abiertamente, mordisqueando el palito de madera del helado que se había comido.

– ¿Aún llevas eso? – lo miró, incrédulo. Él había tirado el suyo antes de entrar. – Yo nunca he estado en uno de esos túneles. Sólo los he visto en películas. ¿Vienes a menudo?

–No, no vine nunca pero lo vi en una película también…y en el papelito este… – se rió, mostrándole un papel que llevaba en el bolsillo del acuario, como una especie de mapa con los peces que podían verse en cada zona. –Me pregunto si habrá caballitos de mar.

– No sé, ¿no lo dice? Nunca he visto uno en vivo tampoco... – sonrió, entusiasmado. Lo cierto es que empezaba a disfrutar aquello. Jamás había tenido un amigo con quien salir a hacer esas cosas triviales que todo el mundo parecía disfrutar.

–Ni yo… pero me encantan… por lo que he visto en la tele… – sonrió levemente, pensando que sería genial poder tocar uno aunque ya sabía que eso sí que era imposible para ellos. –Son pequeños ¿no? Como así…– hizo un gesto con los dedos, mirando después el prospecto. – Abajo hay… en un acuario pequeño… Vamos al túnel… se baja por ahí…

– Vale... no sé por qué, yo creía que habías venido antes. Será porque lo propusiste tú – se encogió de hombros, bajando con el moreno y mirándolo de reojo de pronto. – Oye, ¿eso te dolió?

– ¿Esto?– se tocó la cadenita que colgaba de su labio. –No, te ponen anestesia… un líquido que te duerme la zona y luego… me dijo “ya está” y yo flipando… – se rió. – Hasta me dolió un poco más el del cartílago… ¿Por qué? ¿Estabas pensando en ponerte uno?

– No, creo que mi papá me mata... – se rió, enrojeciendo un poco. – Pero es que se te ve muy bien. Me llamaba la atención...

– Ah… – enrojeció ligeramente, sin saber qué decir, llevándolo al túnel y sujetando el pasamanos mientras caminaban. Le provocaba una extraña sensación entre claustrofobia y vértigo pero era maravilloso. Alzó la mirada para observar a un pez enorme que nadaba sobre el túnel. –Un poco de mal rollo ¿no?...

– Sólo si veo un tiburón... – se rió, alzando la mirada también, era como estar bajo el mar. Hermoso e increíble. – Me gustaría poder dormir aquí.

– ¿Quieres?– se rió, mirándolo a los ojos después. –Podríamos escondernos… y quedarnos aquí…

– ¿Estás loco? Si nos descubren, nos llevan presos... ¿no? – preguntó sin estar muy seguro. – Bueno, pero hoy no puedo. Creo que mi padre quiere que conozca a su novio... Aunque no sé si es hoy, la verdad.

– Bueno… pues cuando te atrevas… – sonrió, mirando a otro lado y pensando que igual a él lo habían detenido cientos de veces. –Siempre te sueltan, a no ser que hagas algo terrible… Además… nos esconderíamos del vigilante…

– Mañana... – soltó de pronto, extendiendo su dedo de la promesa para que lo cruzara con él. – Hagámoslo mañana. Así vengo preparado.

–Vale, conciénciate…– sujetó su dedo y movió la mano tres veces como para sellar un pacto, sonriendo levemente y sujetándole la mano después, bajando por el túnel despacio, observando los bancos de peces de colores pasar sobre el cristal. Le estaba gustando mucho estar con él… No recordaba la última vez que se había sentido así. – A ver si encontramos los caballitos de mar… ¿crees que son azules como en los dibujos y eso?– se rió.

– Creo que son de distintos colores... ¿no? Creo que sólo tienen una pareja de por vida... Me pregunto si es cierto – sonrió, ya entrando a las salas de abajo. – ¿Sabes por dónde debemos ir?

– Por ahí… creo… – señaló a un pasillo donde habían algunas personas más. –Una sola pareja de por vida… hay gente así… A mí me parece romántico… ¿Crees que siempre están juntos? ¿O que se separan y luego se reúnen de nuevo para aparearse? Como unos pájaros que vi una vez… o algo así… Igual eran pescados…

– No lo sé... yo creo que siempre están juntos. Pero igual es porque a mí me gustaría que fuera así. Aunque supongo que en un acuario... tienen que estar juntos... – se rió, adentrándose por el pasillo y mirando a los lados.

– Podrían hacer orgías de caballitos…– se rió también, señalando y acercándose de prisa al acuario, observando a aquellos pececitos. Más bien parecían dragones pequeñitos. – ¿Crees que son blandos?

– Yo creo que sí, seguro son suavecitos... – contestó Takara, sus ojos azules maravillados al ver a los animalitos. – Son preciosos... quiero tener unos...

– ¿Crees que los venden en algún lado?– se rió, mirándolos también y preguntándoselo seriamente, le gustaban mucho. – “Si nos quedamos aquí… podemos probar a tocar uno…”

– Baka... – se rió, pegado al vidrio, uno de los caballitos acercándose y pegando su nariz también al mismo, espantándose al ver que el chico se movía. – En algún lado los deben vender porque yo no veo a los del acuario cazando caballitos de mar, ¿no?

Koya se rió, mirándolo. – Yo qué sé… igual sí… No tengo ni idea… vamos a ver los delfines y eso… empieza en diez minutos… – le sujetó la mano de nuevo, arrastrándolo con él. – También quisiera tocarlos… seguro que son suaves…

– Creo que sí te dejan tocarlos a esos, pero no sé, lo digo por las películas... – se rió, dejándose llevar. Era agradable estar con Koya, ahora se sentía mal de haberlo llamado idiota.

– Bueno ya… a algunos… Pero no creo que nos dejen a todos o seguro que el delfín necesitaría unas vacaciones después…– se rió, cogiendo el móvil y corriendo atrás para tomarle una foto a uno de los caballitos, regresando un poco rojo por haber hecho algo así. – ¿Mola?– se la mostró, porque estaba rodeándole la cola a otro caballito.

– Sí, ¿me la envías? – le pidió, sin fijarse en nada más, sonriendo de nuevo. – La voy a poner de fondo en mi móvil.

– Vale…– se la envió, mordiéndose el labio un poco y mirándolo después. –Ya, mira…– le sacó una foto cuando alzo la vista y se rió. – Yo pondré esta…

– ¡Baka! Salgo con cara de memo y es tu culpa... – lo empujó, riendo, su rostro completamente rojo.

– No, a mí me parece que sales muy cute… Deja, a mí me gusta…– se rió, guardándose el móvil para que no se la fuera a borrar. – Se la mostraré a mi mejor amigo… para que vea el chico que me gusta…

– No digas tonterías... Yo no te gusto, sólo jodes... – negó, enrojeciendo más aún a pesar de todo.

– Baka, sí me gustas… Déjame en paz con mi ilusión… – lo riñó aunque se reía.

Takara suspiró, meneando la cabeza. En serio era un tonto, pero era un tonto agradable. En realidad... se sentía un poco culpable por querer volver a salir con él. Pero sólo eran amigos, seguro Kenzo lo comprendía.

Koya le sujetó la mano de nuevo, bajando con él hacia la piscina para ver si podían ver a los delfines jugando, seguro que estaba lleno de niños… Pero igual… para el caso eran los dos taaan maduros… – Mañana también puedo quedar contigo por la tarde… – lanzó de pronto. A ver qué pasaba.

– Claro, no te olvides que vamos a quedarnos a dormir... – se rió, sin preocuparse. – Pero me gustaría ver a Kenzo un rato... Tal vez deba esperar. No...

– ¿Por qué deberías esperar?– preguntó. Mirándolo e instándole a entrar en razón. No para que gustase de él, sabía que no lo haría… pero de todos modos…

– Pues, no quiero que piense que lo agobio. Ayer se enfadó un poco porque no le tengo confianza... No quiero que piense que lo persigo... –lo miró, sin darse cuenta de las intenciones del moreno.

– Pero yo quiero verte mañana… Ni siquiera quiero que se acabe esta tarde…– desvió la mirada y suspiró. –Me gustas… quiero estar contigo… todo el tiempo posible… No me parece agobiante tu presencia…

–Pero... yo tengo un novio, Koya. No sé... tal vez no debo salir contigo... – murmuró, bajando la mirada, nervioso. No quería perderlo como amigo ahora, pero era cruel de su parte estarlo alentando de esa manera.

– ¿Por qué? ¿Tienes miedo?.. .– lo miró a los ojos, haciendo que lo mirase, alzándole la cara un poco con la mano.

– ¿Miedo de qué? Yo... no quiero lastimar a nadie... Eso acaba mal... – le aseguró, pensando en su padre y Toru. Seguía echándole la culpa al chico, claro, pero tal vez había sido demasiado duro al pensar en él.

– Tampoco puedes lastimarte tú… Si tienes miedo de estar conmigo es porque temes poder dejar de quererlo a él… ¿No?.... – bajó la vista y la mano. Pensando que estaba siendo ególatra… No le gustaba, ni siquiera sentía aquello como una posibilidad pero… le gustaba mucho…

– No, pero te puedo lastimar a ti. Y Kenzo... puede molestarse... Y yo... – suspiró, pensado que era muy difícil. – Es que me agradas mucho y yo no quiero hacerle daño a alguien como tú. Y dije que no tenía miedo.

– Bueno… pues yo quiero arriesgarme… a que me hagas daño ¿vale?– se encogió de hombros, guardándose las manos en los bolsillos, mirando a la piscina. –De todos modos antes de conocerte… tampoco tenía nada… Ahora al menos tengo un amigo, además de Toru, así que aunque sólo sea como amigo… y aunque me duela… no te quiero perder…

– ¿Toru? – lo miró, abriendo los ojos completamente, sorprendido. ¿Ese Toru? No era posible, ¿o sí? Bueno, era un gigoló... – Toru... ¿es un chico de cabello rojo?

– Sí… es mi mejor amigo… Siempre estamos juntos… – lo miró, preguntándose si lo conocía.

– Yo... Yo no creo que deba ser tu amigo, porque... – de pronto se sentía mareado, mal. – Soy... Mi apellido es Hayabusa, Koya.

Koya lo miró a los ojos, comprendiendo. ¿Es que su supuesto novio era el tío que trabajaba con su padre?... Ahora le parecía aún más raro aquello. – ¿Por qué? ¿Porque Toru cometió un error? Aunque lo culpases… yo no soy Toru, yo soy yo… y apenas hablé medio minuto con tu padre…

– Seguro... ¿no te molesta? – le preguntó, sin atreverse a levantar la vista. – Fue horrible, los escuché discutir toda la noche...

– Debió ser horrible, sí… De hecho, Toru aún está destrozado… Se pasa llorando todos los días… – se tocó la nariz con el dedo, sintiéndose mal sólo de recordarlo. –Yo tampoco lo he estado llevando muy bien… hasta que te conocí a ti… – se rozó una mano con la otra, mirándose las uñas pintadas de negro. –Creyó que amaba a tu padre… y rechazó al hombre del que estaba realmente enamorado… Y luego… cuando se dio cuenta… ya lo había perdido… Se fue…

– Eso... es muy triste. Aunque sí se hubiera quedado con mi padre, él lo hubiera cuidado por siempre... – refunfuñó un poco, sin poder evitarlo. Lo cierto es que le daba pena ahora, pero no había nada que se pudiera hacer. Su padre estaba empezando a rehacer su vida. – Pero, ¿ves? Tú no quieres pasar por algo así conmigo...

– No… Tú sí que no tienes por qué pasar por algo así… como Toru… creyendo que amas a un host del que no estás seguro… y perdiendo otras oportunidades… de amar… a alguien que te podría querer de verdad… Piénsalo bien… ¿no eres tú el que podría acabar en esa situación?

– No es lo mismo. Ya te dije que Kenzo es novio mío fuera de su trabajo. Hemos salido juntos antes, y vino a mi casa… – le aseguró, con voz temblorosa. No quería ni pensarlo.

– Bueno… – se apoyó en una mano y suspiró. – Haz lo que quieras, pero no puedes convencerme de que deje de gustar de ti… tengas miedo o no… por mucho que digas…

– Bueno… no puedo pues… – refunfuñó, volviendo a meterse las manos en los bolsillos, incómodo.

Koya se movió un poco a los lados, dándole empujoncitos. – No le heredaste nada a tu padre lo de Casanova. – se rió.

– ¡No soy host! – lo empujó de vuelta, aunque no con la intención de lastimarlo. – Y mi padre no es así todo el tiempo... Seguro que por eso... pasó lo que pasó. Pero es muy bueno, en realidad... –añadió, para que no fuera a pensar nada malo de su padre.

– No digo que no… Sólo hacía su trabajo… Yo también me enamore un poco del host con el que estaba… pero por suerte me rendí a tiempo… de todos modos… nunca sabes cuando un host te está diciendo la verdad… Y ahora no lo digo por meterme contigo, hablo de mí.

– No estabas con Tsubasa, ¿verdad? – se rió maldito, inmediatamente riñéndose a sí mismo por decir esas cosas en momentos inapropiados. – No lo sé, yo confío en Kenzo, porque él me ha contado muchas cosas que no tenía por qué, y ya te dije que vino a mi casa...

–Ya… ni que te hiciera un favor por ir… – sonrió levemente, pensando en Tsubasa. – También estuve con Tsubasa… Es gracioso…

– Mi padre dice que es una víbora... – se rió de nuevo sin poder evitarlo, encogiéndose de hombros después. – Pero ahora está saliendo con él, así que... supongo que realmente no puedes confiar.

– Es una víbora…– aseguro el moreno. – Pero de todos modos… es gracioso… y muy guapo…

– Y te gusta... – tanteó el chico como para ver si lo que pasaba es que era un enamoradizo. Había gente así.

– No, no me gusta nada… – se rió, mirándolo a los ojos. – Ni siquiera es mi tipo pero tengo ojos para ver que es guapo, no tanto como Hide… pero lo es.

– Hide... Ese es el que te gusta entonces... – alzó una ceja, presionando un poco más. Había dicho que se había enamorado de un host, ¿no?

– Que no… que no me gusta, es mi amigo y ya… El que me gusta eres tú… – le besó una mejilla y se rió. –Creí que hablábamos de hosts…

– Pues tú dijiste que te habías enamorado de un host. – le aclaró, serio y rojo, tratando de mantener su compostura.

– Pero eso es el pasado… – pasó una mano como diciéndole que ni se acordaba. – Además, yo no le gustaba ya te dije… No me iba a poner a llorarlo de por vida, que tampoco estaba besando el suelo que pisaba ni nada.

– Pero te dijo la verdad, un host, ¿no es así? No te engañó para que siguieras pagándole. – lo señaló, como diciéndole que se equivocaba respecto a Kenzo.

– Porque Hide es un host malísimo… Es demasiado buena persona… De hecho, quedó conmigo un día entero y no me cobró nada.

– Porque los hosts son personas, Koya. Nadie lo piensa, me cansa... – refunfuñó, más bien pensando en su padre, en cómo llegaba a casa, oliendo a alcohol y con cara de estar a punto de caerse.

–No digas eso… claro que lo sé… Pero no es lo normal… que hagan eso por nadie. Lo normal es que te cobren y que intenten sacarte el dinero… Es también lo que yo hago… no creas que no… ¿y crees que a alguien le importa si estoy cansado, si no me apetece… o si simplemente el cliente me da náuseas? No…

– No, supongo que no... –suspiró, recordando las marcas en su piel, y tomándolo de la mano como gesto automático. – A veces, desearía que mi padre no fuera host... Pero a él le gusta, creo...

– Pues si le gusta… – enrojeció un poco porque le tomase la mano, acariciando la suya con suavidad. – Ser host no está tan mal… Tienes que beber mucho y soportar a gente pesada… que no te gusta… mentirles… pero al menos… luego vuelves a tu casa… con mucho dinero y sin sentirte asqueroso…

– Sí, pero es que lo veo muy solitario. Bueno... tal vez ahora no. Y también me molestaba antes, me enfadaba porque nunca estaba en casa. Y me quedaba despierto para verlo al menos un rato. – confesó, bajando el rostro enrojecido. – Aún me quedo despierto...

– Qué cute… – susurró, abrazándolo de pronto y sonriendo. –Tu padre tiene mucha suerte… – le besó la mejilla de nuevo, pensando “y ese capullo más.”

– Pero no me digas cute, que no me gusta – se rió, enrojeciendo más y frunciendo el ceño.

– ¿Por qué?... cuteee… – se rió molestándolo más. – Quiero ser un caballito de mar contigo…

– Caballito baka, será... Seguro te sale un signo de interrogación en la piel... Por baka. – aclaró innecesaria e ilógicamente el chico, riendo también.

 


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