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Capítulo 17
The noise inside my head

–Deberías haberte quedado… –Caleb miró a Siegfried, los dos estaban tensos. Estaba muy oscuro a pesar de las luces de emergencia, y los soniditos extraños no cesaban.

–No podía quedarme sin ti. Además... Además, ¿qué podía hacer? Seguramente está muerto y esos dos... –murmuró, temblando un poco. Se sentía como un ser humano terrible, y aun peor por saber que de poder retroceder el tiempo, volvería a tomar la misma decisión. Dean los había protegido, pero él no era tan valiente. Desde un principio, no había querido estar allí –. Desearía que dejasen de hacer eso –alzó el rostro, observando la oscuridad.

–¡Callaos, cojones! –Caleb les gritó, frunciendo el ceño y riéndose con el cigarro en los labios después –Creo que no quieren, es igual, no van a asustarnos unas vocecitas, ¿no? Piensa que es Waltier hablando con su madre como siempre mientras duerme –bromeó, tratando de no verse asustado, ya que él lo estaba.

Siegfried se rio un poco, de manera nerviosa y para nada relajada.

–Waltier es un infantil... –se quedó serio, pensando que ahora estaba muerto, y aceleró el paso. Quería llegar a un lugar seguro, aunque comenzaba a pensar en que eso ya no existía. Dio un pequeño salto al escuchar un ruido cerca de sí, pero nada sucedió, y el chico frunció el ceño, molesto.

–No pongas esa cara, parece que quisieras que sucediese algo –el moreno sonrió levemente, mordiendo el filtro del cigarro –. Mira… iremos hasta la siguiente estación, y allí habrá un tren, es obvio, debe haberlo, ya que los otros se habrán dejado el utilizado allí –le pasó el brazo por la cintura, aproximándolo un poco y sacándose el cigarro de los labios con la otra mano –. Y allí podemos enrollarnos.

–¡No digas idioteces! No es el momento – protestó el chico, enrojeciendo casi por completo –. Me molesta que nos estén asustando, es como si jugasen con nosotros. Tal vez deberíamos ir a la superficie.

–Tal vez sí… –el moreno lo miró también, observándolo en la penumbra –Pero no sé que tan buena idea sea, atravesar todos esos pisos hasta arriba. Con nuestros “amigos” por ahí.

–Pero por lo menos no estaremos atrapados aquí –Siegfried se rascó la cabeza ligeramente, siempre le habían parecido claustrofóbicos esos túneles, pero mucho más ahora –. Fantasmas aquí abajo, zombies arriba. Es un poco como un videojuego, ¿no? Pero no obtenemos armas especiales, ni vidas extra.

–Es la putada, pero lo bueno es que tú no eres una mujer con silicona en los pechos, que sale a matar zombies en minifalda… –le tocó la espalda con la mano, fumando y riéndose entre dientes. Siempre había sentido que mostrar que tenía miedo, o que estaba desesperado, no hacía otra cosa que desesperar también a los demás.

–No, gracias. Y si pudiera, me pondría una armadura, o cualquier cosa con la que no me puedan morder o algo así... –le aclaró sonriendo, aunque seguía con el ceño fruncido –. Caleb, ¿cómo era tu vida antes de la guerra? –le preguntó de pronto, porque quería hablar de algo que los sacase de allí mentalmente.

–Mi padre es general del ejército, mi hermano… no sé qué coño es ahora, pero también es un militar… ya te lo dije –dijo, refiriéndose a esto último –. Así que, mi vida siempre ha sido un poco una mierda. Mis notas eran una mierda, mis aptitudes físicas no eran mucho mejores… y odiaba el ejército. Mi familia… hacía como si yo no existiese, me dejaban comer y dormir allí, por decirlo de algún modo.

–Hum... vienes de una familia de idiotas –contestó muy serio, enrojeciendo luego –. No quería ofender. Es sólo que... Ya sabes lo que pienso, ¿no?

–Sí, que vengo de una familia de idiotas –torció la sonrisa de nuevo, mirando hacia adelante y poniéndose serio –. No creas que me afecta que los insultes… Yo lo hacía muy a menudo. Cuando me llamaban hijo de puta, yo les decía: No lo sabes tú bien.

Siegfried sonrió, mirándolo de soslayo.

–Es mejor así, ¿no? Ya que nos hemos intercambiado placas, puedo ser tu familia de ahora en adelante.

–Sólo si no te importa el incesto… –contestó con una voz maldita, bajando la mano de su espalda a sus nalgas, apretándoselas un poco.
En realidad, no les prestaba atención, ni siquiera las había estado escuchando, pero aquellas voces hacía rato que no se oían.

–¡Caleb! –el chico saltó, cubriéndose las nalgas con las manos –No te pongas imbécil. ¿Por qué siempre estás con eso? –se giró, retrocediendo de manera descuidada, y tropezando con algo.

–Cuidado –le dijo el otro, sujetándolo del brazo para que no se cayese.

–Pues no me distraigas –protestó avergonzado el chico, estremeciéndose un poco. Se giró, alumbrando con su linterna, y observando por un momento aquel montón de ratas muertas, bañadas en sangre, antes de retirar la luz de ellas, para desviar el camino.

–Eso no es muy normal, las ratas suelen huir del peligro antes de que este las alcance… –murmuró Caleb, observando el amasijo, asqueado, pero a la vez como hipnotizado por aquella pila de muerte. Observó a una de las ratas moverse, como si fuera a correr de pronto, pero en lugar de eso, su estómago se hinchó, dejando salir las tripas como si se hubieran inflado hasta hacerlo estallar –. Joder… –se apartó un poco hacia atrás, aunque le había salpicado la pierna –¿Crees que eso les está sucediendo también a los humanos?

–Seguramente, o algo parecido. No lo sé, es horrible de todos modos –lo miró Siegfried, rogando porque no se hubiera dado cuenta del saltito que había dado al reventarse aquella rata –. Debe ser por algo de las bombas. O a lo mejor comieron algo que no debían.

–Pues tuvieron que comerse algo muy grande para que todas se infectasen –le dijo, preguntándose si habrían comido cadáveres –. Lo mejor será llegar al siguiente fortín, podemos esperar allí a que lleguen los otros, unas horas mientras descansamos y después, si no han llegado, subimos y nos largamos. Cualquier cosa será mejor que esta tumba.

–Por fin –le sonrió, contento de que lo comprendiese. Él no quería seguir atrapado allí eternamente, no veía la razón. Miró hacia atrás, aun así sintiéndose horriblemente mal, pero frunciendo el ceño y continuando.

–Supongo que el sargento pensó que ir por la vía del tren era más seguro que por la calle, llena de pirados. Pero estos parecen haberse calmado –murmuró, tirando la colilla y cogiendo otro cigarro, le quedaban pocos, otro motivo para subir. Si no conseguía cigarros se iba a poner muy tenso, era lo que le faltaba –. Me pregunto si ahí arriba, les habrá pasado como a las ratas… Pluf… –hizo un gesto con las manos.

–Asco, no digas esas cosas. No quiero saberlo –protestó el chico, poniendo cara de disgusto y rogando porque arriba también estuviesen tranquilos –. Vagando por estos túneles solo iremos de fortín en fortín y al final..., ¿qué?

–Al final… no sé donde terminan, pero tal vez el sargento lo sabía, o sabía que las bombas no habían llegado a algún lugar. No tengo ni idea –Caleb se llevó el cigarro a los labios, caminando por el borde de la vía, observando las sombras que se movían adelante, entrecerrando un poco los ojos, deseando poder decir algo como: “Eh, estoy flipando que algo se mueve ahí adelante.” En realidad no eran personas o algo así, era como una bruma extraña –. ¿Ves eso? –le preguntó.

–Quisiera decir que no... –contestó el chico, rifle en mano, aunque ya no le quedaban muchas municiones y además, no estaba seguro de poder dispararle a eso. Lo peor es que parecía estarse acercando –. ¿Pasaremos desapercibidos si nos escondemos?

–No lo sé… pero ya que no tenemos municiones para malgastar en algo que creo que no sufrirá al dispararle. No tenemos muchas más opciones –Caleb se fue hacia un lado, escondiéndose entre las columnas con Siegfried, sujetándolo contra él.

Aquella bruma pasó por delante de ellos, como si fuera un montón de humo negro, pero podían verse rostros blanquecinos entre la bruma, de pronto como un mar de voces estridentes que atravesaban sus oídos de forma ensordecedora.

Uno de aquellos rostros se giró a observarlos.

Siegfried contuvo la respiración, mientras aquel rostro parecía concentrarse más y más en ellos, casi haciéndose tangible. Abrió la boca, lanzando un grito estremecedor y en pocos segundos, todos los demás rostros hacían lo mismo, girándose uno a uno para observar a los dos chicos.

–¡Ahhhhg! –Caleb se tapó los oídos, lo estaban dejando sordo con aquellos gritos –¡Silencio! –gritó, encogiéndose sobre sí mismo. Observando cómo las bocas seguían abiertas, gritando, unas cabezas devorándose a otras, convirtiéndose en una cada vez más grande, enorme. Que se abrió amenazando con devorarlos.

Sujetó la mano de Siegfried, trastabillando, lanzándose a aquella bruma para atravesarla, sintiendo un frío gélido, cortes lacerantes en la piel, pinchazos como de agujas afiladas.

–¡Caleb! –gritó el chico cubriéndose el rostro para que no le hicieran daño en los ojos, y sintiendo cómo intentaban arrebatarle el arma. Ahora parecía que la niebla llenaba todo el túnel, era inconcebible. Le faltaba el aliento.

–¡Corre! –le gritó, sujetando su mano, sintiéndose como un lastre a la hora de dejarlo huir, era más lento que Siegfried, que era uno de los más rápidos, todo lo contrario que él. Pero no era por egoísmo por lo que no lo soltaba, era porque no quería separarse de él por nada –. Tenemos que salir de aquí… –murmuró, tapándose los ojos con el otro brazo, mirando al suelo.

Siegfried asintió, sin abrir la boca porque temía que se le metiera algo extraño. Apretó la mano de Caleb, acelerando. También estaba mirando al suelo, pensando en que debería levantar la mirada para ver hacia dónde iban, pero de pronto se dio cuenta de algo. Podía ver el suelo claramente.

–¡Caleb, abajo! –le gritó, por fin atreviéndose a abrir la boca, y deteniéndose para tirarlo al suelo.

–Casi me partes los dientes –protestó, arrastrándose por el suelo, notando lo resbaloso que estaba y deseando que aquello viscoso que estaba tocando fuese limo y agua. Algo sujetó sus tobillos, Caleb empezó a patear con fuerza, viéndose arrastrado hacia dentro de nuevo, cuando creía que ya conseguiría salir de allí –. ¡Soltadme! –gritó asustado al observar el rostro descarnado que lo estaba observando –¡Suelta, cabrón! –le dijo pateándole la cara.

El resto de los rostros entre la bruma se giraron hacia ellos de golpe, hundiéndose en el suelo por encima de sus cuerpos, de nuevo ensordeciéndolos con sus gritos, congelando sus cuerpos al atravesarlos. Pero el dolor que sentían, era superior al que jamás hubiera padecido, no era un dolor físico lo que aquellos seres les estaban ocasionando, era algo en su cabeza, que parecía poder reventarla.

–¡No! ¡Bastaaaaa! –Siegfried gritaba, revolviéndose en el suelo de una manera violenta. Si hubiese habido alguien más allí para verlos, hubiese pensado que ambos chicos estaban locos, ya que aquella bruma había desaparecido por completo, y no pasó mucho tiempo antes de que el pelirrojo estuviese aporreándose la cabeza contra el suelo, intentando buscar alivio de cualquier forma.

Caleb lo miró, sujetándole la cabeza con un brazo, pegándolo a él. Ambos estaban sudorosos, jadeando por soportar aquel intenso dolor.

–Ven… –le dijo, levantándose, sin dejar de correr con el chico de la mano –. Lo mejor será que nos escondamos en algún agujero de la vía, no podemos recorrer horas en tren, caminando sin descansar. Mucho menos después de esto… –no sabía ya ni lo que decía, sentía que corría por inercia, sus piernas iban solas.

–Sí... –casi balbuceó Siegfried, sintiendo que tenía las mejillas húmedas. No le gustaba aquello, él no era así. Incluso estaba corriendo de manera incierta –. No me sueltes, Caleb –murmuró luego, sin que pudiera detenerse a tiempo.

–No –el otro lo llevó con él, deteniéndose al percatarse de lo que hacían, escondiéndose entre las columnas y abrazándolo. No lo hacía para consolarlo, él también lo necesitaba –. Nos quedaremos aquí un rato. Aquí estaremos bien… estaremos bien...


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