Capítulo
4
The party is over
El griterío de los soldados borrachos y
el humo de sus cigarros, infestaba el comedor donde ahora estaban
corriéndose una juerga. Mientras tanto, el doctor había
regresado a reunirse con el corresponsal, tal y como lo habían
acordado.
–Mira… –le dijo el rubio reído, bebiendo
un poco de licor de garrafón, aunque era bastante horrendo,
y más comparado con lo que él acostumbraba a beber.
Le puso la parte en la que el sargento hablaba de que le parecía
guapo, riéndose con maldad.
–Oh, qué suerte... –se rio el chico, observando
el rostro serio de aquel hombre. A él también le parecía
atractivo, por supuesto, mucho más con esa expresión
–¿Eres celestino, Dylan? ¿O es que me veo muy
solito?
–Es que es divertido, se lo pregunto a casi todos –pasó
un poco la cinta para mostrarle cómo recogía la camiseta
del suelo –. Y bonitas nalgas además… –se
rio, mirándolas con atención.
–Definitivamente. Es una de las cosas que amo del ejército...
–Vin bebió un poco más de aquel licor, exhalando
con fuerza –Esta cosa es horrible. ¿Vas por ahí,
preguntándoles a todos que si soy atractivo?
–Sí… –paró la cinta, revisando
otra cosa del soldado borracho que había entrevistado luego
–. Es que es gracioso –comentó como si nada,
subiéndose un poco las gafas –. Eres como una especie
de ángel para los chicos… según… este
–le mostró al susodicho borracho, diciendo aquello
mismo.
–Un ángel, ¿eh? Eso es algo que no se oye
a menudo –Vin se rio, aunque realmente se sentía halagado.
Suponía que era natural que en medio de tanta guerra, se
sintiesen reconfortados por las personas que los atendían
cuando estaban heridos.
–Es todo un poeta… –le dijo, burlándose
del chico y por poco cayéndose de la banqueta a causa de
un estremecimiento increíble en el subterráneo.
–¡Nos están bombardeando! –gritó
uno de los soldados, sacudiendo a otro, ambos borrachos, cayéndose
al suelo.
La megafonía comenzó a sonar, anunciando que siguieran
donde estaban, que no era una amenaza real. Algunos comenzando a
tranquilizarse, otros subiendo de todos modos hacia los dormitorios.
Dylan se levantó, cogiendo su cámara y mirando al
doctor.
–Mejor será que subamos también, no sea que
haya un derrumbamiento o se estropeen los ascensores y nos quedemos
aquí abajo.
El suelo tembló de nuevo, haciéndolos chocar a unos
con otros. Aún más a causa de los torpes y alcoholizados
movimientos.
–¡Sí! –asintió el médico,
poniéndose en pie, y tambaleándose un poco. Además,
necesitaba ir a ver que los enfermos estuviesen a salvo.
El rubio vio con frustración que los ascensores no estaban
funcionando, probablemente los habían parado para que la
gente no se hiciera daño entre la borrachera y los nervios,
pero eso no era normal.
El sargento, que iba ya con bastantes de sus hombres detrás,
los miró, señalando al médico.
–Sígueme –le pidió, corriendo hacia los
escalones de emergencia y tumbando la puerta. ¿Por qué
la habían cerrado? Él no se fiaba, no iba a dejar
así a sus hombres como si nada. Aunque lamentablemente no
había podido encontrarlos a todos.
Vin llevó a Dylan de la mano, para que no se quedase atrás.
Confiaba en el sargento, a pesar de haberse estado riendo de su
entrevista con el reportero minutos atrás.
–¿Qué está sucediendo? Tengo que ir
a la enfermería... –protestó preocupado. Apoyándose
contra la pared, ante una nueva sacudida.
–No podemos, hay que bajar al sótano –dijo
el moreno sin dar más explicaciones. Quedarse allí
arriba, mirando para los heridos no iba a ayudar a nadie.
–Los doctores de guardia y las enfermeras estaban con ellos
–le dijo Dylan, tratando de que no se preocupase y siguiéndolos
abajo. Se preguntaba por qué estaban armados.
–Las órdenes fueron quedarse arriba, señor
–le dijo uno de los chicos, que pese a todo lo seguía,
corriendo tras él y atravesando el segundo piso a toda prisa,
tirando otra puerta y continuando escaleras abajo.
–Tu superior inmediato soy yo, cumple mis órdenes,
eso te llega –ordenó el sargento, no iba a ponerse
a dar explicaciones. Si mañana alguien era castigado por
desobedecer, sería él, no ninguno de sus hombres.
Todos se tambalearon de nuevo, uno de ellos rodando escaleras
abajo con los temblores. Eso no era normal. Era un bombardeo masivo
a la línea de defensa.
–Por Dios... –Vin se cubrió la cabeza como gesto
automático, sujetando luego la cruz de su dije, el cual representaba
los tres símbolos de Fe, esperanza y caridad. Esperaba que
todos estuviesen bien allí arriba, él mismo sentía
miedo. Terminó de bajar las escaleras, arrodillándose
al lado del soldado que había rodado por ellas, revisándolo
con tanta rapidez como podía, pero el chico parecía
estar bien, aparte de haberse golpeado, claro –Tranquilo,
tranquilo –murmuró, más para sí mismo
que para él.
–Sigamos –les ordenó Dean, bajando a los calabozos,
Caleb estaba allí de pie, tratando de abrir las verjas, probando
toda clase de códigos en la pantalla de cierre.
–Déjame a mí –le dijo el sargento, tecleando
rápidamente, ya que se había asegurado de mirarlo
para poder sacar al chico de allí –. Vamos, venid conmigo
–les dijo tras abrirla finalmente.
Caleb esperó al otro chico, había escuchado también
el mensaje de megafonía, pero tampoco se lo había
creído.
– ¿Qué ocurre?
–¿Qué sucede? ¿Nos atacan? ¡Lo
sabía! –exclamó Siegfried sin embargo, entre
asustado y molesto. ¿Pensaban dejarlos morir como ratas?
–Tenemos que salir...
–No podemos subir –le advirtió Vin, ya que conocía
los ataques del chico, y no era un buen momento.
–Los ascensores están bloqueados, y aunque se puede
subir por las escaleras, nos detendrían. Además, salir
durante un bombardeo sería un suicidio, y una estupidez –les
dijo Dean mientras seguía corriendo escaleras abajo –.
Seguidme –les dijo de nuevo, tratando de que dejasen las discusiones
para después.
–¿A dónde vamos? –preguntó el
periodista, que se había acoplado.
–A la sala estanca –dijo uno de los chicos que había
bajado desde el principio con el sargento.
–¿El refugio contra ataques de gas? –preguntó
Caleb. ¿Es que eran bombas de ese tipo? ¿O tenía
miedo de que entrasen?
–Sí –les dijo sin más. Allí abajo,
a diez pisos bajo tierra, los sonidos estaban ya casi colapsados
por completo y el movimiento era apenas perceptible. Aún
así, los hombres seguían corriendo sin detenerse detrás
del superior, esperando a que abriese los portones para entrar.
Vin apretó la mano de Dylan con fuerza. Bombas de gas...
Se suponía que el gas no entraría, pero...
Los temblores se iban haciendo menos frecuentes sobre ellos, la
lejanía de aquellos sonidos, poniendo a algunos inclusive
más nerviosos. Era como si ahora estuviesen aislados del
mundo.
El moreno se sentó en uno de los bancos, cruzando las manos
y bajando un poco la cabeza.
–Sé que es asfixiante, y que estamos incumpliendo
las normas, pero yo me haré responsable. Estáis haciendo
lo correcto.
–¿Cuánto va a durar esto? –preguntó
la mujer soldado que estaba con ellos.
–Esperemos que poco, pero no te pongas a mirar el reloj
–le dijo su novio, sacándoselo para que no se obsesionase.
–¿Es que no va a bajar nadie más? –preguntó
Caleb, pensando que eran imbéciles, él se alegraba
de estar allí, por más que fuese agobiante.
–No se escucha nada –murmuró Siegfried, sentándose
en el suelo, con la cabeza entre las manos. Seguramente no bajaría
nadie más. Ellos lo sabían, sabían que aquello
ocurriría, no lo comprendía.
Vin cerró los ojos, recostándose contra la pared,
intentando conservar la calma. No serviría de nada ponerse
histérico en ese momento.
Dylan les tomó una foto, aunque en realidad en parte era
porque estaba nervioso y eso lo relajaba. Después observó
cómo había resultado en la cámara. Se recostó
al lado de Vin, tocándole la cintura y acariciándole
la espalda.
Comenzaron a escucharse gritos y algunas cosas cayendo, incluso
desde allí abajo y con aquellas puertas enormes que los bloqueaban.
–Dios... –susurró el médico, sintiendo
que le resbalaba una lágrima, y limpiándosela con
rapidez. Era horrible escuchar eso, no poder hacer nada. Le costaba
trabajo respirar, aunque sabía que era algo psicológico.
Los gritos parecían ensordecedores, a pesar de lo lejos que
se escuchaban.
Dylan lo abrazó contra él, tratando de taparle la
cabeza y aislarlo un poco, aunque aquellos gritos parecían
venir incluso de dentro de esta. Era horrible.
–¡¿Qué pasa?! ¡¿Qué
está pasando ahí afuera?!
–¡Tenemos que salir a ayudar!
–¡Que nadie toque la puerta! –el sargento se
levantó, poniéndose delante de la misma –¡No
vamos a salir ahí! Si es un ataque de gas y abres, sólo
nos matarás a todos.
–¡Pero se están muriendo! –gritó
la chica.
–¡Es una orden! –le gritó, haciendo que
se sentase de golpe. Llorando.
Siegfried estaba meciéndose a sí mismo, asustado,
temblando. No estaba hecho para ser un soldado, lo odiaba. No podía
quedarse así, no podía soportar eso.
–Si... Si están en este piso... podemos salvarlos,
¿no? Aún podemos –se puso de pie, paseándose
por la pequeña habitación. No sabía qué
hacer, su moral le dictaba una cosa, pero la realidad era que tenía
miedo de morir.
–No. No podemos, no abriremos la sala estanca por nada hasta
dentro de unas horas –el moreno los miró con severidad
–. Estoy haciendo lo correcto –tanto si les gustaba
como si no.
Caleb suspiró, apoyando la espalda contra la pared y dejando
el pie sobre el banco para sujetarse a la rodilla.
–Callaos ya. ¿Es que queréis abrir esa puerta
y moriros todos? No vais a salvar a nadie abriéndola.
–¡Calla, Caleb! Tú eres un cabronazo –le
dijo uno de los chicos, sujetándolo por la camiseta y levantándolo
del banco. El moreno le pegó un puñetazo sin más.
Hasta que otros dos chicos los separaron a la fuerza.
–¡Parad! ¡Es una orden! Sentaos, al próximo
que haga el imbécil lo ato –Dean les grito de nuevo,
¿se creían que a él no le estaba desesperando
escuchar aquellos gritos?
Siegfried volvió a sentarse, con cara de exasperación,
aunque en realidad, se sentía terrible. Quería dejar
de escuchar esos gritos, quería que se callasen. Lo peor
de todo es que también comprendía lo que aquello significaría.
Apretó los puños, permaneciendo en silencio.
Caleb suspiró, se había quedado de pie, apoyado
contra la pared en la que lo había estampado uno de sus compañeros.
Sabía que todos lo “adoraban” Dio unos pasos
para sentarse junto a Siegfried, y cruzó las manos entre
las piernas, mirándolo de soslayo.
–Si fuera una película cursi, podríamos ponernos
a cantar para no escuchar nada.
–Si fuera una película cursi, ya me habría
ido del cine –sonrió un poco, sin muchas ganas. Le
sujetó una mano de pronto, por nervios, sin pensar en lo
que hacía.
Otro de los soldados bromeando, para distraerse de aquel horror.
–Si fuera una película cursi, vosotros seríais
la pareja principal.
Se escuchó un coro de risas nerviosas, entre las protestas
del chico, aunque él mismo se fue acallando sin embargo,
una vez más dejando paso a aquellos gritos. Ya parecían
ser menos.
–Al menos seríamos los protagonistas –dijo
el moreno, pensando que esos nunca morían, pero callándoselo
para que n le dijesen que era un desagradable de nuevo. Y acariciándole
la mano al chico de todos modos, apretándosela con fuerza.
El sargento alzó la cabeza, pegándola contra la
puerta, jadeando ligeramente. Se sentía fatal, de todos modos,
la mayoría no le habrían hecho caso, o incluso los
habrían detenido por desobedecer. Pero aun así, se
sentía culpable. El sudor bajaba frío por su cuello.
Vin exhaló con fuerza, mirando a Dylan, como agradeciéndole
su apoyo, pero ahora tenía que armarse de valor para ponerse
de pie, apretando luego el hombro del sargento.
–Está haciendo lo correcto. Confiamos en usted –sentenció
con la voz tan firme como la podía tener. –. ¿No
es así?
–Sí, sí... – murmuraron unos cuantos,
con voz débil, estaban temerosos. Eso era de esperarse.
–¿Qué vamos a hacer ahora? Si todos están
muertos... –un soldado rubio preguntó, claramente nervioso,
no veía salida. No se había inscrito en el ejército
para eso. Para morir atrapado allí abajo – ¿Y
si el enemigo está afuera?
–Vamos a sobrevivir. Eso es todo en lo que debes pensar ahora
mismo –contestó el pelirrojo, suspirando. Tampoco era
un adivino. Ni él, ni el sargento, ni nadie.
–¿Sobrevivimos para morir más tarde? –preguntó
Siegfried de manera sarcástica. Él ni siquiera tenía
su arma, se la habían quitado al encerrarlo. Tampoco anticipaba
el usarla, pero no tenía cómo defenderse.
–Sobrevivimos para tener la esperanza de que podremos salir
de aquí –le dijo Dean, como pidiéndole que se
callase, no estaba ayudando nada a tranquilizar a los demás
–. Esto ha sido un bombardeo, los enemigos no están
aquí –les aseguró –. O los habríamos
escuchado entrar, no se oye nada –les dijo, de pronto percatándose
que ya no había más gritos.
–¿Y cómo han muerto todos? –Caleb lo
miró – ¿Gas?
–Eso creo –Dean los miró de todos modos –.
Debemos esperar un poco más aquí, hasta que podamos
calcular que el efecto de los gases haya desaparecido.
–Creo que hay máscaras, ¿verdad? Por si acaso...
–le preguntó el médico, observándolo
por un momento y volviendo a sentarse.
–Creo que en la parte de atrás, pero el gas se habrá
dispersado cuando salgamos –le contestó otro de los
soldados, que se estaba rascando una pierna como si eso fuera a
resolverlo todo.
–De todos modos, por precaución, usaremos las máscaras
cuando salgamos, no podemos arriesgarnos por una suposición
–Dean se apartó de la puerta un poco, ya que parecían
haberse calmado con respecto a salir.
–¿Falta mucho para poder salir? –preguntó
el que estaba con la chica, esta no había dejado de llorar
en todo el rato como una descosida, tapándose las orejas
para no escuchar los gritos.
–Esperaremos cinco horas, estamos bajo tierra, los gases
tardarán más en disiparse que si estuviéramos
afuera –se sentó en el suelo, no quería ni imaginarse
lo que iban a encontrarse al salir.
–¿¡Cinco horas!? Nos moriremos desesperados
entonces –protestó otro chico.
–Cinco horas –repitió el sargento sin más
mediaciones.
–¿Cómo muere alguien envenenado con gas? –Caleb
miró al doctor, pasando de las caras de asesino de los demás
soldados, él quería saber lo que iba a toparse y a
qué se enfrentaba.
Vin lo miró a los ojos, dudando de si debía responderle
o no, pero tenía derecho a saber y había varios soldados
que lo miraban atentos también, como temiendo y necesitando
aquella información a la vez.
–Hay varios tipos, pero, creo que es un gas de efecto rápido.
Trabaja destruyendo los órganos respiratorios. También
causa llagas en la piel y por dentro del cuerpo mismo. Sin embargo,
y a pesar de que creo que debemos seguir las órdenes del
sargento, no permanece mucho tiempo en el ambiente –añadió,
deseando alentarlos un poco.
–¡Oh, Dios! –uno de los chicos empezó
a llorar, tocándose el cabello de forma nerviosa, y no era
el único. Sus compañeros acababan de morir.
–¿Y por qué ha temblado la tierra, sargento?
No es normal con un ataque de gas. ¿Lo habrán lanzado
sólo en la frontera o también sobre las ciudades?
¿Afecta a otra cosa que no sea a los animales? –preguntó,
pensando que con eso seguramente se respondía a todo.
–Los temblores han debido ser un contraataque nuestro…
–dijo Dean, que se temía lo peor, probablemente habían
destruido por completo oriente –. No sabemos a lo que afecta,
el doctor ha dicho que era un gas de efecto rápido, hay varios
–dijo después –. Eso suponiendo que no sea uno
nuevo.
–Pero si han atacado las ciudades... –protestó
otro soldado.
–No sacaremos conclusiones precipitadas –les pidió
Dean.
Siegfried se puso de pie de nuevo, paseándose nervioso.
No soportaba estar allí encerrado. Estaba seguro de que estaban
jodidos. Incluso el llanto de sus compañeros le exasperaba.
No era su culpa, claro, por eso se obligaba a permanecer callado.
Dylan se sentó en el suelo, dispuesto a esperar sin más,
ya que no podían hacer otra cosa. La verdad, él prefería
no decir nada, porque su nivel de miedo estaba bastante por las
nubes. Además, temía que iba a tener que actuar como
un soldado si pretendían sobrevivir con una tropa de sólo
20 hombres hasta que llegasen a… algún lado en donde
hubiese alguien vivo.
.....
Las cinco horas habían pasado en lo que parecían
diez años para los chicos encerrados en ese refugio. Finalmente
se estaban preparando para salir, Vin ayudando a Dylan a ponerse
la máscara, ya que el reportero no había recibido
un entrenamiento intenso.
La mayor parte de los chicos estaban ya detrás del sargento,
Siegfried al lado de Caleb como si ellos dos formasen una especie
de frente unido aparte de los demás.
Dean entró el código, sin fijarse que la pantalla
estaba en negro.
–Oh… joder… –murmuró, deseando no
haberlo dicho en alto.
–¿Qué? ¿Qué pasa? –un
chico nervioso se hizo paso entre los demás.
–No hay energía… –Dean los miró,
suspirando y deseando no tener que decirles que iban a quedarse
allí. Ya le había parecido extraño que hubiese
tan sólo luz de emergencia dentro.
De pronto, y casi como si Dios se hubiese apiadado de ellos, saltó
el generador y se puso en funcionamiento.
El sargento metió la clave de nuevo, y salieron por fin.
–Mantened la línea –les pidió, notando
que salían como animales enjaulados, aunque pronto empezaron
a agruparse de nuevo. Allí abajo no había, o no parecía
haber nadie –. Subiremos en el ascensor hasta la sala de mandos
–. Martinez y Cloe, coged a cinco y subid por las escaleras,
y si se va la luz, venid a abrirnos el ascensor –les dijo
a dos. Metiendo a los demás en el aparato.
El mismo hizo un sonido extraño antes de empezar a funcionar
como siempre, causando que varios de los que estaban allí
dentro, saltasen un poco.
Vin se pegó a la pared del ascensor, sujetándose
nervioso.
A pesar del percance inicial, el ascensor continuó su camino
sin más problemas, abriendo las puertas al piso de arriba
y mostrándoles aquella horrible visión.
Varios de los hombres habían muerto, desesperadamente intentando
hacerlo funcionar, tratando de escapar. Sus cadáveres estaban
allí tirados, los ojos desorbitados, una extraña espuma
mezclada con sangre resbalando de entre sus labios, los mismos se
veían cuarteados y secos.
–¡No los toquéis! –les gritó Dean
a unos que eso mismo iban a hacer –Podrían ser infecciosos…
–se sentía ahogado por la máscara de gas, no,
en realidad era por la visión de todos aquellos cadáveres,
estaba seguro de que de habérsela quitado, allí olería
a muerte.
–Tenemos que salir –dijo Caleb, desesperándose
un poco, deseando largarse de aquel agujero de muerte.
–Saldremos cuando comprobemos si es seguro. Ahora iremos
a ver si queda alguien. Johan, ve a megafonía y avisa de
que los supervivientes suban al cuartel. Esto no parece gas.
–Sí, señor –el chico echó a correr
hacia allí, las caras de perdidos de sus compañeros
eran un show.
De pronto comenzó a escucharse de nuevo un bombardeo y
Dean alzó la cabeza.
–¡Tranquilos! ¡No os saquéis las máscaras!
–les ordenó.
Siegfried empezó a respirar con fuerza contra la suya,
sentía que le ahogaba. No quedaba nadie vivo, lo sabía.
Seguramente todo estaba destruido allí arriba. Lo que no
comprendía era por qué les habían dejado morir
así. ¿Es que ya no había esperanzas o qué?
–¡Sargento! ¡Sargento! Aún está
vivo –exclamó uno de los chicos que se encontraban
más alejados, señalando a uno de aquellos cuerpos.
–Eso no puede ser... –murmuró Vin, corriendo
a su lado y sujetando el brazo del soldado, por si acaso. Sin embargo,
lo que el chico había confundido con un movimiento respiratorio,
era tan sólo una extraña ampolla que acababa de reventarse
cerca de su cuello –, es mejor que no te acerques...
El sonido de otra explosión se escuchó afuera del
fortín. Parecía que no los iban a parar.
–Vamos… –el moreno se puso en marcha, decidiendo
tratar de no prestar atención a todos aquellos cadáveres,
estaba teniendo recuerdos bastante horrendos en aquel momento, sólo
quería dejar de ver muertos en todos lados.
Entraron en el centro de mando, sólo estaba allí
el general, tirado sobre la mesa, había pus saliendo de su
boca, esparcido por los papeles en la misma, y parecía salir
sangre de todos los agujeros de su cuerpo, de los ojos, la boca,
la nariz, e incluso las orejas. Su piel se veía algo rojiza
también, como si hubiera supurado por cada poro. ¿Acaso
eso les había sucedido a los que estaban tan arriba? ¿Entonces
a los del exterior?
–Sólo estaba sentado allí. No pudo haber muerto
instantáneamente. ¿O sí? Los demás estaban
gritando. Digo... –Siegfried miró al médico
como preguntándole, y el pelirrojo negó con la cabeza.
–No puedo decirlo ahora. Ya lo dijo el sargento, no estamos
seguros de que haya sido gas. No nos centremos en eso ahora, lo
importante es continuar –lo cortó, antes de que siguiera
protestando. Estaba poniendo nerviosos a los demás.
Miró a Dylan preguntándose cómo estaba tomando
aquello, él ni siquiera formaba parte del ejército.
Pero el rubio le estaba tomando una foto a aquel hombre, como si
no se percatase de que aquello era horrendo.
–¿Qué haremos ahora? –le preguntó
al sargento.
El moreno deseaba decirles que no le preguntasen a él,
que no tenía ni idea. Pero sacudió un poco la cabeza,
pensando.
–Ir a la sala de comunicaciones, e intentar pedir ayuda,
o esperar órdenes –echó a caminar hacia la misma,
sólo para averiguar que no había forma de comunicarse.
A pesar de que los aparatos estaban allí, el teléfono
no daba línea, y los ordenadores no les servían de
nada. No podían quedarse así, entre cadáveres
–. Esperaremos un poco, a ver si llegan más supervivientes.
–No llegarán… –Caleb, lo miró,
pensando que eso era obvio, y él quería largarse de
allí cuanto antes.
–Esperaremos –insistió Dean –. Y después
bajaremos al metro, e iremos a los demás fortines, a buscar
también allí. Alguien más debe haber con vida
–dijo de forma pausada, sintiendo que se le hacía difícil
pensar. La máscara comenzaba a sentirse agobiante, y las
luces parpadeaban cada dos por tres.
–El generador acabará por apagarse, nos quedaremos
sólo con las luces de emergencia –lo presionó
otro soldado.
–Nos moriremos de calor aquí abajo… –susurró
otro, que a la vista estaba que había perdido los nervios.
–¿No podemos quitarnos las máscaras? Si no
fue gas... –protestó uno de los chicos, que continuaba
intentando hacer funcionar Internet.
–No lo sabemos. Os recomiendo que aún no lo hagáis
–le advirtió Vin, quien ya comenzaba a pensar que eso
no era nada conocido por él. Se acercó a Dean, bajando
un poco la voz para no causar problemas –. ¿Cree que
pueda ir a revisar la enfermería? Ya sé que es casi
imposible, pero necesito asegurarme...
–Sí, Caleb, acompaña al doctor a la enfermería
–le dijo, de paso apartando del medio al más conflictivo.
Al menos estaba seguro de que protegería al doctor si algo
sucedía, cosa que dudaba, a no ser que los muertos se levantasen.
–Voy… –dijo con pesadez, pasando por alto el
responder adecuadamente.
–Gracias, Caleb –sonrió el pelirrojo, aunque
no se notaba debajo de aquella máscara.
El camino a la enfermería estaba relativamente vacío,
seguramente porque todos los muertos se encontrarían dentro
de la misma.
Siegfried los miró salir, estresado, acercándose al
cadáver y observando sus ojos como si esperase descubrir
algo en ellos.
Uno de los que estaba con él le acercó la cabeza
de golpe, tratando de espantarlo, ya que por lo visto, no sabía
leer el ambiente.
Dean suspiró con fuerza, sujetando a Siegfried hacia atrás,
antes de que pasase lo inevitable.
–Dejad de hacer el idiota…
El chico se soltó, enrojeciendo bajo la máscara
y apretando el puño, deseando golpearlo, pero desistiendo.
No era el momento, y podía reconocer eso a pesar de todo.
–Imbécil... –murmuró, cruzándose
de brazos, pero pensando que como se le acercase de nuevo, lo dejaba
morado.
Poco después, el médico y Caleb regresaban, el primero
con una bolsa repleta de medicamentos sellados, vendas y otras cosas
necesarias. Negó con la cabeza, aliviado de que no pudiesen
ver su rostro en ese momento. Le era difícil contenerse.
Dean lo miró, notando que no había tardado nada.
–¿Podrías volver al laboratorio y asegurarte
de qué han muerto? Al menos de si es gas o no, para saber
si podemos quitarnos esto.
–Sí, por supuesto –asintió, pensando que
estaba demasiado nervioso. Suspiró, dándose la vuelta
y regresando, haciendo un esfuerzo por más difícil
que le resultase aquello. Intentaba concentrarse en que ayudaría
a los que seguían con vida.
Caleb regresó con él de nuevo, pensando que ya podía
habérselo ordenado antes. ¿O es que pensaba que si
les daban permiso para ir hasta allí se iban a tomar las
libertades de ponerse a investigar como si nada?
–¿Has visto algo así alguna vez? –le
preguntó al doctor.
–No, nunca –contestó con sinceridad. De todos
modos, Caleb no era la clase de chico que se iba a entregar a histerismos
–. Si quieres la verdad, no conozco de ningún gas que
sea capaz de esto.
Dejó la bolsa en el suelo, ajustándose los gruesos
guantes antes de ponerse a examinar a uno de los pacientes, intentando
con todas sus fuerzas no pensar en él.
El moreno se quedó a su lado, un poco detrás de
él, observando lo que hacía, tenía el blanco
de los ojos rojo por completo y cuando el pelirrojo lo abrió,
descubrió que tenía varios órganos internos
con hemorragias.
–Está como reventado por dentro… ¿Cómo
sabremos si es infeccioso por inhalación?
–Examinamos sus vías respiratorias... con esto –
le mostró un pequeño aparato que más bien parecía
una lupa, pero que, en realidad, detectaba residuos de gas, polvos,
y ese tipo de cosas. Se quedó mirándolo confundido
–. No es contagioso, no lo inhaló. Más bien...
parece que algo hubiese penetrado a través de su piel y
de sus órganos. Pero todo lo demás está intacto.
Quiero decir, no hay derrumbes ni agujeros en las paredes y sin
embargo... –negó con la cabeza, asombrado, y miró
a Caleb luego –. Es increíble.
–Acojonante diría yo –el moreno se quitó
la máscara, ya que era realmente agobiante, no estaban acostumbrados
a usarlas todo el tiempo. Daba un calor horrible. Se quitó
la camisa y se la ató a la cintura. Se preguntaba cuanto
tiempo duraría el generador –. ¿No deberíamos
sacar a los cadáveres por el incinerador? –le preguntó.
Si se quedaban allí con todos esos cadáveres por ahí,
acabarían infectándose de a saber qué.
–Sí, debemos sacarlos, pero será mejor que
le preguntemos al sargento primero –el pelirrojo también
se quitó aquella máscara, exhalando –. O mejor
dicho, será mejor que se lo recomiende. No será contagioso
por inhalación, pero aún así, no recomiendo
que nadie los toque. Lo que sea que mató a estos hombres,
penetró toda esta distancia bajo tierra. No quiero arriesgar
a nadie más por incompetencia.
–Usemos uniformes de amenaza biológica para trasladarlos…
–sugirió. Salió de la sala con el médico
detrás, regresando junto al sargento y esperando a que Vin
le explicase lo que sucedía.
–No podemos quedarnos aquí para siempre. No merece
la pena sacarlos, limpiaremos sólo esta planta –dijo
Dean –. Y… unos cuantos me acompañarán
afuera para ver si encontramos a alguien que pueda guiarnos.
–¡Pero afuera están bombardeando! Y no somos
más de 20 –la chica, que parecía no saber de
qué quejarse ya, se movió nerviosa.
–Bueno, pues tú te quedas aquí –dijo
Caleb.
–¡Cállate!
–Histérica… –se rio de ella el chico.
–¡Basta! Joder… –el sargento golpeó
la mesa con el puño, sin percatarse de que había hecho
que el general se moviese, por poco cayéndose de su apoyo
en la misma –. Doctor, Caleb, Siegfried, Johan, y vosotros
tres, venís conmigo afuera –les dijo –. Los demás,
llevad los cadáveres de esta planta al incinerador, y no
os mováis de aquí.
El moreno bajó con los ocho en el ascensor de nuevo, entrando
en la armería para equiparse con los chalecos y demás,
aparte de coger armas para todos.
Una vez estuvieron todos armados, incluso el pelirrojo, que se
planteaba internamente si realmente sería capaz de dispararle
a alguien, volvieron a subir, en esa misma actitud solemne.
Siegfried estaba un poco más calmado, sólo por el
prospecto de salir afuera, de hacer algo por lo menos. Se iba a
volver loco si se quedaba esperando allí abajo.
–Recordad no tocar nada extraño... Bueno, eso ya lo
sabéis –les dijo el médico, suspirando.
–Sí, no tocaremos nada –murmuró un rubio
–. Y a ver si no salimos volando en cuanto subamos.
La parte metálica superior del fortín fue asomando
hacia fuera, dejándolos salir. El ruido de las bombas y los
tanques no se detenía, tampoco los gritos de los soldados.
Pero lo que esos nueve hombres se toparon en la frontera, era
muy diferente de lo que esperaban.
–No… no queda nadie con vida… –susurró
Dean. El suelo estaba lleno de cadáveres. ¿De dónde
provenían las voces?
–Pero.... puedo escucharlos –Siegfried alzó
la mirada, pero en el cielo tampoco había aviones. Ni tanques
más allá de la frontera. Ni siquiera tenían
en dónde esconderse.
El médico los miró preocupado, sin querer alarmarlos,
pero era lo único que se le ocurría.
–Tal vez debería examinaros. Tal vez esto nos afectó
a nosotros también.
–¿Quiere decir que estamos alucinando? –el chico
rubio se acercó a él, asustado, mirándose los
brazos luego por si acaso.
–No lo sé, pero... –el estruendo de una bomba
que caía se tragó sus palabras. Sin embargo, todo
seguía igual, no hubo explosión, ni daños.
Dean alzó la vista al cielo, estaba despejado, no se veían
aviones, aunque eso no era por completo relevante, pero sí
comparado con lo cerca que se escuchaban.
–Avancemos al siguiente puesto –les dijo sin más,
sacando unos cadáveres en las mismas o peores condiciones
que las del general, de dentro de un transporte de tropas blindado.
Cubrieron el suelo con la lona verde del mismo, para mantenerse
sin tocar la sangre, y Dean encendió el transporte, dirigiéndose
al siguiente fortín.
Caleb se asomó por la parte trasera del vehículo,
observando a lo lejos la ciudad, sus edificios en ruinas.
–¿Qué ha pasado? –preguntó, hablando
más que nada para sí mismo.
–Lo han destruido todo... ¿No? No queda nada –
murmuró Siegfried, sonriendo con algo de sarcasmo. Era preferible
eso que dar rienda suelta a sus sentimientos.
–Ah, cállate, Siegfried. Me tienes harto –protestó
el mismo chico rubio de antes.
–Cállate tú. ¿Es qué no lo comprendes?
–Callaos los dos. No es momento de poneros a pelear, necesitamos
mantener la calma –Vin les sonrió, intentando hacerles
comprender, y observando con alivio que no le respondían,
aunque el chico de cabello castaño estaba refunfuñando.
Dean siguió conduciendo en silencio, igual que el resto
lo estaban ahora, nadie tenía realmente ganas de confirmar
sus temores. Pero cuando llegaron al siguiente fortín, por
más que trataron de que se les abriesen las compuertas, nadie
contestó. Sólo se seguían escuchando aquellas
voces sin sentido. Los tiros y las bombas.
El sargento miró al cielo y luego a los demás.
–Será mejor ir a la ciudad, y tratar de averiguar
qué ha ocurrido aquí.
Esta vez Siegfried no dijo nada, ni siquiera levantó el
rostro. Odiaba admitirlo, pero su furia ya no estaba sirviendo de
mucho para ocultar la realidad, estaba asustado.
–De todos modos, vamos a necesitar comida y medicamentos...
No os preocupéis. Con un ataque de esta magnitud, lo más
seguro es que nos encontremos con los refuerzos por el camino –les
sonrió el médico, con esa manera natural que tenía
de ponerse en modo “levanta ánimos.”
Sin embargo, Dean no quiso decir nada, simplemente se subió
al coche, cerrando la puerta de su lado y poniéndolo en marcha,
esperando a que el resto de los chicos subieran. Sus caras de desánimo…
No había palabras para describirlas.

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