Capítulo
3
We all have wings
–Eh, sargento… –el rubio lo siguió,
deteniéndolo justo antes de que entrase en el gimnasio. Sabía
que lo había escuchado y estaba huyendo disimuladamente.
Pero no podía seguir después de que le sujetase el
brazo.
El moreno se detuvo, volteándose un poco y mirándolo
a los ojos.
–Dime, ¿puedo hacer algo por ti?
–Sí, en realidad, esas preguntas que me prometiste
responder hace dos días… –sonrió un poco,
entrando en el gimnasio con él –Puedes hacer lo que
quieras mientras tanto.
–De acuerdo, lo siento, no lo recordaba –se disculpó,
sentándose en un banco y cogiendo unas pesas con una mano,
empezando a hacer ejercicios de todos modos. Claro que se había
acordado, simplemente, odiaba que lo grabasen, le hacía sentir
incómodo.
El rubio dejó la cámara colocada de nuevo y se sentó
frente a él, fijándose en lo musculado que estaba
su cuerpo, le hacía sentirse débil, compararse con
él.
El otro lo miró de soslayo, consciente de la mirada, incómodo.
–Puedes empezar… –le pidió, era mejor
al menos distraerse con algo, que aguantar esa mirada fija en él.
–Oh, sí, perdón. Me estaba fijando en los tatuajes,
tienes varios, ¿no? –le preguntó. Tratando de
relajarlo, hablando de algo trivial. Siempre estaba muy serio, a
pesar de que era amable y muy calmado –¿Qué
significan?
–El código de barras… es algo que me tatué
de joven, no tiene ningún significado especial… –dijo,
recordando que lo había hecho por una apuesta y por hacerse
el duro delante de alguien –Las placas, son por si me matan,
quiero que mi madre tenga al menos algo que enterrar. Humph…
–cambió de brazo, empezando con el otro –Y las
alas, nos las hicimos todos hace años, todo el escuadrón
de pilotos –aclaró.
–¿Has estado en otros frentes, no? Eres militar profesional
hace años… ¿Por entonces pilotabas un avión?
–Sí, un avión. He estado en varios frentes
como piloto, pero ahora estoy en infantería, de todos modos
no hay combustible… para los aviones. Sólo los pilotan
los ases –dijo mirándolo de pasada, pensando en cuánto
echaba de menos volar, bajando la vista otra vez a su mano, mientras
subía y bajaba el brazo.
–¿Por qué no te presentas? Tu nombre y lo que
haces aquí, cuantos años llevas en este frente…
–Me llamo Dean, soy sargento de unos 20 hombres de infantería.
Llevo nueve años en este frente, me destinaron desde un principio
a la línea de frontera, fortín 32.
–¿Por qué decidiste dedicarte a esto? –le
preguntó, pensando en su diferente modo de contestar, comparándolo
con el médico.
–Alguien tiene que hacerlo –murmuró, acostándose
y cogiendo una barra –. No tengo mujer, ni nadie que me eche
demasiado de menos, salvo mi madre, y ya no tengo edad para estar
con ella, ¿no? –sonrió, mirando al rubio, olvidándose
ya de la presencia de la cámara.
–No… –el otro sonrió, observándolo
ejercitarse – ¿Esto te gusta?
–Me gustaba pilotar, esto no, pero es mi deber, y lo cumplo,
eso es todo –dijo más serio, sin detenerse.
–¿Qué opinas de esta guerra?
–Opino que... era inevitable, se hizo lo posible por detenerla,
pero los orientales no quisieron entrar en razón –le
contestó serio, pero sin atisbos de alterarse ni un poco.
–¿Qué sientes por el enemigo? ¿Los
odias?
–Los odio cuando estoy luchando, pero no odio a los civiles
de las ciudades enemigas –resopló un poco, estaba sudando
ya. Dejó las pesas, provocando un ruido fuerte, metálico,
y se sentó, sacándose la camiseta y tirándola
al suelo.
–Pareces una persona muy equilibrada. Aunque imagino que
habrás perdido a muchos amigos y compañeros –le
siguió preguntando el reportero, levantándose para
coger una bebida deportiva y entregándosela.
–Gracias… –le dijo algo cortado porque le hubiera
leído el pensamiento. No sabía si debía o no
levantarse a buscarla mientras grababa, y al parecer, no se daba
cuenta de que sus miradas a la máquina eran obvias.
–No hay problema –el periodista le sonrió un
poco. Notando que no le decía nada sobre la muerte de sus
compañeros –. ¿Por qué no está
celebrando con los soldados? ¿Tiene una buena relación
con ellos?
–Bueno, yo soy quien instruyó a la mayoría
de mi tropa, es normal que tenga una buena relación con ellos.
Confían en mí, y yo en ellos –bebió un
poco más y cogió las pesas otra vez –. Es duro…
perder a gente que te importa, pero no puedes derrumbarte, o mañana
serás tú –le contestó finalmente.
El rubio meneó un poco la cabeza.
–¿Crees que esto acabará pronto?
–Sí, de un modo u otro –se temía lo peor
en realidad. Llevaba demasiado tiempo alargándose aquel conflicto,
y en oriente no tenían nada de interés para los dirigentes.
Probablemente, hoy habría un bombardeo masivo a la zona,
y por eso les habían dejado permanecer en los fortines.
–¿Qué te gustaría hacer si todo acabase
y pudiésemos volver a la normalidad?
–No lo sé. No sé hacer nada más que
esto. Supongo que en cierto sentido, me sentiría perdido
sin ello… No lo sé –no podía ni imaginárselo
–. Ayudaría a la reconstrucción de las ciudades.
–Ya veo –el rubio le sonrió –. ¿Qué
tal se vive aquí abajo?
–Bien, estamos protegidos de los tanques, de los bombardeos,
tenemos un hospital, médicos, e incluso un cine y comedor.
Se vive mejor que en ningún otro frente –subió
la pesa una vez más, resoplando y cambiándose de mano
otra vez.
–Y un médico muy guapo –dijo Dean, compartiendo
su opinión sobre su amigo.
–No… me he fijado –el moreno sonrió,
negando con la cabeza. Todo el mundo se había fijado, sobre
todo porque era muy cariñoso, y todos echaban de menos a
alguien.
–Creía que los pilotos no podían usar gafas
–se burló el rubio.
–Es guapo… – admitió sonriendo, poniéndose
serio de pronto –¿No irás a dejar eso, no? –lo
miró como si fuera a lanzarle la pesa.
–No, claro que no… –el rubio sonrió ligeramente,
aguantándose el reflejo de cubrirse.
–Claro… –el sargento suspiró, continuando
con el ejercicio y levantándose para ir a la cinta andadora.
–¿Cómo te sientes durante una lucha? ¿Tienes
miedo?
–Claro que lo tengo, me siento tenso. Pero no me dejo cegar,
se piensa, y se actúa. Siempre hay que pensar en la seguridad
de tus hombres. En que regresen todos…
–¿Cómo crees que está el ánimo
de los soldados? –siguió preguntándole.
–Mal, están hartos, han perdido a sus amigos, han
perdido la esperanza de regresar a casa. Hace tiempo que los correos
no funcionan. Dicen que porque no pueden hacer llegar las cartas.
Pero muchos creen que es porque no quieren que sepan que su familia
ha muerto. Aún así tienen esperanza a veces y a ratos,
hay bajones, es normal –susurró, pensando en sí
mismo –. Todos queremos regresar a casa ya.
–¿Crees que conseguirán penetrar la frontera?
–No, es imposible, si quieren entrar, tendrán que
bombardearnos, y no lo harán, es imposible... –reiteró.
Deseándolo, más que calculándolo escépticamente.
–¿Tienes pareja afuera? –lo dudaba por lo que
antes había comentado.
–No, no se me dan bien esas cosas –le contestó
incómodo, corriendo en la cinta y deseando acabar si iban
a comenzar con preguntas tan personales.
–Pero eres muy atractivo –dijo el rubio, pensando
que no era posible que pasase desapercibido siempre. Aunque si solía
escaparse así, cualquiera pensaría que estaba desinteresado
–. ¿No te sientes solo?
Dean no contestó inmediatamente, siguió corriendo
por un rato.
–Claro, a veces –acabó confesando –. Prefiero
no enamorarme de todos modos, seguramente eso bajaría mi
rendimiento, me preocuparía demasiado por protegerlo a él
especialmente, y ya me llega con proteger al médico –suspiró,
apartándose el sudor de la cara con una mano.
Dylan sonrió, pensando que había dicho él.
Tenía tendencia a preguntarle a los que le parecían
homosexuales, era como si los sintiese más cercanos que a
los demás.
–Qué frío… ¿todo lo evalúas
de ese modo?
–Sólo las decisiones importantes –lo miró
a los ojos, percatándose demasiado tarde de que había
dicho él. Pero le avergonzaba pedirle que editase eso. No
era una lacra –. Tengo que ducharme… –susurró
a modo de disculpa para acabar con aquello.
–Está bien, gracias –el rubio sonrió,
cogiendo la cámara y pegándole un enfoque más
mientras se agachaba a coger la camiseta, filmándole el trasero,
y apagándola después.
Dean lo miró de soslayo, preguntándose si había
hecho lo que temía, y decidiendo ignorar eso, simplemente
dirigiéndose a los baños.

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