.Pitfall - Novela yaoi / homoerótica para mayores de edad.
 


Capítulo 2
The fight for freedom

–¡Ah! ¡Escandalosos! –se quejó Siegfried, pateando las barras una vez más, con las manos en los bolsillos. Daba igual, ni siquiera lo escuchaban ya, pero es que era el colmo. Primero lo encerraban allí como si fuera algo inconveniente, que de hecho lo era, y luego tenía que pasarse el resto de la noche escuchando a esos idiotas festejar y pasárselo bien. ¿Es qué no tenían cerebro? ¿Desde cuando les daban días libres así por así? Allí había algo sospechoso. Y lo peor de todo, era que esos imbéciles, se habían reído en vez de apoyarle. Así no se podía hacer nada.

Exhaló con fuerza, pateando las barras una vez más y sentándose de nuevo sobre aquel catre duro. Quería ir al exterior, estaba preocupado. Nada tenía sentido allí.

Escuchó unos pasos acercándose y alzó aquellos ojos de color miel, alerta. Sabía que no tenía sentido, no serviría de nada, pero no podía evitarlo. Casi saltó a sus pies de nuevo, aporreando las barras y gritando de nuevo.

–¡Eh! ¡Sacadme de aquí, idiotas! ¡Sois unos hipócritas! ¡Sí, tú! ¡Hablo contigo!

–¿Conmigo? No creo… –el moreno inclinó un poco la cabeza. Si le llamaba hipócrita a él, es que se le había caído el único tornillo que le restaba en la cabeza –. Te he traído algo de comer y vino –dijo aproximándose a los barrotes y pasándoselo por el agujero horizontal en el medio.

–Caleb, no sabía que eras tú –sonrió, enrojeciendo un poco y sujetando la comida, agradecido. Se sentó en el suelo, mirándolo –. Te ofrecería asiento, pero...

–Es igual, cualquier cosa plana sirve –se sentó en el suelo frente a él, comiendo algo que había traído –. Deberías ver a esos imbéciles… se lo han creído todo –revolvió la sopa, pensando en su asqueroso aspecto.

–Pero tú no –lo miró, sonriendo un poco y luego empezando a comer, esperando antes de volver a hablar –. Debe estar sucediendo algo muy grande. No me creo eso de un día libre. El enemigo no toma días libres... No tiene sentido.

El moreno torció una sonrisa.

–Desde aquí abajo no lo escuchas, pero yo sigo oyendo los tanques arriba, creo que somos el único fortín que no ha salido… A lo mejor al viejo le ha dado ya la senilidad –le dijo riéndose con maldad, bebiéndose el caldo después –. De todos modos, nadie parece por la labor de ponerse a analizar los motivos para tener un día libre. Son demasiado simples la mayoría –suspiró, dejando a un lado el plato y metiéndose un trozo de pan en la boca.

–Quieren fingir que son libres... – murmuró el chico bajando la mirada y observando el vino. ¿De donde lo habría sacado? No le importaba mucho – Era el momento, ¿sabes? Eso creo yo. Era el momento de rebelarse y ganar nuestra libertad de vuelta.

–Olvídalo… eso no va a pasar, es lo que sucede con el conformismo. Es cómodo y accesible a cualquier mente –torció una sonrisa de nuevo, cogiendo un cigarro y encendiéndolo con pesadez –. A lo mejor los bombardean… por eso nos dicen que no salgamos. Puede que los hagan volar… De todos modos no hay nada que les interese en su zona, allí no queda nada. Personas, pero eso a ellos les importa un carajo.

–Pero a mí me importa... Esto es una mierda – refunfuñó el chico, comiendo casi con furia ahora. Se iba enfadando de tan sólo pensar en eso. Había intentado correr hacia fuera, pero por supuesto que lo habían detenido –. No puedo evitarlo, no puedo quedarme tranquilo aquí. ¿Por qué son tan idiotas? ¿Por qué? –murmuró con la voz un poco más baja. Por lo menos podía hablar con Caleb, ya se habría vuelto loco de no ser así.

–Porque… dado que la inmensa parte de la población es idiota y ellos son los que votan, el resultado es que los dirigentes resultantes son idiotas –alzó una ceja, acompañándose de la mano en aquel gesto –. Por lo menos ahí abajo estarás más seguro que el resto –se rio, tratando de quitarle peso a aquello.

–¿Seguro de qué? –se rio Siegfried, negando con la cabeza, y poniéndose serio de pronto –¿No sientes miedo, Caleb? Quiero salir de aquí, pero a la vez no se qué voy a encontrar más allá del campo de batalla. ¿Me comprendes?

–Claro –lo miró a los ojos, aproximándose un poco más a los barrotes y sujetándole una mano, apretándosela con fuerza –. No tengo miedo, allá afuera no me espera nadie –le dijo, decidiendo no hablarle de cómo estaban las cosas, tal y como el reglamento estipulaba. ¿En qué iba a ayudarle saber lo en ruinas que estaba la ciudad?

–Supongo que a mí tampoco... –suspiró, pensando en todas las personas a las que conocía, su familia, sus amigos. No había vuelto a saber de nadie –. Eres más valiente que yo, pero no le digas a nadie que te dije eso –protestó luego, soltándose como si le avergonzara que lo consolasen.

–No hablo con nadie de todos modos –apartó la mano, sacándose el cigarro de los labios y mirando al suelo. La ceniza se había caído entre sus piernas –. Le he dado un beso al doctor, en los labios –se rio entre dientes, mirándolo después de soslayo.

–¿Por qué? –le preguntó, enrojeciendo y volviendo a la copa de vino de la que apenas había bebido un sorbo. Esas conversaciones siempre lo ponían nervioso.

–Porque ya sabes como es, siempre está tratando de hacerte pasar vergüenza, y quería demostrarle que no me la daba, por más que se me acercase de ese modo –se giró, apoyando la espalda en los barrotes, de espaldas a él, no por nada, sólo por estar más cómodo.

Siegfried se rio un poco sin poder evitarlo.

–¿Seguro que no te la da? Ese médico es extraño. Además, creo que se mete con unos más que con otros.

–Sí, supongo, con los que le parecen guapos. No creo que moleste al general –frunció un poco la nariz, pensando en su barriga, la verdad es que le daba un poco de pena pensar en Vin teniendo que tocar aquella masa de aspecto viscoso –. A mí me agrada Vin. Es cariñoso.

–Cariñoso... Yo creo que se ríe de mí. Siempre con esa sonrisita... –el chico frunció el ceño, exhalando con fuerza. Le daba hasta vergüenza ir a ver al médico –¿Seguro que sólo te agrada?

El chico sonrió, girando un poco la cara y mirándolo de soslayo, aunque de nuevo estaba serio.

–¿Estás celoso o algo así?

–No, es sólo... –Siegfried se llevó otra cucharada de sopa a la boca, poniendo cara de asco, pero al menos servía para enmascarar su rojez –¿Por qué estaría celoso?

–No sé… –se puso a girar un pitillo entre los dedos, finalmente apagando el que tenía casi consumido entre los labios y encendiendo ese.
–No sabes... ¿Para qué preguntas entonces? –le lanzó de vuelta con aquella manera agresiva que tenía de ocultarse cuando algo le cohibía –¿No te van a reñir por estar aquí conmigo?

–Me la pela que me riñan… soy inmune, no me importaba una puta mierda cuando lo hacía mi viejo, no me va a importar que me lo diga un tío cualquiera –contestó, al parecer desinteresado, aunque frunciendo el ceño sólo con imaginárselo –. ¿Qué van a hacer? ¿Encerrarme contigo? –se rio.

–Creo que no... Hay otras celdas –se rio también, relajándose nuevamente y terminando de comerse el pan –. Gracias por venir.

–No lo estropees… –se quejó Caleb, riéndose también un poco y alzando la cabeza contra los barrotes, mirando al techo mientras fumaba –¿Qué te gustaría hacer? Después de esto… Suponiendo que volviésemos a un mundo normal.

–Cualquier cosa que no tenga que ver con la guerra. No lo sé. Estudiar algo supongo, si es que aún queda alguna universidad en pie... –lo miró de soslayo, pensativo –Pero lo primero que haría sería tirarme a mirar el cielo, y lo segundo... ir a buscar a mi familia. ¿Qué quieres hacer tú?

–Nada, no escuchar más órdenes. Quiero tocarme las pelotas y no hacer nada. Luego puedes darme limosna, cuando seas un profesional exitoso –se rio, frotándose un poco la espalda con los barrotes.

Siegfried también se rio, mirándolo ahora de manera directa.

–Te voy a contratar en mi empresa, aunque no quieras hacer nada. Y los demás empleados se quejarán, pero como pienso ser el jefe... –continuó, soñando de aquella manera. En realidad no le interesaba tener una empresa, pero eso de no recibir más órdenes se escuchaba bien.

–Vale, te llevaré el café, y podrás decir que soy tu becario personal –sonrió, girándose un poco para poder verlo –. Pero no pienso hacerte lo de mamadas. O sí… –le dijo serio, riéndose después y tirándose al suelo por si le daba a través de los barrotes.

–Idiota... –se rio Siegfried, enrojeciendo violentamente, y lanzándole una migaja que había quedado en su plato, de todos modos –Ya verás cuando salga de aquí.

El moreno se recostó de medio lado en el suelo, aproximando una bota a los barrotes y tocándole la rodilla.

–¿Vas a atizarme?

–No te diré lo que te voy a hacer. Así es mejor –se rio nuevamente el chico, intentando sujetarle la bota, sin lograrlo.

–Así me das esperanzas de que sea algo bueno –le dijo, molestándolo otra vez y apartando el pie por si acaso, observándolo y suspirando con pesadez –. Creo que voy a protestar también, a ver si me encierran y mañana no tengo que salir.

–Buena suerte. Yo creo que estoy aquí porque tenemos un día libre. ¿Crees que si tuviéramos que pelear, me hubiesen encerrado? No, seguro que piensan “Pues si no quieres pelear, no pelees. A ver si regresas” –frunció el ceño, cabreado de nuevo. A veces se preguntaba si realmente estaban peleando esa guerra para defenderse, o si ya no tenía sentido. A los altos mandos no parecía importarles nada.
Caleb torció una sonrisa, llevándose el cigarro a los labios otra vez.

–Ya, es cierto… vaya coñazo –murmuró –. Me voy a quedar a dormir aquí contigo. Esos imbéciles van a estar borrachos y no va a haber quien pegue ojo en los cuartos.

–Debiste traerte una manta. Aquí abajo se pone helado por las noches, como no regulan nada... – se quejó, ya que no era la primera vez que lo encerraban por causar problemas. No podía evitarlo, y no iba a dejar de intentarlo. Sabía de por lo menos diez chicos que estaban tan hartos como él, pero siempre se asustaban en el último momento. Claro, él también lo hacía, pero no podía refugiarse en una esquina por el resto de su vida, y permitirles que hicieran lo que quisieran con él.

–No importa, he dormido en sitios peores –murmuró Caleb, cruzando los brazos tras la cabeza y mirando al techo, moviendo el cigarro entre los dientes. Se preguntaba si sucedería algo esa noche.


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