.Pitfall - Novela yaoi / homoerótica para mayores de edad.
 

Capítulo 1
The wounded

El sonido de alguien silbando podía escucharse desde el pasillo, afuera de la enfermería. Habían tenido un día bastante tranquilo dentro de lo que cabía, y se encontraba organizando los medicamentos para tenerlos a la mano, en caso de que sucediera una emergencia. Se apartó el flequillo de delante del ojo derecho con una mano, parte del mismo volviendo a caer sobre su rostro de todas maneras.

El rubio llamó a la puerta y simplemente entró después, mostrándole una botella de licor pequeña y dos copas.

–¿El doctor también tiene la noche libre? –preguntó, sonriendo y sentándose sobre la camilla –Me duele aquí… –le dijo tocándose el pecho.

–Hum... Eso es mal de amores –se rio el médico, sentándose a su lado, y observando al reportero –. Eso dicen, pero los médicos nunca tenemos días libres, ¿o sí?

–Seguro que os pasáis demasiado tiempo auscultándoos a vosotros mismos, sumidos en cierta hipocondría inevitable para quien sabe en qué puede desembocar cada síntoma –se rio suavemente, vertiendo un poco de licor en cada copa, y acercando la bandejita donde el médico solía colocar los utensilios. Uno no podía pedir muchas exquisiteces en un sitio como aquel. Tener ese licor ya era mucho pedir –. Y tú… eres cirujano además de doctor en medicina, seguro que sabes como curar mis males… –sonrió de nuevo, entregándole la copa e intentando besarle la mejilla en un descuido.

–Hay ciertos males que son incurables, por desgracia –le sonrió, esquivando el beso, y aceptando la copa. Una no le iba a hacer daño, además, era cierto que les habían dado el día libre, por extraño que fuese aquello –. Y tú no necesitas una operación. Más bien, tu cura sería exterior, ¿no?

–¿Tú crees? –se rio, recostándose un poco hacia atrás, aplastando una almohada –No me hagas ser grosero, llevo demasiado tiempo entre soldados. Me estoy volviendo rudo –sonrió, ya que eso era casi imposible para él. Bebió un poco de su copa y lo miró atentamente, como le gustaba hacer, cuando observaba a alguien fotogénico.

Allí abajo, a tantos metros bajo tierra… no se escuchaba la guerra en el exterior, aunque a veces el suelo temblaba, pero por algún motivo, esa noche, todo parecía bastante silencioso.

–Tú nunca podrías ser grosero. Eres un caballero, aunque un tanto atrevido, pero me gusta eso –el médico se rio, bebiendo de su copa, y girándose un poco para no perderlo de vista. Era atractivo además, otra cosa en la que no dejaba de fijarse jamás –. Creí que estarías hablando con los demás hoy. Son pocas las ocasiones en las que tienen tiempo para descansar...

–Eso después, ellos no sabrían apreciar esto –le dijo, refiriéndose al alcohol y moviendo un poco la copa. Sonrió, observando el líquido teñir un poco el cristal mientras lo giraba en circulitos. Lo miró de pronto, apartándose un poco el largo cabello rubio de delante de las gafas –. Creí que sería más convincente al pedirte que poses para mí de nuevo, después de que tomases unas cuantas copas.

–¿De nuevo con eso? –se rio moviendo la cabeza elegantemente –No creo que sea buena idea. Me harás perder mi credibilidad, Dylan. Además, con tantos cuerpos ejercitados por aquí, se lo pides al médico...

–A mí me gustan más los cuerpos delicados –sonrió, abriéndole un poco la bata, jugando, ya que llevaba ropa por debajo –. Antes de que las cosas se pusieran tan duras con la guerra, cuando fotografiaba a esos modelos… no tenía que estar persiguiendo a médicos militares bajo fortines subterráneos. Aunque a ti te habría perseguido de todos modos. Podrías ser modelo, con lo elegante que eres, y guapo.

Vin se rio, halagado en realidad, retirando su mano para que no lo destapase.

–¿Seguro que no lo haces por escasez? Me pregunto cuantos soldados han sucumbido ya a tu insistencia.

–Bueno, decirlo sería poco profesional… –se rio, apartando la mano lentamente y bebiendo un poco más –. Al menos me dejarás que te haga unas preguntas para el video que estamos grabando. Pronto lo enviaremos para que la gente lo vea –le explicó. El camarógrafo se había largado a tomar algo con los chicos, pero aun así él tenía una cámara de video en la fotográfica.

–Por supuesto. A eso sí accedo –terminó de beber lo que había en su copa, sonriéndole aún, y apoyándose en una mano para recostarse un poco –. Y si sigues insistiendo, quien sabe... Ahora dime, ¿qué quieres saber?

El rubio se rio, colocando la cámara y fijándose en si lo enfocaba, para no molestarse en aguantarla. La dejó en la mesita y se recostó también.

–Como si fuera a dejar de insistir... –sonrió, sujetando su copa en la mano –. ¿Por qué no empiezas presentándote? Tu nombre y lo que haces aquí, cuantos años llevas en el frente…

–Está bien – lo miró y luego a la cámara, como inseguro de a donde debía dirigir sus ojos. Finalmente contestó –Me llamo Vin y soy médico del ejército. Llevo nueve años en el frente, me enviaron aquí cuando la guerra apenas comenzaba.

–¿Hace nueve años que estás aquí? –le preguntó para asegurarse.

–Sí, aunque parecen como mil ya –le sonrió, asintiendo. Lo cierto es que sentía como si la vida normal hubiese quedado a años luz.

–¿Por qué decidiste venir? Fue por voluntad propia imagino, por el tiempo que llevas aquí –se subió un poco las gafas. Sentía mucha curiosidad, como siempre.

–Sí, quería ayudar, aunque no sea muy fuerte. Pensé que mis habilidades profesionales también eran necesarias. No puedes ganar ni una batalla con un montón de hombres heridos...

–Bueno, está claro, en todas las tropas hay médicos –se rio, pensando que parecía que si él no hubiera ido por voluntad, no habrían llevado a otro médico en su lugar. O que habrían puesto a cualquiera a hacer las veces, eso sí que sonaba terrorífico, claro –. ¿Qué opinas de esta guerra? –le preguntó, observando sus ojos.

El rostro del joven doctor cambió un poco, tornándose serio.

–Es... como todas las guerras, supongo. A nadie le gustan, a mí no por lo menos. Puedo comprender el por qué, y preferiría que las cosas se diesen de otra manera, pero ya que es así, sólo intento hacerlo lo mejor que puedo para ayudar.

–Siempre te curas más rápido cuando te atiende un médico guapo. Es un hecho demostrado –le dijo Dylan, tratando de hacerlo sonreír otra vez.

–Tampoco me puedo quejar de los pacientes. Vas a editar esto, ¿no?

–Sí… –se rio, pensando que dejarlo sería divertido –Aunque me gustaría ver la cara de los altos mandos si lo dejase –le sirvió un poco más de vino y luego se puso más en su copa –. ¿Qué opinas del enemigo? ¿Qué sientes por ellos?

–No lo sé. Se supone que debo odiarlos – suspiró, bebiendo de su copa con gesto de hastío, y mirando al reportero ahora –. La verdad es que puedo comprenderlos. No sus métodos, pero sí lo que hacen. Sólo intentan sobrevivir, ¿no? Como todos.

El rubio meneó un poco la cabeza.

–No como todos, atacando… no es lo mismo –sonrió después, subiéndose las gafas de nuevo y observando el líquido en la copa –. ¿Crees que esto acabará pronto?

–¿La verdad? No lo creo... Claro, puede que sea un pesimista, al principio pensaba que todo terminaría rápido, pero ya ves... –movió la copa en su mano, un poco al descuido –Nosotros haríamos lo mismo si estuviésemos en su lugar. Es cierto que no les hemos ayudado lo suficiente. Sin embargo, sigo esperando que entren en razón...

–¿Tienes familia esperándote? –siguió preguntándole. Él pensaba lo mismo, que aquello sólo acabaría cuando no quedase nada… Nadie ganaría.

–Sí, mis padres y Rin. Es... mi perro, pero a lo mejor ya no me recuerda –sonrió, intentando evitar pensar que seguramente ya no tenía un perro.

–Los perros siempre se acuerdan de sus amos –le aseguró, sonriendo levemente –. ¿Qué te gustaría hacer si todo acabase y pudiésemos volver a la normalidad? –le preguntó, a pesar de que sabía que estaba emocional, pero la gente necesitaba ver que aquellos hombres estaban encerrados allí desde hacía nueve años. Saliendo sólo para matar o morir.

–No lo sé. ¿Irme de fiesta por una semana? –se rio, apartando esos pensamientos de su mente y pasándose la mano por la frente como para dispersar aquello –. Seguiré siendo doctor, seguramente. Es lo que me gusta, pero quisiera poder volver a mi barrio... Ayudar en lo que pueda allí.

–Ya veo –el rubio le sonrió, bebiendo un poco y mirándolo a los ojos –. Además de guapo eres una buena persona. Deberías posar para mí –se rio –. ¿No tienes a ningún hombre enamorado esperándote? Seguro que a varios. Aquí abajo necesitamos mucho amor –dijo mirando a la cámara.

–Varios, acertaste –el chico se tocó la nariz como dándole la razón, riéndose un poco –. Aquí abajo ya tienen mucho amor. Estás tú, por ejemplo.

–No satisfacemos los mismos sectores… uf, voy a tener que editar mucho esta grabación –se rio, bajando un poco la cabeza.
–Mucho –el chico se rio de la misma manera, haciendo un gesto con una mano luego.

–¿Qué tal se vive aquí abajo?

–Más o menos. Se podría estar peor, supongo. Aquí tenemos de todo casi, aunque extraño bastante la luz del sol, el cielo estrellado... No veo esas cosas muy a menudo.

–Cuando entré yo, el cielo ya no estaba estrellado –le sonrió débilmente, preguntándose si sabría cómo estaban las cosas allí afuera –. Ves el sol todos los días, ¿no? Cuando sales con los soldados. Entonces supongo que no tienes tiempo para mirar esas cosas –suspiró un poco, nadie lo tenía. Aquella sala era donde dormía el médico, y a la vez la que se usaba para curas y demás, pero en las salas de al lado, estaba plagado de heridos muy graves, atendidos por otros doctores y las enfermeras.

–No, no tengo tiempo, casi no sé distinguir el sol de la luz artificial ya... Cuando salgo, solamente pienso en los heridos y en cómo atenderlos lo suficientemente rápido para que resistan hasta poder llegar abajo. No hay tiempo para nada más.

–¿Cómo crees que está el ánimo de los soldados? –siguió preguntándole, como si nunca se le acabase la cuerda.

–No demasiado bien. Está siendo una guerra larga y como bien sabes, hay muchos chicos que no eligieron estar aquí. Aun así, creo que la mayoría es bastante fuerte –Vin se encogió de hombros, sonriendo. Por lo menos los que él conocía eran buenos chicos, odiaba verlos desmoralizados.

–¿Hay muchos heridos? –continuó, sabía que sí, cada día más. Los más graves ni siquiera eran enviados a casa, a no ser que se curasen y sin embargo ya no sirvieran para luchar, porque… ¿Quién aseguraba que iban a estar más seguros allí afuera?

Vin asintió con gesto serio.

–Muchos, muchísimos... No se puede evitar, desgraciadamente.

–¿Estás cansado? –continuó, observando sus manos y lo que hacía con una en el cristal de la copa. Como si la estuviese consolando.

–No tengo tiempo para cansarme. Esos hombres dependen de mí, y aunque suene egoísta... tampoco quiero ser responsable de sus muertes – contestó con la mirada baja, él mismo observando el brillo rojo oscuro del líquido en su copa –. Y tampoco me gusta verlos morir...

–¿Crees que conseguirán penetrar la frontera?

–No, por supuesto que no. Nuestro ejército es fuerte –le sonrió de pronto, mirándolo a los ojos. No estaba seguro de creer eso, pero sabía que tenía que convencerse, no valía la pena preocuparse por algo así. Así como también evitaba pensar en si morirían todos en esa misma frontera.

–Llevas mucho tiempo aquí. ¿Te has enamorado en estos nueve años alguna vez? –le preguntó, sonriendo un poco, aunque podía tocar una fibra sensible sin proponérselo.

–No, muchas veces. Varias... Me enamoro una vez por semana –se rio, claramente bromeando, y alzando la copa como si brindase. Intentaba evitar ese tipo de relaciones. No era para nada divertido cuando empezabas a sentir cariño por alguien para luego verlo morir.

El rubio se rio, alzando la copa también y bebiendo un poco después.

–Sin embargo hay tantos soldados que me han dicho que están locos por el doctor… –se giró, mirando hacia la puerta al escuchar unos golpes.

–¿Se puede? –preguntó el chico afuera, frunciendo un poco el ceño porque había escuchado al reportero. El tiempo del doctor era para los enfermos, no para él. Siempre estaba molestando, “tocando los huevos”

–Caleb... Claro que se puede –el médico dejó la copa a un lado, riéndose porque lo hubiese atrapado así, y poniéndose de pie. Siempre hacía un esfuerzo por recordar el nombre de todos los que iban a verlo. Claro, con unos era más fácil que con otros –. ¿Qué te trae por aquí? ¿Te sientes mal?

Caleb miró al rubio de soslayo, con las manos en los bolsillos del pantalón de camuflaje. ¿Se creía que iba a ponerse a contar sus debilidades con ese tío ahí con una cámara? Seguro que se regocijaba cada vez que alguien caía herido delante de él. Así tenía una mejor imagen realista de la guerra. De puta madre..., pensó. Si querían saber lo que era la guerra, que fuesen allí a echar un vistazo.

–Ya me voy –el rubio se rio, acabándose la copa y dejándole allí la botella –. Luego si quieres seguimos, estaré por el comedor –le dijo recogiendo la cámara.

–Está bien, iré a buscarte –le aseguró, despidiéndose con una mano, y cerrando la puerta tras de él. Ya sabía que a ese chico le gustaba mantener sus cosas en privado –Ahora sí, dime qué tienes.

–Lo mismo de antes –le dijo, en vista de que no se acordaba. Se bajó los pantalones, claro, no podía pretender que se acordase de todos. ¿O sí? Era igual, para el caso… Se sentó en la camilla, esperando a que le sacase la venda del muslo.

–Así que te ha estado molestando. Muy mal –le sonrió para animarlo. Siempre estaba tan serio... Se arrodilló frente a él, quitándole la venda con cuidado y observando la herida de bala. No había fracturado el hueso afortunadamente, y parecía estar mucho mejor –. Está un poco inflamada. En circunstancias ideales te diría que no hagas esfuerzos –alzó la mirada, pensando que era muy guapo. Así no le molestaba ejercer la medicina. Se puso de pie, buscando en una de las gavetas que acababa de organizar –. Te podré un anti inflamatorio en crema y te voy a pedir que vuelvas a verme si te sigue molestando –se arrodilló de nuevo, untándole la crema con una especie de masaje suave –. También te daré unos analgésicos para que tomes, pero eres un chico muy fuerte, ¿eh?

–Ajá… –contestó el otro, preguntándose si era impresión suya, o es que realmente lo estaba tratando como si fuera un escolar. Observó la botella de soslayo, y luego al doctor mientras le masajeaba el muslo. Llevaba tanto tiempo sin que le tratasen con un mínimo de delicadeza o cariño, que cuando iba allí sentía como que le importaba, y luego ni se acordaba de qué le ocurría.

Suponía que debía alegrarse de que tratase así a todos entonces, pero la verdad es que no le alegraba ni un poco.

El médico le puso vendas nuevas, y se besó dos dedos, colocándolos sobre las mismas, a modo de juego. Se puso de pie, entregándole los analgésicos y alzándole el rostro como si estuviera examinando algo muy importante.

–Tienes unos ojos muy bonitos, no deberías poner esa mirada tan fría...

–Llevo un año matando a gente todos los días, ¿debería tener una mirada cálida? –le preguntó sin apartar la cara, no tenía por qué, no le molestaba que lo mirase así. Aun así abrió el botecito de analgésicos y se tragó dos, apartando la cara entonces –Esos idiotas están emborrachándose y armando una juerga… se han creído eso de que puede que las cosas cambien y la guerra dé un giro –se levantó para subirse los pantalones otra vez. Más que nada, porque notaba como lo miraba, y eso podía llegar a cohibirle pasado un rato.

–¿Tú no lo crees? La guerra no puede seguir para siempre –el chico volvió sentarse sobre la camilla, observando cómo se cubría de nuevo. Le sonrió dulcemente, como si no se diera cuenta de nada –. Yo no soy tu enemigo.

–Nadie es mi enemigo. Lo serán del gobierno… pero ya ves, igual tengo que matarlos, porque si no me matan a mí. Seguro que la mayoría ni siquiera quieren estar aquí –cogió la botella y le hizo un gesto como para preguntar si podía darle un trago. Aquel era un sitio tranquilo, estaba una planta más abajo que el comedor, y no se escuchaba el griterío que estaban armando esos idiotas.

Vin asintió, dándole permiso. Ni siquiera era suya técnicamente, y estaba seguro de que el chico lo necesitaba mucho más que él.

–Pienso lo mismo que tú, pero ya ves, están aquí. Estás aquí.

–Porque todos somos unos cobardes, si todos fuéramos como Siegfried, entonces no habría guerra –le dijo, sentándose en la silla del médico frente a él, bebiendo un trago largo de alcohol –. ¿Sabes quien es? Lo han encerrado en el calabozo.

–Lo sé, con ese griterío fue imposible no enterarse. Creí que nos atacaban –se rio, sirviéndose un poco más de vino al ver que al chico no parecía importarle –. ¿Realmente piensas eso? Yo creo que si todos fuéramos como Siegfried, ahora mismo les harían falta calabozos.

–No pueden encerrarnos a todos, eventualmente seríamos más y los encerraríamos a ellos –se rio entre dientes, imaginándose al general entre barrotes. Cogió un cigarro, mirándolo –. ¿Te molesta?

–No, por supuesto que no, aunque es malo para tu salud –le advirtió, pensando que en la guerra, esas cosas se olvidaban –. Si te sirve de algo, yo no creo que seas un cobarde, por el contrario.

El moreno lo miro de soslayo, con sus ojos grises algo ocultos por el cabello negro que caía lacio delante de su mirada. Se rio de nuevo entre dientes.

–Pues lo soy. Yo me quedaría aquí abajo en la cama, y que se mueran otros, si con eso se sienten patrióticos, yo ya cuando regresen les doy las gracias –sirvió una copa hasta arriba y la dejó a un lado. Se la iba a llevar a Siegfried después, seguro que estaba harto de estar ahí abajo sin hacer otra cosa que gritar cada vez que pasaba un alto mando.

–Pero no lo haces. Y eso ya es de admirar. No sales corriendo en medio de una batalla. Eso me parece valiente a mí –le dio con un dedo en la mejilla, preguntándose cómo sería verlo sonreír de verdad –. Sea cual sea el caso... no deberías ser tan serio. Deberías estarte divirtiendo con los demás, aprovechar el tiempo libre que tengas...

–No, no me creo ese cuento del cambio de rumbo de la guerra, y no me divierte emborracharme con ellos, ni quiero ser su amigo para luego ver como se mueren. No quiero conocerlos –dijo tocándose la mejilla, rozando después la cicatriz que le bajaba desde el ojo –. Dos meses después de estar aquí, me pegaron un tiro y me desmayé. Me dejaron ahí tirado toda una noche y casi me mata un cabronazo del otro bando. Tú me encontraste a la mañana siguiente –explicó, llevándose el cigarro a los labios –. Pensé que te acordarías de mí, sólo me han salvado la vida una vez, pero tú se la salvas a muchos todos los días… Mucho mejor que quitársela.

–Pero sí te recuerdo, Caleb. No hables como si fuera un héroe, sólo ayudo en lo que puedo. Y por cierto... recuerdo que cuando abriste los ojos, me llamaste por otro nombre y te dije que eras un infiel –se rio de nuevo, sin quitarle la mirada de encima. Le agradaba ese chico, le parecía que estaba muy solo –. No importa lo que creas, relajarse también es importante. No puedes dejar que esto se convierta en lo que eres.

–Eso es fácil de decir en tu lugar, puedes dormir por la noche, pensando que has salvado vidas, que has hecho lo posible. Yo no, al principio no podía dormir, ahora tampoco. Hay cosas a las que uno no se acostumbra, no es verdad, no podemos acostumbrarnos a todo. A veces me despierto y cojo el machete automáticamente, sólo me duermo cuando estoy agotado –murmuró con el cigarro entre los labios, dejando salir el humo en una bocanada, casi empujándolo –. Si nosotros somos héroes por matar… ¿No es más lógico que tú lo seas por lo contrario? –lo miró a los ojos, un tanto inexpresivo –Todos necesitamos héroes –se rio de forma poco feliz –. Como Johan, que se pasa el día rezándole a Dios. “Dios, por favor, que no me maten”

–Es su manera de lidiar con la situación. Tú deberías encontrar una –lo rodeó por los hombros sorpresivamente, como reconfortándolo –. Sé que no es fácil. Precisamente por eso pienso que deberías intentarlo. Me agradas, Caleb, y no quiero que te pierdas en esta guerra.
–No puedo, odio esto… quiero salir de aquí. Aunque te diré algo, el refugio es mucho peor que esto –lo miró a los ojos, aunque estaba demasiado cerca como para que aquello no le hiciese mirarle los labios. No les permitían hablar del exterior a los demás, suponía pena de cárcel, no querían que jodieses su moral hablándoles de las precarias condiciones de sus familias –. ¿Sabes quién es el mayor Tanner?

–Ah... sí. ¿Cómo sabes del refugio? –lo miró extrañado, ya que ni él tenía noticias del exterior. Intentaba no pensar mucho en eso tampoco –¿Acaso él te lo dijo?

–Yo estaba allí antes de venir –torció una sonrisa y apartó la mirada al frente, llevándose el cigarro a los labios otra vez –. Sólo tengo 19 años, aunque no lo parezca –dijo, pensando que estaba bastante curtido ya –. Él es mi hermano, yo me escondía en el refugio, haciéndome pasar por menor, hasta que él me vio y me sacó de allí, me trajo a filas –torció una sonrisa otra vez –. Me dijo que era un cobarde y una vergüenza… –se rio, cogiendo el cigarro entre los dedos –. Es una putada, cuando tu familia es una panda de cabezas cuadradas.

–Tu hermano, ¿eh? –Vin suspiró, dejando resbalar su mano hasta su hombro y apretándolo un poco. No podía comprender aquello. Si él hubiese tenido un hermano... –Perdona, creí que eras mayor. Eres muy maduro. Y yo no creo que seas un cobarde ni una vergüenza. Estaría orgulloso de tenerte en mi familia.

–Si tienes una hermana que está buena, no me la presentes… –torció la sonrisa, alzando un poco una ceja –No me afecta, ¿eh? Ni siquiera me caía bien antes de eso.

–Como tú digas, chico fuerte –le alborotó el cabello, riéndose un poco, y acercando su rostro al suyo para meterse con él, a ver si seguía así –. No necesitamos hermanas...

El moreno lo miró de soslayo sin girar la cara, volteándola despacio y besándole los labios, superficial, aunque lentamente.

–Y no me asustan los médicos pervertidos –giró la cara de nuevo al frente, llevándose el cigarro a los labios otra vez –. Voy a llevarle algo de comer a Siegfried… –dijo suspirando y aún sin levantarse, como si aquello le diera mucha pereza. Primero quería acabarse el cigarro.
Vin se rio de nuevo, terminándose su copa sin dejar de observarlo.

–Es una lástima. La mitad de la diversión está en asustar. Hazme un favor y ven a verme si te molesta algo más. Y no hablo sólo de tu herida.

El chico asintió con la cabeza, pegándole otra calada al cigarro y estrujándolo con los dedos antes de tirarlo a la papelera. Cogió la copa, preguntándose si no se la tiraría encima algún idiota borracho cuando bajase a por comida.

–Gracias –murmuró antes de salir, echándole un vistazo y cerrando la puerta.


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