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Capítulo 28
Don’t look back

–¿Puedes creerlo? Encontré bombones –Siegfried los dejó caer sobre la acolchonada cama en medio de aquella enorme tienda desierta en la que ahora se encontraban. No se habían topado con ningún otro sobreviviente, ni siquiera con sus cadáveres. Era como si todos hubiesen desaparecido por completo. Por el momento, estaba contento de poder distraerse así. No quería pensar en las consecuencias, al menos por unas horas.

–¿Y cigarros no? –se quejó el moreno pese a todo, tirado en la cama. Había sido un alivio poder ducharse y cambiarse de ropa. De todos modos, nadie iba a echar de menos esas prendas de marca porque… todo estaba totalmente desierto. Cogió un bombón y le sacó el envoltorio, metiéndoselo en la boca y mirando al techo, pensativo.

–Cigarros no, todos desaparecieron –le mintió, frunciendo el ceño, y seguro de que él los encontraría por su propia cuenta tarde o temprano. Se tiró en la cama, también aliviado de volver a usar jeans y ropa casual, aunque seguía llevando las placas de Caleb al cuello –. ¿Qué vamos a hacer ahora?

–No lo sé… –lo miró de soslayo y dejó escapar la respiración pesadamente por la nariz, bajando una mano y apretándole un poco el muslo, estaba guapo con aquella ropa, era la primera vez que lo veía vestido normal. Apartó la mirada de nuevo, tocándose el cabello con la otra mano y colocándola bajo su cabeza –. Aquí estamos bien… –murmuró, ya que no había pasado nada raro de nuevo, pero no podía dejar de pensar en los que se habían quedado abajo.

–Sí, aquí estamos bien por ahora –repitió el chico, observando su rostro. Sabía lo que estaba pensando, él se sentía egoísta cada cinco minutos. Enterró el rostro entre las sábanas, deseando ser más irresponsable. Si hubieran sido unos imbéciles le habría sido un poco más fácil, pero el caso es que no lo eran.

Caleb se giró de medio lado, pasándole la mano por la cintura y colándola bajo la camiseta para tocarle la espalda, observando lo que hacía y aproximándose un poco más a él.

–¿Qué piensas? –susurró.

–No lo quieres saber –murmuró, seguro de que le diría que habían hecho lo correcto. Giró el rostro de medio lado para poder verlo, sus ojos grises le hacían sentirse mejor –. En los demás –confesó finalmente.

–¿Y no estabas pensando en la cama blanda y la ropa limpia? –le preguntó, tocándole los omóplatos con la mano, aún acariciándolo –Quiero un pitillo… –torció un poco la sonrisa. Sabía que estaría pensando en eso, como él, pero no pensaba volver a bajar a ese infierno. Por eso cambiaba de tema.

–Sí, pero a veces me distraigo –se sentó de pronto, mirándolo –. Tú también pensabas en ellos, no me engañas. Y no fumes.

–Pesado… –dejó caer la mano, apartándola de él y volteándose de espaldas a Siegfried.

–No te pongas testarudo –el chico apoyó su quijada sobre el moreno, observándolo –. Fuma si quieres... Hay cigarros en el pasillo siete –le indicó como ofrenda de paz.

–Odioso… –murmuró, levantándose para ir a buscarlos, sujetándole el tobillo y arrastrándolo por la cama, hasta casi tirarlo –. Ven.

–Agh, ¿Por qué? –protestó el chico, aunque siguiéndolo, metiéndose otro bombón en la boca. Allí abajo no recibían muchos y los que llegaban siempre estaban como viejos –¿Y si estamos muertos? –preguntó de pronto, sintiéndose paranoico.

Caleb le pegó un puñetazo en el hombro y puso cara de pregunta, frunciendo un poco el ceño.

–¿Qué tal eso, eh? ¿Dolió?

–¡Idiota! Como si eso probase algo –protestó el chico, sobándose el hombro y dándole un puñetazo de vuelta luego –. ¿No ves que puede ser el purgatorio? Entonces se supone que debe doler, ¿no? O el infierno. A lo mejor es el infierno.

–Deja de rallarme con esa mierda de panfleto de testigo de Jehová, yo no creo en el infierno –frunció el ceño, caminando con las manos dentro de los jeans –. Estamos vivos… no voy a morirme.

–Pues sólo intentaba explicar esto –Siegfried frunció el ceño también, cruzándose de brazos, molesto porque le hablase así. No era como que él quisiera estar muerto, simplemente no le hallaba lógica a la situación en la que se encontraban.

Caleb suspiró con fuerza, cogiendo un paquete de cigarros y abriéndolo de mala hostia, tirando el papel al suelo. Le dio una calada, respirando con fuerza y guardándose el paquete en el bolsillo trasero, casi aliviado.

–Pues busca otra explicación, no estamos muertos –le sujetó el brazo, haciéndole mirarlo a los ojos –. ¿Vale?

–No estamos muertos –asintió, comprendiendo que no era el único asustado. Le sonrió, un poco culpable por haber dicho esas cosas –. Así que no te reduzcas la vida con eso. Te permito este, porque... Porque eres un terco.

–Idiota… no sonrías así, como si tuvieras puta idea de lo que estoy pensando… –Caleb frunció el ceño, apartando la mirada, fastidiado de que lo leyese así. Tiró el cigarro, pisándolo en el suelo –. Joder, me siento una mierda por pirarme así –golpeó la estantería con el puño, contrariado.

–Sí, yo también. Sigo pensando en las palabras del sargento –murmuró, pensando que Vin se lo había recordado justo antes de que los abandonasen, y aun así no se había detenido.

–Ni siquiera me acuerdo de lo que dijo, está muerto, ¿vale? Hicimos lo que debíamos, y no bajaré de nuevo –negó con la cabeza, apartándose de la estantería.

–¿No lo recuerdas? Yo no puedo olvidarlo –frunció el ceño, apartándose un poco, y moviendo la cabeza –. ¿Cómo sabes que está muerto? Tal vez no, tal vez siguen allí abajo, intentando sobrevivir.

–No vamos a bajar de nuevo –lo miró a los ojos, sin molestarse en apartarse el flequillo que había caído por delante de ellos –. Y mucho menos sin saber dónde están o si siguen vivos. Sería un sacrificio inútil –le aseguró, pese a su armadura, haciendo patente que lo había sopesado.

–Lo sé. No... –el chico bajó la cabeza, apretando una mano –. No sé si lo sería. Tal vez podamos hacer algo desde aquí arriba. Yo tampoco quiero volver, pero... –pero ellos lo habrían hecho por nosotros, pensó, callándose a medias, dejando sin terminar aquella frase.
–¿Algo como qué? –le preguntó –No podemos hacer nada, asimílalo ya, y no tenemos la culpa de que decidiesen mal.

–¿Decidieron mal? ¿De verdad, Caleb? Si hubieras sido tú, yo estaría buscándote ahora mismo –le soltó de pronto, mirándolo a los ojos, casi temblando –. No soy ningún héroe. Soy un cobarde, y tengo miedo, pero lo habría hecho por ti.

–Y yo por ti, pero no por ellos. Y si lo hubieras hecho por mí… no me hagas bajar de nuevo. Nosotros estamos aquí, a salvo –lo sujetó por los brazos –. Ni siquiera queríamos estar en esa guerra, ¿verdad? –se aproximó un poco, besándole los labios con suavidad –Yo también tengo miedo, ¿vale? No quiero regresar a esa tumba.

–Lo sé, pero me siento como una mierda –le confesó, ocultando su rostro contra el hombro de Caleb –. No quiero perderte, no quiero regresar, y me siento como una mierda.

Caleb lo abrazó con fuerza, apretándolo, en realidad, deseando sentir sus brazos con la misma fuerza, sentirse seguro.

–Te quiero… y lo siento…, pero no puedo.

–Lo sé –Siegfried lo abrazó de vuelta, acariciando su espalda, apretando un poco los párpados. Ahora además se sentía culpable por haberle hablado así –. Seguiremos buscando. Tal vez... aquí arriba encontremos algo. Tal vez haya sobrevivientes en la próxima ciudad. Alguien del ejército incluso. No todos estábamos abajo –murmuró por animarlo, aunque sus esperanzas eran tan bajas que estaban en números negativos.

El moreno le apretó el cabello entre los dedos, respirando en su cuello, no quería hablar sobre lo que pensaba de esa posibilidad. Le besó los labios y después la mejilla. En realidad, simplemente no quería hablar más.


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