.Novela homoerótica para mayores de edad.
 

Capítulo 75
I’ll Protect You

–Toru… – Koya, que había llegado más tarde de lo normal, abrió la puerta del piso, suponiendo que el pelirrojo ya estaría dentro. Acostándose sobre él en la cama al ver que dormía un poco. Besándole los labios. – Despierta…

– ¿Para qué? – sonrió el chico que sinceramente se sentía mejor en sus sueños que en la vida real. Se giró un poco, para mirarlo, tocándole la mejilla con un dedo. – ¿Por qué tan feliz?

–Hum… por nada… pero mira… – le mostró la tarjeta con el teléfono de Murakami, seguro de que no lo llamaría… pero por lo menos él lo intentaba.

– ¿Cómo conseguiste eso? – le preguntó, su expresión cambiando a una de dolor. Tocó la tarjeta como si el moreno estuviera conectado a ella, apartando la mano después. – ¿Para qué me muestras eso? Sabes que no puedo hacerlo...

– Por si te atreves… – se la apoyó en el pecho igualmente, abrazándose a él y besándole una mejilla, rodeándole la cintura, sintiéndose mal por estar contento.

– Probablemente ya ha continuado con su vida. No iba a lamentarse eternamente por un prostituto que le dijo que no... – murmuró, cubriendo la tarjeta con una mano y cerrando los ojos. Sabía que Koya tenía buenas intenciones.

– ¿Quieres que le pregunte?– le besó los párpados y después los labios. –Toru…

– No, Koya... No quiero más dolor, ¿vale? No quiero saber que se olvidó de mí. Prefiero... recordarlo... – le pidió, sintiendo que iba a llorar de nuevo y tratando de controlarse. Tampoco quería seguir siendo una carga para Koya, no merecía algo así.

– Vale… lo siento… no debí cogerla… – se la quitó, guardándosela en el bolsillo y sintiendo que se le aguaban los ojos Se acostó sobre él de nuevo, abrazándolo más, incapaz de contarle sobre lo sucedido.

– No, sé que quieres ayudarme... Lo siento, soy una peste... – se rió, pasándose una mano por los ojos y abrazándolo también. – No quise deprimirte, con lo contento que te veías. No era sólo por eso ¿o sí?

Koya negó con la cabeza. Dejándose abrazar y acariciándole el pecho con un dedo. – Es igual… no quiero hablar de eso…

– ¿Seguro? Porque no me vendría mal algo de alegría... – le acarició el cabello, sonriendo un poco. – No seas así, sólo porque yo esté hecho una mierda, tú no tienes por qué estarlo...

– Es que conocí a un niño… y salimos esta tarde… pero no es tan buena la cosa, tiene novio dice… un host… – suspiró con suavidad. – Y es el hijo de Hayabusa…

– Espera... ¿conociste al hijo de Hayabusa-san? ¿Es el niño que te gusta o...? Sí, claro. – sonrió, pensando que no podía referirse a que el hijo de Hayabusa-san era un host. – Y ¿qué vas a hacer? – le preguntó, sintiendo aquellas náuseas de culpabilidad que le daban cada vez que pensaba en Hayabusa-san, pero ocultándolas.

– Nada… quedar con él… a ver si se lo levanto a Kenzo… Pero voy de palo… – suspiró, acostándose a su lado en la cama para no agobiarlo. – Me parece que le agrado… pero… no soy tan guapo como Kenzo y seguro que tampoco soy tan encantador como él… De todos modos me hablo de él una y otra vez… y no veas, casi lo enfado en serio por criticárselo… Pero yo sé que Kenzo sólo está jugando con él… Conozco al tío que vive con él…

– ¿Hideyoshi-san? – le preguntó, ya que casi todos en el Olimpo estaban enterados. – Koya, no te menosprecies. Tú eres muy guapo y encantador. No lo sé... Nunca le tuve mucha confianza a Kenzo. Es algo que no puedo explicar supongo. Y no soy la mejor persona para discutir eso. Pero... me pregunto si Hayabusa-san lo sabe... Su hijo... es su tesoro, ¿sabes? – murmuró, con una sonrisa nostálgica. Suponía que por algo le habría puesto ese nombre.

– Oye, me amenazó por el teléfono, me dijo que si volvía a dejarle marcas en el cuello a Takara me iba a correr a patadas… – se rió con suavidad. – Pensó que era su novio… seguro que no lo sabe… Si lo supiera… le diría algo a Takara. Es obvio que Kenzo con quien está es con Hide – sacó su móvil y le mostró la foto que tenía de ellos.

– Sí... Siento que debería decirle algo, pero... – suspiró, sin querer ni pensar en presentarse ante Hayabusa-san de nuevo. Mucho menos para traerle problemas...

– No… no quiero que Takara me odie…– cogió el teléfono, buscando la foto del chico y mirándola. – Fuimos al acuario… y… mañana nos quedaremos allí a dormir… Espero no acabar metiéndolo en problemas, sólo ruego que no nos descubran.

Toru sonrió, observándolo con algo de nostalgia. – Estás enamorándote, ¿no? – le acarició el rostro, realmente deseando que funcionara. Quería verlo feliz, al menos a él. – ¿Puedo pedirte un favor?

– Sí… – lo miró, girándose un poco y pasándole una pierna por encima. –Lo que quieras…

– ¿Lo que quiera? ¿Seguro? – se rió ligeramente, tocándole la pierna. – No quiero imponértelo, pero... creo que no te costará demasiado trabajo. Quiero que cuides a ese chico... No lo dejes cometer los mismos errores... – bajó la mirada, dejando la frase en el aire. Quería resarcirle algo a Hayabusa-san. Pero no era sólo por eso. También lo hacía por Koya. Ya parecía que sólo se la pasaba protegiéndolo, sin vivir su propia vida.

– Lo intentaré… – lo miró a los ojos y sonrió levemente, abrazándolo y besándolo suavemente. – Para empezar… es un gigoló malísimo… Lo conocí cuando trataba de prostituirse… Casi se va con un viejo…

Toru se rió un poco, acurrucándose contra él. – Cuando comienzas, no sabes en donde buscar, ni cómo... Pero es el mejor momento para detenerte, ¿no? No se lo permitas, tiene demasiado como para destruirlo todo así... “Mi primer cliente oficial también fue un viejo...” – le susurró, riéndose un poco.

– Hum… el mío fue un hombre, sí… pero no era viejo… Me pasé mucho rato viendo cual… – se rió y lo miró a los ojos, besándolo de nuevo. – Te quiero… ¿Quieres cariñitos?...

– Sabes que siempre quiero... – se pegó más a él, dejando que lo acariciara. – Yo no, no creí que pudiera elegir...

– Bueno… pero es que yo era un pijito, le iba diciendo a todos que no… hasta que me gustó uno…– sonrió. Tapándose con la sabana hasta la cabeza. – Toru… tú eres mi amor platónico… ¿lo sabes?

– Lo sé... Tú el mío... – cerró los ojos, sintiendo lágrimas en ellos de nuevo y no deseando deprimirlo. Al menos esta vez, eran otro tipo de lágrimas, lágrimas de agradecimiento por tenerlo a él. Aunque sabía que aquello no duraría para siempre tampoco. – Yo era todo lo contrario, seguro ni me hubieras mirado en esa época.

– Oh… seguro que sí… Seguro, demasiado bueno como para ignorarte… Seguro que te hubiera molestado hasta que te acostases conmigo…– lo besó de nuevo, sonriendo después, pensando que ojalá se hubieran conocido entonces.

– Me hubieras dicho “Hola” y ya me hubiera acostado contigo. Así de fácil era... – bromeó, aunque no era del todo mentira. Sin saberlo, estaba deseando lo mismo que el moreno, a pesar de todo.

– Pues qué suerte para mí… – le sujetó las nalgas con una mano, besándolo de nuevo y girándose sobre él, besándole el cuello.

– Ahora soy más fácil aún... – susurró el chico, acariciando su nuca, y alzándole el rostro para mirarlo a los ojos. – Mucho más fácil...

– No… hacer el amor contigo no es fácil… Sólo unos pocos hemos podido…– lo miró a los ojos también y lo volvió a besar. Abrazándolo más y respirando un poco pesado.

– Puedo contarlos con una mano... – respondió, un tanto agitado también. Lo necesitaba, necesitaba sentir algo de cariño, algo que no fuera aquella oscuridad perpetua.

Koya lo siguió besando mientras le abría la camiseta, deslizando los labios con suavidad por su pecho, besándole los pezones y bajando la lengua por la línea de su abdomen mientras le abría el pantalón. Haciéndose con su sexo y besándolo hasta sentir cómo se iba poniendo duro contra sus labios. – Eres precioso, Toru…– susurró, desnudándolo.

– No, no lo soy... pero me basta con que lo creas... – sonrió, respirando cada vez de manera más pesada, su sexo irguiéndose sin hacerse de esperar.

– Sí, lo eres… eres precioso… – deslizó la lengua por su sexo de abajo a arriba, empapándolo, sintiendo como si se hubiera detenido el tiempo en cierto modo. Se sentó, sacándose el jersey y mirándolo, su cabello rojo en las sábanas, aquellos ojos aguados por la tristeza. – Te quiero… – susurró sintiendo que se le aguaban también, abrazándolo y besándolo profundamente, deslizando la mano entre sus piernas y tomando su sexo, masajeándolo con delicadeza.

– Yo... te quiero también, Koya... – murmuró, alzando una mano, atrayéndolo para que lo besara, cerrando los ojos, sintiendo el metal de su piercing, su mano cálida masajeándolo.

El moreno se subió sobre él de nuevo, desnudándose y sujetándole una pierna con el brazo, entrando lentamente en su cuerpo, apretándose contra él. Estaba frío… aunque su interior estuviera ardiendo, su piel estaba fría… Lo miró a los ojos mientras se movía dentro de él, besándolo sin cesar con toda la suavidad que era posible. –Toru… no te voy a dejar caer…

– Sé que no lo harás... – se estremeció el chico, intentando no llorar por la intensidad de lo que sentía, besándolo de nuevo, su mano recorriendo su espalda, su nuca, deslizándose por su pecho, como si intentase compensarlo por algo.

Koya refugió su rostro contra el cuello del pelirrojo, abrazándolo con tanta intensidad como podía, incluso si era incómodo para lo que hacían. Lo importante en aquel acto… no era el último placer… todo tenía otro sentido cuando eran ellos dos. Lo besó de nuevo, su mano acariciando el sexo entre ellos, suavemente, haciéndolo humedecerse, resbalando por él. –Te quiero… – le repitió de nuevo, cerrando los ojos mientras lo besaba, sintiendo que le resbalaban las lágrimas.

La mano del chico subió por su rostro limpiándolo con suavidad, sin dejar de besarlo. “Yo te quiero como no voy a querer a ninguna otra persona jamás.” Eso deseaba decirle, pero no era necesario. Entre ellos dos, no necesitaban palabras. Koya y él se comprendían como nadie podría hacerlo. Por eso necesitaba lograr que fuera feliz. Gimió entre sus labios, subiendo un poco más su pierna, girándose un poco para quedar de medio lado, apretando las nalgas.

El moreno salió de su cuerpo para acostarse tras él, penetrándolo de nuevo con suavidad y deslizando la otra mano por su rostro, tapándole los ojos, empezando a moverse más deprisa dentro de él, más fuerte. Le sujetó las caderas con la otra mano, fuertemente, deslizándola después por sus piernas y volviendo a su sexo. La mano en su rostro ocultando su mirada por completo.

– Ko... – su nombre murió en sus labios al comprender lo que intentaba hacer el moreno, las lágrimas aflorando de nuevo a sus ojos, aunque no las dejó salir. Casi podía sentirlo, a Murakami-san, la manera fuerte pero gentil en la que lo tocaba. Su respiración. Pero su mente sabía que seguía siendo Koya en esa habitación, detrás de él, moviéndose con fuerza. Dejó escapar su respiración pesada, su sexo pulsando con urgencia en la mano del chico, su cuerpo entero empujándolo y haciéndolo vibrar. Quería olvidarse de todo.

Koya se giró sobre él contra la cama, penetrándolo más fuerte, deseando hacerlo dejar de pensar, chocando contra sus nalgas y golpeándose en su cuerpo. Le apoyó la cara contra el colchón y deslizó la mano por su cabello, manteniéndolo allí apoyado con ella. Observando su espalda delicada, su cuello fino y suave, besándole la nuca y respirando contra ella. Era precioso… precioso… nadie merecía tanto como él sonreír. Cerró los ojos, apretando las mandíbulas y esforzándose en darle la sensación de sentirse poseído.

El chico aferrándose a las sábanas, gimiendo, su cuerpo como enfebrecido. Podía sentir la respiración cálida del moreno en su nuca. Giró el rostro ligeramente, manteniendo los ojos cerrados, tan sólo sintiendo todo lo que su cuerpo podía, el peso de Koya haciéndolo rozarse con las sábanas, su ya sensible sexo humedeciéndolas. – Ah...ha... – aquellos sonidos surgieron de sus labios sin dejar en claro si se trataba de un gemido o un sollozo, el semen derramándose súbitamente sobre el colchón, su cuerpo sintiéndose frágil. El moreno alzándose con los brazos entonces y derramándose dentro de él, aliviado, jadeando suavemente a su espalda.

Esperando unos segundos tan sólo, antes de dejarse caer a un lado y abrazarlo contra su pecho, refugiándolo.

– Koya... – sollozo contra su pecho, aferrándose a él, sin poder controlarse, buscando su consuelo. El chico abrazándolo con fuerza, apretándolo contra él. Besándole la frente.

– Yo te voy a cuidar… – susurró sabiendo que eso era un pobre consuelo.

 


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