Capítulo
27
Hooked on you
Vin no comprendía lo que estaba sucediendo. Tan sólo
habían abierto una puerta, y de repente, todos esos solados
se habían abalanzado alrededor de ellos. El lugar se veía
distinto sin embargo, como si estuviera recién construido,
perfectamente limpio, y había un afiche con una modelo muy
retro en la pared.
–¡Despertad! ¡Despertad! Que nos atacan... –le
gritó uno, chasqueando dos dedos frente a sus ojos, como
si se conocieran. No parecían fantasmas, eran demasiado reales.
–¿Qué? –Dean se quedó alucinado,
mirándolos salir de aquel cuarto.
–Sargento –le dijo una voz tras él.
El chico se giró, observando al general allí, de
pie como si nada y mucho más joven de lo que jamás
lo hubiera visto.
–Señor… –dijo dubitativo, como si ya no
supiese qué parte era real y qué parte no.
–Acompáñeme –le dijo mientras salía,
seguido por Dean, que miró al doctor un momento, haciéndole
una seña para que fuera con él.
El chico se apresuró a seguirlo, preguntándose qué
demonios estaba sucediendo, y por qué le seguía el
juego en vez de salir huyendo.
–¿No vienes a patear traseros? –se rio otro
de los soldados, dándole un codazo.
–A... Ahora –murmuró Vin, más mareado
que nunca. Él no pateaba traseros. Por lo menos, no de esa
manera.
–Viene conmigo –dijo Dean, actuando todo lo normalmente
como podía, aunque no comprendía nada de lo que estaba
ocurriendo. Lamentablemente, no podía simplemente preguntarle
al general a dónde iban como si fuese un colega o algo así.
–Sabrá, sargento, que seguimos sin encontrar a esos
soldados. ¿Sabe algo? –le preguntó.
–Señor, no, señor –dijo Dean, preguntándose
de qué hablaba para empezar.
Vin los seguía de cerca, prestando atención. Se sentía
como si hubiese saltado en el tiempo. Tal vez sí que había
sobrevivientes y ahora estaban buscando a los demás. Tal
vez se había golpeado la cabeza.
El general abrió una puerta, internándose por un
pasillo que al parecer los alejaba de toda la acción, y el
pelirrojo sintió deseos de huir nuevamente. Seguro que sólo
eran los nervios.
–Señor, ¿puedo preguntarle a dónde vamos
mientras nos atacan, señor? –preguntó Dean.
–¿Es ese soldado el nuevo? –le preguntó
de pronto, mirando a Vin –¿Cuántos años
tienes, chico? ¿Dieciocho?
–Eh... Sí –contestó de pronto, sin comprender
por qué mentía. Extrañamente se sentía
como si no lo hiciera. Incluso había estado a punto de darle
el saludo militar, aunque ya llevaba algún tiempo allí
–. Señor, si, señor –se corrigió
de pronto.
El hombre, que se había puesto serio, de pronto se rio un
poco, como si le hubiera parecido el descuido de un chiquillo.
–Así que… ¿por qué estuviste en
la cárcel?
Dean alzó una ceja, mirando a Vin de soslayo y haciéndole
una seña para que le siguiese el rollo, quería ver
a dónde los llevaban.
–Ah... Robo menor, señor –murmuró, aunque
sin nada de vergüenza. Aquella información había
venido de la nada. No comprendía por qué el general
se veía más joven, pero también se veía
más agradable –Disculpe mi ignorancia, señor,
pero ¿cuanto tiempo llevan perdidos esos soldados?
El hombre sólo lo miró como sorprendido.
–¿En dónde has estado viviendo?
Dean desvió un poco la mirada, observando a su alrededor,
no recordaba para nada aquellos pasillos.
El general abrió un portón que daba a una sala esférica.
Dentro había una especie de efigie negra en el medio de un
suelo empedrado.
–Colócalo… –le dijo a Dean, mientras él
se remangaba las manos para no mancharse, apartándose un
poco.
–¿Cómo? Señor… yo… –Dean
observó unos ganchos que colgaban del techo, como los de
colgar la carne en una carnicería.
–¡Por Dios! Hágalo ya…, lo ha hecho mil
veces, sargento Smith –le dijo de pronto, haciendo que Dean
se sintiese casi como si de pronto comprendiese o recordarse todo.
Sujetó al soldado, tumbándolo en una mesa y desnudándolo
por completo.
–Que no se pierda ni una gota… ¿eh, señor?
–le preguntó, riéndose un poco, bromeando con
el general, que se rio también.
–¡Dean! –el doctor se revolvía tanto como
podía, horrorizado. Sin embargo, el que lo sujetaba ya no
era Dean, era un hombre rubio, de dedos ásperos, y para desgracia
de Vin, más fuerte que él. Le dio una patada en una
pierna, pero sólo consiguió caerse al suelo.
Echó a correr hacia la puerta sin mucho éxito, ya
que fue arrastrado de nuevo por aquel hombre, que se reía
como si aquello tuviese alguna gracia.
Lo estampó contra una mesa metálica, hundiendo aquellos
garfios de metal en la carne de su espalda, mientras el general
tiraba de unas cadenas, alzándolo hasta el techo y colocándolo
sobre aquella figura negra.
Smith se colocó bajo él, regueros de sangre corriendo
por su rostro, en su boca. Entrecerró un ojo y le sonrió
al joven que colgaba sobre él dando alaridos de dolor y sacudiéndose
a riesgo de partir su carne.
–Lástima no haberte follado antes, ahora harás
algo por occidente, basura –le dijo, moviendo una especie
de guadaña rudimentaria con la mano, y abriéndole
el estómago con ella. La sangre y las tripas cayeron sobre
la escultura de mármol oscuro, mientras un último
alarido resonaba en aquella sala.
El joven abrió la boca ante aquel dolor inmenso, vomitando
sangre, aún estaba vivo en medio de aquella agonía
intensa, incomprensible, pero aquello duró sólo un
segundo. Lo último que sus ojos observaron fue una sombra
enorme proyectada sobre los dos hombres, que no parecían
ni percatarse de su presencia. Y justo como ellos, estaba riéndose.
.....
–Despierta… –Dean sacudió a Vin por el
hombro, no dejaba de temblar y murmurar en sueños, como quejándose,
él acababa de tener una pesadilla también, estaba
sudoroso por el horrible calor. Seguramente eso era lo que le había
hecho soñar con aquello.
–No... –Vin abrió los ojos, con el rostro contraído
en un gesto de dolor, aún temblando, y se abrazó a
Dean apenas lo vio –. Ayúdame, Dean... No quiero morir.
–No vas a morir –lo sujetó con fuerza, abrazándolo
contra sí –. ¿También estabas teniendo
una pesadilla? –le preguntó, ya que la suya había
acabado al ver cómo tenía que agredir a Vin. Como
si no pudiese soportar esa idea, ni siquiera en sueños.
–Una pesadilla, sí –asintió aliviado,
echándose un poco hacia atrás, y sintiéndose
como un chiquillo asustadizo. Realmente había podido sentir
aquellos ganchos en su carne –. Tú estabas allí,
aunque luego cambiaste... Y yo también era otra persona,
pero...
–Ya… Suena extraño, pero me desperté
cuando corrí hacia ti para detenerte y te tumbé en
la mesa. De pronto… sabía lo que tenía que hacer
contigo. Y me desperté, no lo soportaba… –lo
abrazó con fuerza, pensando que habían soñado
lo mismo, y entonces, no había sido entonces a causa de ningún
tipo de delirio –. Era el general. ¿Crees que eso sucedió?
No tiene lógica.
–Claro que no, pero soñamos lo mismo. Eso tampoco
tiene lógica –murmuró, aún estremecido,
apoyándose contra su pecho. Incluso en ese momento, estúpidamente,
se sentía reconfortado de que hubiera despertado para no
hacerle daño –. Smith. Tal vez haya alguna manera de
saber si ese soldado con ese nombre tan distintivo... –se
rio, pensando que ya nada tenía sentido.
Dean suspiró.
–No, no lo vamos a encontrar por soldado Smith, pero sí
por sargento Smith –le tocó el cabello con la mano,
alzándole un poco la cara para que lo mirase –. Me
fijé que en mi cazadora ponía 37, y no 32…
–Y por eso eres el sargento y yo el médico. Yo me
fijé en que tenía los dedos ásperos –le
sonrió, agradecido de tenerlo junto a él –.
Tal vez esa sala esté por aquí. Puedo recordar el
camino más o menos, si llegamos al punto de partida.
–Pero ya no sé en qué fortín estamos…,
déjame pensar –le pidió, aunque no lo había
interrumpido en realidad –. Estamos yendo hacia el 36 aún.
Cuando lleguemos, no pararemos, vamos directamente al 37 en tren…
Espero poder encontrar una explicación a algo de lo que está
sucediendo, allí –le dijo.
–No quiero sonar estúpido, pero realmente me gustaría
que esto fuese una metáfora. Incluso en la guerra, no comprendo
por qué alguien haría algo así. Ni siquiera
era un prisionero, Dean –lo miró a los ojos, pasándose
las manos por el cabello, echándoselo para atrás.
No terminaba de asimilarlo.
–No lo sé, pero no me parece posible que se practicasen
rituales… o lo que fuera eso. Mucho menos con uno de nuestros
hombres. Claro que hay soldados que comenten errores, o que se vuelven
locos y hacen salvajadas, pero son crímenes, y desde ningún
punto veo al general haciendo eso. No, es imposible… puede
que sea un hombre recto, seco, pero no es un psicópata –se
quiso auto convencer para mantenerse sereno, bajo control.
–No, no lo es, ¿verdad? –el pelirrojo suspiró,
pensando que los más callados a veces eran los psicópatas.
Se puso de pie, porque ya estaba nervioso –Bueno, sólo
fue un sueño. Quizás lo que sea que nos ha estado
atacando ahora, juega con nuestra mente. No quiere decir que sea
verdad sólo porque lo hayamos visto.
–Sí, creo que tienes razón –Dean lo miró,
tocándose la sien con una mano, deseando de nuevo tener un
cigarrillo para tranquilizarse un poco.
–Toma, será mejor que comas algo –le sonrió,
buscando en la bolsa y entregándole una lata, notándolo
nervioso. Dean siempre le hacía sentir seguro, pero hacía
bastante rato que se había dado cuenta de lo presionado que
estaba –. ¿Te sientes bien?
–Sí, es todo esto. Nada tiene sentido, no soporto
sentirme inútil –le aclaró, observando la lata
y abriéndola, comiéndose algo sólo por hacerlo
feliz.
–Pues no te sientas así, no lo eres –le tocó
la cabeza sin percatarse de su gesto, más bien como algo
automático –. No sé qué haría
sin ti, Dean. Probablemente estaría muerto.
–No digas eso –frunció el ceño, sujetando
una salchicha con los dedos y metiéndosela entre los labios
–. Come, no vas a morir… para una vez que me dura una
cita –bromeó luego para ver si sonreía.
Vin efectivamente sonrió, sentándose a su lado y
comiendo también para complacerlo. No tenía hambre.
–No, no moriré porque tú estás conmigo.
Me pregunto qué habrá sido de ese oriental.
–Pues no te lo preguntes… –murmuró frunciendo
el ceño, dejando la lata a un lado, ya que ninguno de los
dos tenía hambre –. A mí lo que me preocupa
es tanta calma, si se le puede llamar calma a esos sueños,
claro.
Vin lo miró, sonriendo divertido por sus celos, era encantador.
–Yo lo prefiero. Si continuamos huyendo todo el tiempo, eventualmente
nos cansaremos. Estoy pensando en que debe haber una razón
para la calma, y también una para ese sueño. ¿Recuerdas
algo de la guerra pasada, Dean?
–Nada significativo… y mucho menos sobre desaparición
de soldados. Para los pilotos es diferente, no estamos al corriente
de la infantería –le explicó, recostándose
un poco hacia atrás en el asiento.
–Cierto. Yo aún estaba estudiando –se recostó
contra el respaldo, pensativo. Había logrado evadir el servicio
obligatorio por poco en esa ocasión. La guerra había
acabado súbitamente en una tregua, antes de que las cosas
llegasen a un punto insoportable, como en esta.
–Es mejor no darle muchas vueltas al asunto, de todos modos
no tenía ningún sentido. Cuando lleguemos al fortín
ese… buscaremos en los archivos. Tal vez aún los conserven,
aunque lo más probable es que no. Estarán ya en las
centrales en la ciudad.
–Sí, pero si esto es cierto, tal vez haya algunas
cosas que no han salido de aquí. Nunca se sabe. Quisiera
una copa de vino... Vino fuerte –se rio, suspirando luego.
La realidad le daba resaca –. Espero que Caleb y Siegfried
estén bien.
–Eso espero… –murmuró, pasándole
el brazo por encima de los hombros, descolgando la mano por su pecho
y acariciándolo, sujetando el colgante que tenía en
el cuello –. Quiero comida caliente.
–Yo puedo calentártela –bromeó el médico
para aligerar la situación, recostándose contra su
hombro. Cerró los ojos pensando en Dylan y sus sábanas
suaves, pero prefiriendo no demostrarle su dolor a Dean. Suficiente
con que uno de ellos se deprimiera.
El moreno le besó el cabello con suavidad, oliéndolo
después y soltando el colgante para seguir acariciándole
el pecho con las puntas de los dedos. La verdad es que no se sentía
nada optimista con su futuro.

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