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Capítulo 18
Victory and hatred

Jakob alzó la mirada al ver que el otro se despertaba. Había estado examinando la herida en su pierna, aquello se lo había vendado un médico, se notaba que no era algo tratado al azar. Se puso de pie, dirigiéndose a la bolsa militar que traía consigo y sacando dos latas.

–Es hora de comer.

–¿Ya te has cansado de mirar mi pierna? –le preguntó el chico –Comería mejor si me desatases, ahora ya no te hace falta –dijo observando sus ojos.

–¿No me hace falta? –lo miró serio, preparado por si acaso. Le lanzó la lata de comida de pronto, por ver si la atrapaba.
El moreno la sujetó con la mano, después de que le golpease el pecho.

–Suéltame… no voy a hacerte nada, me halagas. –le dijo, torciendo una sonrisa en los labios.

–¿Te halago? –se rio, acercándose y soltándolo con cuidado. Le daba igual, no había mentido al decirle que podía defenderse sin su arma –Esa herida te la atendió un médico.

–Sí, ¿por qué no lo haría? –lo miró a los ojos mientras lo desataba, vigilándolo y riéndose –Si ya te dije que había un médico con nosotros… entre los supervivientes.

–Intentaba verificar tu historia. ¿O crees que voy a confiar basado en tu mirada de sinceridad? –lo miró serio, abriendo su lata y empezando a comer. Ya no lo necesitaba, podía matarlo en cualquier momento. Sin embargo, estaba bien tener algo de ayuda.

–¿Sabes? Me encantas, para ser un blanquito… – contestó, abriendo la lata y empezando a comer, sin quitarle la mirada de encima. ¿Por qué sentía de algún modo reconfortante la idea de que ambos estuviesen continuamente preguntándose si no debían matarse?

–Ya te dije que es al revés... –le sonrió de manera burlona, sin dejar de comer. Podría ser un enemigo, pero tenía una buena actitud. Estaba harto de ver soldados temblorosos y acobardados.

El moreno se echó un poco hacia atrás de golpe, al observar uno de aquellos rostros golpearse contra la ventana tras el chico. No era para él desconocida la idea de los espíritus. A los muertos se les debe respeto, cosa que los occidentales parecían ignorar.

–¡Mierda! –Jakob gritó de pronto, molesto porque les interrumpieran. Pensó en tirarle la lata de comida, pero no pensaba desperdiciarla. Súbitamente, una extraña risa surgió de la cabina de control, mientras el tren se detenía, sólo para andar de nuevo, lanzándolos al suelo por la brusquedad del movimiento.

–Sí… mierda –dijo el moreno, al parecer sin moverse del suelo, cogiendo la comida del mismo como si nada y sentándose con la espalda contra la parte baja de los asientos –. Los espíritus están molestos.

–Y me han enfadado a mí también –casi gruñó Jakob, poniéndose a gatas e intentando llegar a la cabina, golpeándose el costado ante otra súbita parada del mismo.

–No vayas, no puedes detenerlos –explicó sin moverse del sitio, escupiendo algo que había en su comida.

–Lo he hecho antes. No voy a quedarme aquí, no me dejaré vencer –murmuró, frunciendo el ceño y avanzando de nuevo. Lo cierto era que no podía saber si los había detenido antes o si solamente se habían marchado por decisión propia, pero prefería pensar que estaba ganando.

–¿Y cómo se detienen? –le preguntó escéptico, observando sus nalgas y pensando que estaba loco, o era muy estúpido.

–Haciendo lo que sea. Prefiero morir luchando que temblando en una esquina –le contestó, aún avanzando y golpeándose nuevamente al detenerse el tren –. No voy a morir –se contradijo luego. El tren no avanzaba ya. Se había quedado completamente quieto, pero algo estaba golpeando el techo del mismo, a pesar de que casi no había espacio allí arriba.

Asim se levantó, subiéndose a los asientos y golpeando el techo de vuelta, sujetándose a las barras metálicas de arriba y pegándole una patada al metal.

–¿Así lucha un occidental contra los espíritus? No puedes matar a los muertos, y no pueden matarte…

–¿No pueden? No has visto mucho... –se rio como un demente, mientras se ponía de pie. Tomó su rifle, golpeando el techo a su vez con la culata del mismo.

–¿Pueden? –le preguntó, observando lo que hacía. Se sujetó con fuerza, por poco soltándose por el tirón que había dado el tren al arrancar de nuevo. Se escuchó un chirrido estridente, y un nuevo tirón lo lanzó al suelo. El moreno hizo un sonido sordo para soportar el quejido, tapándose las orejas con las manos hasta que cesó.

–Pueden –contestó el soldado por fin, luego de recuperar la respiración, que se le había ido con el golpe –. Los he visto, y esto... –le mostró un arañazo en su brazo – Eso me lo hizo un espíritu.

–Ya veo… –le dijo el otro, aproximándose a él a gatas, para no golpearse de nuevo si volvía a haber otro parada en seco –. Será mejor que vayamos a la cabina, el impacto será menor y podemos sentarnos en esos asientos.

–Allí intento llegar –le recordó, preguntándose para qué lo detenía si luego iba a sugerir lo mismo. Se agachó de nuevo, impulsándose para llegar lo más rápido posible antes de que decidieran gastarles otra broma.

–Yo creía que ibas a intentar cargártelos… –le recordó, llegando a los asientos de nuevo y sentándose, sujetándose con el cinturón de seguridad –. Al menos nos dejaron dormir.

–Eso también –le sonrió, colocándose su cinturón y dejándose caer un poco hacia delante contra el mismo. El tren se detuvo, de nuevo sacudiéndolos.

–Joder… fantasmas que quieren hacernos vomitar –el moreno se rio de forma un poco descontrolada. En realidad había olvidado su objetivo hacía un rato, ya no se sentía muy inclinado a matar a ese occidental majadero.

Jakob lo acompañó con las risas, a pesar de que el tren se ponía en marcha de nuevo y los golpes se reanudaban. No sólo eso, se podían escuchar gritos y llantos desesperados provenientes del vagón que acababan de desocupar.

Asim miró hacia atrás, pero no se veía nada, peor que eso, de pronto el vagón trasero era sólo oscuridad, como si tan sólo existiese la cabina. De todos modos no pensaba acercarse allí, sería imprudente, y simplemente estúpido. Miró al otro, notando que la oscuridad comenzaba a extenderse por las paredes, como si los fuese a engullir a ellos también.

–Salgamos de aquí… –sugirió, sintiendo que era como lanzarse a un pozo sin fondo. Cuanto más se extendía la negrura, más cerca escuchaba los gritos, comenzaba a ver cómo rostros se dibujaban deformados en la superficie negra, que ahora goteaba sobre ellos mientras se extendía viscosa.

–Aún se mueve –le advirtió el soldado, quitándose el cinturón, aunque el mismo estaba desapareciendo de todos modos. Tomó su rifle, disparando a los vidrios de las ventanas para romperlos, y halando al oriental para que saliera con él. Ni siquiera se detenía a pensar en por qué lo ayudaba.

Asim saltó afuera, pero ambos fueron como engullidos por la fuerza centrífuga que alcanzaba de pronto el tren, pasando ante ellos a una velocidad impensable.

Se tiraron al suelo casi al unísono, consiguiendo librarse de una posible muerte.

–Tal vez sí matan… –susurró, riéndose sin poder evitarlo. No podía evitar sentir la adrenalina recorriendo sus venas cuando aquello sucedía.

–No tal vez –el moreno se rio también, tirando de él para que se pusiese de pie y echando a correr. Su instinto le decía que debían encontrar un refugio pronto. Aún se podía escuchar al tren alejándose, pero ya no estaba allí. Era como si fuese un eco.

Asim lo siguió hasta que llegaron a la zona del siguiente andén, corriendo por aquella vía desierta, el tren estaba allí parado como si nada. Se aproximaron al borde, pero entonces la máquina volvió hacia atrás a gran velocidad.

–¡Arriba! –le gritó, saltando con él desde la vía, sujetándose con los brazos para subir justo antes de que el tren los aplastase –. Joder… –susurró, tirado en el suelo aún.

Jakob se estaba riendo de nuevo como un desquiciado. Cerró los ojos, abriéndolos luego para mirar al oriental.

–No puedes decir que no tenemos emociones –su rostro cambió, frunciendo el ceño –. Pero hemos perdido la comida.

–Tendremos que mirar en este fortín, con suerte habrá comida, no creo que nadie haya sobrevivido. Aunque tú lo hiciste, pero normalmente no son así –se levantó, extendiendo la mano hacia él, observándolo –. ¿Ya no te importa que sea un enemigo?

–Claro que sí, te mataré –se rio nuevamente, observándolo atentamente después –. ¿Te importa a ti?

–No me importa que seas del enemigo, pero claro que yo lo soy. Me he cansado de fingir, si no voy a matarte… ¿para qué? No creo que vayas a ser tan cínico como para matarme ahora, cuando siempre lo has sabido –se llevó la mano a la espalda por si acaso, aunque seguía tendiéndole la otra.

Jakob lo miró con desconfianza, apretando su mano luego, aún alerta. Tampoco era ingenuo.

–Te prefiero así. Por lo menos dices la verdad. Y no, ya no planeo matarte, pero me defenderé si me atacas.

–No te voy a atacar –le dijo, ayudándolo a levantarse y apartando la otra mano después. No se sentía en peligro ya –. Ellos me cogieron de arriba, y me bajaron al fortín –le explicó –. Me ataron, pero me escapé mientras se distraían asustándose… y perdiendo el control. Tú no eres como ellos –le dijo poniéndose frente a él.

–¿No? Dime la verdad. ¿Los mataste? –le preguntó, aunque no pensaba vengarse por unos desconocidos.

–No, los dejé ahí a que se jodieran solos, no necesitaban mi ayuda para eso. Aunque sí quería matarlos, sobre todo a uno de ellos… –lo miró a los ojos, sin apartarse el cabello que le caía delante de la cara –. Espero que se muera… o lo mataré igual.

Jakob le tocó la cabeza de pronto, riéndose.

–Qué buen oriental. Tú tampoco eres como los demás, a decir verdad –se puso serio de nuevo, echando a caminar –. Tampoco me he sentado a conversar con ninguno.

–Entonces no sabes cómo somos… –murmuró siguiéndolo, ya que no conocía bien la ubicación de la comida allí –. Pero yo no soy sólo un oriental, soy de las fuerzas especiales –le dijo, en realidad sintiéndose orgulloso. No le importaba si reaccionaba mal, prefería acabar con aquella tensión antes de que empezase a simpatizarle más.

–Fuerzas especiales, ¿eh? –el moreno lo miró de soslayo, serio. Había escuchado mucho acerca de ellos. La mayoría de los soldados los odiaban especialmente –. Dime entonces, ¿cómo sois?

–Como ves… yo no lo sé. ¿Comparado con qué, con un occidental? –torció un poco la boca en una sonrisa –. No tenemos piedad, y estamos mejor entrenados, comparados con un oriental…

–Bien. No creo que se deba tener piedad en una guerra. Yo tampoco la tendría –le sonrió interesado, preguntándose a cuantos habría torturado y matado –. Hay muchos a los que les gustaría vengarse de vosotros. Bueno, los había.

–Tú no… Tu ejército sí. Ellos me cogieron, me salvaron y curaron mis heridas mientras yo les escupía. No ese al que quiero matar, él me odiaba, y yo a él. Lo cual me pareció mucho más lógico…, pero me jodió –le dijo mientras lo seguía escaleras arriba, pasando entre los muertos que había desperdigados por las mismas, sin prestarles demasiada atención ninguno de los dos.

–Eres simpático –se rio como si fuera una conversación de lo más casual –. Pero si no tienes piedad, debes querer matarlos a todos –meditó, preguntándose qué clase de soldados eran esos que ayudaban a uno de sus enemigos.

–Una cosa es no tener piedad, y otra ser un psicópata, pero yo no soy un psicópata. ¿Y tú? ¿Te gusta matar? –le preguntó, observando su espalda.

–No lo sé. ¿Me gusta? –murmuró como si realmente se lo preguntase, echándose a reír luego.

–Yo creo que sí… –el moreno lo miró de todos modos, sonriendo un poco y pensando en lo fácil que sería rajarle los tendones tras la rodilla en ese momento, pero la verdad es que no tenía ninguna intención de hacerlo, aunque le excitaba un poco pensar en sus piernas desnudas, con los tendones marcados mientras subía las escaleras. Tal vez porque llevaba demasiado tiempo sin sexo.

Jakob giró el rostro observándolo, alertado por ese silencio. Lo incomodaba un poco, pero tenía reflejos rápidos.

–¿Te gusta matar? ¿Te divertías torturando?

–No especialmente, a no ser que fuera alguien de quien quisiese vengarme en concreto, o si estaba de mal humor, me ayudaba a… desahogarme –alzó la vista a su rostro, sonriendo un poco –. No te inquietes, sólo te miraba las nalgas –mintió.

–Nalgas que quisiera conservar –le sonrió curioso. Comprendía ese sentimiento de desahogo, aunque no se lo fuera a confesar, así como tampoco pensaba comentarle la reacción que había tenido la primera vez que había estado en una batalla –. ¿Eres homosexual o soy especialmente irresistible?

–No se permite la homosexualidad en oriente –le dijo reído –. Pero hemos sido entrenados para soportar cualquier cosa… “entrenados…”
–¿Habéis sido entrenados para soportar la homosexualidad? –se rio el moreno, observándolo de nuevo, y abriendo una puerta –Aquí debe haber comida y agua. Pateó uno de los cadáveres para apartarlo de su paso.

–Para soportar una violación –le dijo, entrando con él y examinando las cajas, rebuscando hasta encontrar una mochila, llenándola de agua y comida –. Esto es más comida junta de la que he visto nunca.

Jakob alzó una ceja, preguntándose si realmente estaban tan mal en oriente. Siempre los había considerado unos salvajes agresivos y sin moral. Era lo que le habían dicho en su entrenamiento, que sólo despilfarraban sus propios recursos y luego querían llevarse los de ellos. Ahora no estaba tan seguro de eso, pero no iba a entrar en discusiones políticas, no le interesaban.

–Es agradable saber que si te violo, podrás resistirlo –comentó serio, aunque no pensaba hacer algo así.

–Si me violas, te arrancaré la polla. Pero es agradable saber que te gustaría hacerlo –se rio, tomándose aquello como una broma –. Tú pequeña polla blanquita.

–No es tan pequeña –lo miró serio, como ofendido, riéndose después, agachándose a recoger varias latas, quitándole la bolsa a uno de los muertos, ya que la suya se había quedado en el tren –. ¿Vas a contestar a mi pregunta? Aunque creo que ya lo has hecho.

–Sólo si consigues arrancarme la respuesta… –le dijo serio –. He visto cómo me miras.

–He visto cómo me miras –repitió, sus ojos grises enfocándose en los de Asim, igual de serio.

Los ojos verdosos del moreno lo observaron fijamente.

–¿Quieres hacerlo en una tumba? –le preguntó.

–¿Ves alguna tumba cerca? –contestó como retándolo.

–Estamos en una –se aproximó a él, bajando la mano a su entrepierna y sujetando sus genitales, apretándoselos un poco.

–Es una tumba inmensa –contestó jadeando un poco. Hacía mucho tiempo que no experimentaba aquello. Hizo lo mismo, sujetando el sexo del oriental, sintiendo su tamaño y sonriendo.

Asim se llevó la mano a la espalda, sujetando el bisturí y aproximándose más a él. Lo dejó caer a un lado para que no fuera a cortarse, tomándole la cintura con aquella mano y acariciándole la espalda antes de dedicarse a abrirle el pantalón.

–La verdad es que siempre había querido hacerlo con un blanquito… –confesó, susurrando en su cuello y sonriendo al ver cómo inclinaba un poco la cabeza por las cosquillas.

–Por supuesto. Y yo que creía que en tu zona no había homosexuales –se rio el soldado, demasiado excitado como para pararse a pensar en las consecuencias. En todo caso, llegado el momento, estaría alerta. Le subió la camiseta, tocando su pecho, acariciándolo con algo de fuerza.

–Dije que no se permitían, no que no los hubiera –se sacó la camiseta y la tiró a un lado, respirando con fuerza y subiéndole la suya, aproximándolo más de golpe, arrastrando las manos con agresividad por su espalda –. Puedes hacerlo con un hombre, arriesgándote a que te maten si se enteran. En realidad es excitante –susurró contra sus labios y mirándolo a los ojos –. Igual que ahora.

–Sí, ahora lo es –le sonrió de manera retadora, devolviéndole la mirada antes de atreverse a besarlo, introduciendo su lengua profundamente dentro de su boca, sus manos descendiendo a las nalgas de Asim.

El moreno entrecerró los ojos, nunca antes lo habían besado, y él tampoco había besado a nadie. Jadeó, lamiendo su lengua y mordiéndole un poco los labios, tirando del inferior un poco, antes de romper el beso. Bajó la cara a su cuello, lamiéndoselo, sabía a sangre y a sudor, le excitó sobremanera. Su sexo estaba pulsando como loco, hacía mucho que no tenía aquello. Le bajó la ropa interior mientras sus manos resbalaban por las bien torneadas nalgas, sujetándolas con fuerza, estrujándolas y haciéndolo rozarse contra él.

Jakob gimió, apretando los dientes para no hacer ruido. Se sentía tremendamente caliente, aquella manera de tocarlo tan decidida, era apasionado, distinto. Se movió contra su cuerpo, apretándose, rozándose con más fuerza, casi cayéndose hacia atrás por su propia brusquedad. Sujetó la mano del oriental de pronto, llevándola hasta su ano, se preguntaba si se atrevería.

El chico no tardó mucho entonces en empujar con los dedos dentro de él, penetrándolo de ese modo, moviéndolos dentro y fuera de aquella humedad caliente. Le mordió el cuello, empujándolo contra la pared con su propio cuerpo, frotando su sexo contra el del chico y girando la cara para besarlo ahora él. Su otra mano le acariciaba un muslo mientras sus dedos rebuscaban en su interior de forma profunda.

–Me gusta tu cuerpo…

–Para ser... ¿un blanquito? –sonrió, jadeando pero besándolo inmediatamente sin dejarlo contestar. En ese momento, no le importaba mucho nada más. Bajó una mano entre ambos cuerpos, para tocar su sexo de aquella manera, los dedos de Asim seguían adentrándose en su interior, haciéndolo estremecerse.

–Para ser un blanquito… –le dijo riéndose y volteándolo de espaldas a él, escupiéndose en la mano y mojando entre sus nalgas, penetrándolo con los dedos de esa forma, observando cómo entraban y rozando su sexo contra una de las nalgas del chico.

Tenía una espalda bonita, con los músculos dibujándose en su piel y la cintura estrecha. Le mordió cerca de los omóplatos, lamiéndole luego la línea de la columna mientras se ponía tras él y lo penetraba.

Jakob bajó la cabeza, apoyando la frente contra la pared, jadeando con fuerza, y apretando sus nalgas para apresar aquellos dedos. Su sexo goteaba sobre el suelo, completamente erecto y pulsante. La sensación de placer recorriéndolo desde su ano y su entrepierna.
–Tú eres... bueno... para ser un oriental –dejó escapar una ligera risa casi para sí mismo.

–Dirás que soy bueno, porque soy un oriental –sonrió de nuevo, aunque estaba jadeando ante la premisa de penetrarlo ya, le gustaba torturarse, tenerlo así, de ese modo y no hacerlo aún. Apoyó su sexo contra el ano del chico, empujándose y sujetándose a sus caderas, inclinándolo para que se apoyase en las cajas con las manos y lo dejase penetrarlo mejor –. Ah… –jadeó, golpeándose en su interior, moviéndose despacio aún para dejarlo acostumbrarse.

–Mhm... oriental... –le llamó como si fuera un extraño término de cariño, sonriendo. Sintió cómo la tapa de una de las cajas se hundía bajo la presión de su mano, y la retiró, echándola hacia atrás para sujetarse a la cadera del moreno, ayudándolo a moverse –. Más... profundo...

–Como ordenes… –le dijo jugando. Se empujó con fuerza dentro de él, hasta sentir que lo golpeaba por dentro, jadeando sin poder evitarlo y mirando un momento de soslayo hacia la puerta que seguía cerrada, el cadáver en el suelo. Regresó la mirada al chico, bajando una mano y sujetando su sexo, apretándolo dentro de ella. Hacía mucho que no sentía eso, mucho, aquel sexo duro entre sus dedos, estaba empapado –. ¿Así es como pensabas violarme?

Jakob frunció el ceño, dejando escapar una carcajada jadeante luego.

–¿Cómo sabes que no te estoy violando...? –continuó riéndose, ya que sabía que había dicho una locura, pero aquella risa se fue transformando en gemidos. Bajó el rostro de nuevo, el flequillo húmedo por el sudor pegándose a su frente.

–Pues me gusta –apoyó una bota contra el borde de una caja, penetrándolo así de forma más profunda, masajeando su sexo y deslizando los dedos suavemente por el caliente glande hinchado, resbalaban en los abundantes flujos que salían del mismo –. Viólame más, puto blanquito… –jadeó, sintiendo su sexo apretado dentro de aquel cuerpo, lo que no entraba en el mismo, el chico lo apretaba entre aquellas nalgas firmes. Le golpeó una con la mano, deslizándola después por el fuerte muslo, clavando los dedos un poco en él.

–Ya... lo hago... –le contestó el moreno sintiendo que se iba a correr de un momento a otro. Pero aún no, quería seguir disfrutando de aquello. Hacía tanto tiempo que no tenía esa sensación y ese oriental era sumamente atractivo, fuerte. Una voz muy tenue dentro de su cabeza le decía que no debía bajar la guardia, pero le era imposible pensar bien así. Su sexo se enterraba continuamente en él, provocándole corrientes de placer.

Asim le apoyó la mano en un hombro, apretándoselo y bajándola por su espalda brillante por el sudor, regresando a aquel pulsante sexo que tanto demandaba su atención. Apretando un poco las mandíbulas para no correrse aún.

–No... Aún no... –murmuró Jakob como si el otro no pudiese escucharlo. También apretó sus mandíbulas, jadeando a través de los dientes de todas maneras. Cerró los ojos, estremeciéndose con violencia, casi a punto de llegar al orgasmo, pero aún luchando.

–Sí, vamos… –le dijo Asim, golpeándose con más fuerza, apretando su sexo y masajeándolo de forma incesante, aunque aquello lo volvía loco a él también. No creía poder aguantarse mucho más. El semen del chico salió contra sus dedos, haciéndolo sonreír un poco y dejarse llevar por completo, moviéndose dentro de él de forma algo descontrolada, el semen manando dentro de Jakob desconsideradamente.

El moreno frunció el ceño, ligeramente incordiado, aunque se sentía demasiado satisfecho como para enfadarse de verdad. Suspiró con fuerza, como dejando salir todo el aire que podía, y sonriendo de nuevo.

–Asim... ha sido un placer, esto de violarte...

–Ya tienes la leche de un oriental en tu cuerpo –salió de él, observando cómo el semen bajaba entre sus muslos. Su propia mano estaba manchada de blanco, se la llevó a los labios, tocándose los nudillos con la lengua.

Jakob se empujó con los brazos para erguirse por completo, observándolo, y pasándose un brazo por el rostro para limpiarse el sudor.

–Y no está nada mal, ¿eh? –se limpió los muslos con su propia camiseta, subiéndose los pantalones y rebuscando entre las bolsas por si tenía algo de ropa extra. Su espalda aún estaba húmeda, causando la ilusión de pequeñas hojas brillantes en el árbol tatuado en esta. Ni siquiera se había percatado de que ya no estaba a la defensiva.

Asim deslizó la mano por encima del tatuaje, delineando las cicatrices con los dedos.

–¿Qué significa? Este tatuaje.

–Significa que estoy orgulloso de mis heridas, cada una de ellas me hace más fuerte –comentó serio, deteniéndose un momento al sentir sus dedos.

–¿Y esto? –lo rodeó con el brazo, deslizando un dedo por las letras que bordeaban su ombligo –No sé leer vuestro idioma –susurró contra su oreja.

–Yo no sé leer el tuyo, estamos a mano –se rio, dejándose tocar así. Se sentía casi débil ante su tacto, como si le hubiese hecho falta –. Victory, victoria.

–Odio –olió su cuello, besándoselo –. Me gustas, blanquito.

–¿Odio? –preguntó sin comprender, aunque sonriendo –Te gusto por blanquito... –bromeó luego, preguntando –. ¿Y el tuyo? ¿Qué significa?

–Odio –se rio, deslizando la punta de los dedos por el vello sobre su sexo –. ¿Y si vienen los que estaban conmigo e intentan matarme? ¿Qué harás entonces?

–Hum... odio –repitió, molesto por no haberlo comprendido en primer lugar. Se quedó pensativo, sonriendo un poco –. ¿Qué haré? ¿Qué haré? No me digas que hiciste esto sólo para ganarte mi lealtad.

–Lo hice porque me gustas, blanquito, ya te lo he dicho –bajó los dedos por su sexo, subiendo la mano otra vez a su abdomen.

–Ellos no intentarán matarte, te ayudaron. No son ese tipo de soldados –comentó serio, controlándose ante el estremecimiento que le había provocado –. Asim.

–Asim significa el protector –le dijo, bajando un poco la mirada –. Badr luna llena, es mi apellido… no me has contestado a la pregunta, y soy un especialista en interrogatorios.

–¿Vas a torturarme..., especialista? –el moreno se giró en sus brazos para mirarlo, comprendiendo lo que había querido decir con todo aquello –. Mi nombre no tiene un significado tan claro, pero... si quieres una respuesta, ya no te ataré para dormir, ni te apuntaré con mi rifle. Lo que suceda a partir de eso es mi culpa por ser idiota.

–Creí que te excitaba atarme –lo miró a los ojos, tocando el final de su espalda –. ¿Es esto la luna llena? –le preguntó, sujetando una de sus nalgas.

–Es una de tantas lunas –se rio, sujetándole la mano, preguntándose si había notado algo en su expresión o sólo estaba bromeando al respecto –. Tienes razón. Pensándolo bien, tal vez sí te ate.

Asim se rio en alto, apretándolo contra él y besándolo, pensando en lo hilarante que era, que todos sus sentimientos de odio se hubieran calmado por aquel chico, que no había hecho nada por conseguirlo.

–Eres gracioso… –repitió sus palabras de antes, separándose para vestirse –¿Vamos a seguir andando, o descansaremos por aquí? Con nuestro… amigo… –dijo señalando al cadáver.

–Creo que debemos seguir. Es peligroso quedarse en un sólo lugar. A menos que aún tengas deseos de luchar –le sonrió de aquella manera extraña, sacando la camiseta que había encontrado y poniéndosela al descuido –. Mientras tengamos alimento y agua, estaremos bien.

–No estoy cansado de todos modos –contestó, colgándose al hombro la bolsa que había cogido –. ¿A dónde vamos? Podríamos salir, y adentrarnos en oriente, allí sólo hay muertos, pero no te atacan… –sugirió –. Habría que continuar hasta el fortín en el cabo, es el camino más corto, para llegar a una zona poblada de oriente.

–Oriente. Ir a Oriente –murmuró Jakob como luchando contra sus propios ideales. Pero aquello sólo era un lugar ahora, ya no existiría esa sociedad estructurada. Y Asim conocería bien el lugar –. Pero nos moriremos de hambre allí.

–No, podemos ir a palacio incluso, y quedarnos con todos sus lujos. La comida escasea, pero nos durará un tiempo, hasta que se maten entre ellos en occidente. Tendremos que ver lo que permanece en pie de la ciudad –le dijo, caminando por el andén, de nuevo hacia la vía del tren.

Jakob le sonrió, observándolo de soslayo.

–A palacio, eso me gusta. Llevemos toda la comida que podamos entonces, rey Asim.

–¿Rey?… –preguntó en un susurro, riéndose entre dientes.


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