Capítulo
31
It will never happen to us
–Nada, nada aquí tampoco –Siegfried pateó
la tierra que empezaba a amontonarse en la acera. Habían
recorrido todo el camino hacia esta ciudad sólo para encontrar
más de lo mismo. Empezaba a desesperarse.
Caleb lo miró de soslayo, odiaba que se pusiera en modo
negativo. Ya tenía bastante consigo mismo.
–Estarán en otro lugar, no somos súper hombres
para haber sobrevivido sólo nosotros, ¿no? –murmuró
con el cigarro colgando de los labios.
–Pero nosotros estábamos abajo, en un refugio antigás.
A menos que encontremos a otros que estuviesen en uno nuclear como
esos chicos... –se metió las manos en los bolsillos,
agachándose en el suelo. Estaba cansado.
Caleb se acuclilló a su lado, cruzando los brazos sobre
las piernas, finalmente sentándose en la acera.
–No te sirve estar a salvo si estamos solos tú y yo…
–Caleb, no es eso... –exhaló, mirándolo
a los ojos, serio –. ¿Qué vamos a hacer? La
comida no durará para siempre, y no podemos seguir así.
Además... Además...
–Llegará por suficiente tiempo –lo miró
a los ojos, también serio –. Para nosotros dos, llegará.
Además… nada. No necesito nada más.
–No soy tan fuerte como tú, Caleb – el chico
le tocó la mejilla, sintiéndose terriblemente débil
y estúpido. Una ráfaga de viento cálido pasó
revolviéndole el cabello, haciéndolo sentirse aún
más perdido.
–¿No eres tan fuerte, o simplemente no te llega conmigo?
–lo miró a los ojos. Él nunca había sentido
aprecio por su familia, ni había tenido realmente amigos.
Siegfried era la primera persona que le importaba realmente. Por
qué no le llegaba con tenerlo a él, igual que a él
le llegaba con el chico, incluso podía sentir que a veces
le molestaban los demás.
–Ya te dije que no es eso. No seas terco –Siegfried
frunció el ceño, sin comprenderlo. ¿Realmente
no se sentía perdido, asustado? Quizás si no hubiera
abandonado a los demás podría disfrutarlo un poco,
pero en cierta manera era como si no estuvieran solos –. Te
amo, Caleb –confesó de pronto.
El moreno siguió mirándolo serio, conteniéndose
para no decirle “pues no se nota” porque sabía
que no era justo y que se arrepentiría de ser tan impulsivo.
–Entonces intenta dejar de pensar en lo que no has hecho,
y piensa un poco en lo que sí. Has salido de ahí,
y estás vivo, ¿no?
–Lo sé. Estoy vivo –asintió, haciendo
un esfuerzo por él, pero no lo comprendía. Le era
difícil simplemente pensar en su propio bien –. Quizás
sólo necesito tiempo.
–Quizás… –murmuró, recostándose
hacia atrás contra la pared, observando el polvo levantarse
con el viento. Sentía que iban a acabar mal, que aquello
era insostenible.
–¿Empiezas a cansarte de mí? –le preguntó
Siegfried observando su expresión. Caleb era el único
que lo había soportado hasta el momento, tal vez ya no le
parecía tan agradable ahora que lo empezaba a conocer mejor.
–No –golpeó un poco el suelo con el mechero,
mirándolo después y sujetándole la mano con
fuerza. Le hubiera gustado ser sincero y decirle que se ponía
insoportable cuando no sabía afrontar una situación,
pero no era sincero. Le costaba demasiado abrir la boca para decir
algo que le saliera realmente de adentro –. Estoy preocupado,
es sólo eso.
–Yo también, pero no me arrepiento de estar contigo
–contestó el chico, siendo sincero a pesar de que le
ardía el rostro. Lo necesitaba a su lado. Tal vez tenía
razón y estaba siendo un necio. No podía cambiar el
pasado. Había tomado una decisión y tendría
que vivir con ella –. Está bien. No voy a...
Una brisa fría lo interrumpió, haciéndolo
estremecerse. Alzó el rostro sorprendido, observando al chico
que parecía semi escondido en el edificio frente a ellos.
–Ca... Caleb... ese es...
La figura de Bjorn echó a correr de pronto, adentrándose
en la calle y deteniéndose como para ver si lo seguían.
Caleb se levantó de golpe.
–Sea como sea, es una persona. ¡Bjorn! –lo llamó
por si era él, corriendo detrás a toda prisa, aunque
imaginaba que ese no era el mejor modo de no asustarlo.
El chico esperó enigmáticamente hasta que estuviesen
lo suficientemente cerca, echando a correr de nuevo.
–¡Bjorn! Mierda... –Siegfried frunció
el ceño, preguntándose por qué huía.
No pensaban hacerle daño, eso era obvio, pero el otro no
parecía querer detenerse. Continuaba adentrándose
más y más, apartándose de la zona central de
la ciudad.
–¿Oye? ¿No será una de esas mierdas
hijas de puta de ahí abajo, no? Porque si es así…
–Caleb lo siguió de todos modos, aunque comenzaba a
sentirse tentado a detenerse, no le gustaba mucho que los estuviera
adentrando.
–No lo sé. Tal vez. Mira... –Siegfried se detuvo,
jadeando por la carrera.
Bjorn también se había detenido y ahora los observaba
desde el portal de una casa. Extendió una mano hacia ellos
y sus labios se movieron, aunque estaba muy lejos como para que
lo escuchasen.
–Vamos…, pero ten cuidado, no sé qué
coño hace, y es muy raro que no esté con su hermano
–le dijo Caleb, aunque tenía una mano en la cintura,
llevaba un revolver que habían sacado de una armería
–. ¿Bjorn?
–Caleb... –Siegfried señaló al chico,
aunque también estaba alerta. Aun así, había
tenido la esperanza de poder hacer algo de bien, pero ahora notaba
que podía ver el portal a través de su cuerpo.
–Por favor... –murmuró Bjorn con un gesto de
tristeza, pasando a través de la puerta, su voz resonando
tras él –. Por favor...
Caleb movió un poco la cabeza, le había dado un escalofrío,
incluso prefería aquellas cosas bizarras de los fortines
a ver el fantasma de alguien que conocía, muerto. Como viera
a Vin… no se lo iba a perdonar, era tan egoísta que
quería pensar que estaba bien, él le había
salvado la vida una vez, ¿pero en qué coño
estaba pensando? Siegfried tenía razón. Meditó
mientras lo seguían escaleras arriba hacia un piso del edificio.
Ya vería cómo disculparse, si es que no era demasiado
tarde.
Bjorn pasó a través de la puerta de nuevo, y la misma
se abrió sola, revelándoles un cuarto extraño,
lleno de folios y apuntes, libros por todas partes, como si alguien
hubiera dedicado los últimos momentos de su existencia a
llevar una investigación en aquel lugar.
–Tenéis que detenerla... Por favor... –la mirada
de Bjorn recayó sobre uno de los libros, las hojas del mismo
moviéndose como impulsadas por una ráfaga invisible
de viento hasta dar con la efigie de una diosa.
Siegfried se acercó, estremeciéndose un poco, le
daban escalofríos. Estaba muerto, ese chico estaba muerto,
y él no comprendía nada. Observó la imagen
en el libro, leyendo el pie de foto.
–Ekisa, diosa de la guerra... –alzó la mirada,
notando que había fotocopias con otras imágenes de
la misma.
–¿Qué significa esto? –le preguntó
Caleb –¿Una diosa? ¿De qué va esto? ¿Cómo
se supone que podemos detener algo así, si ni siquiera puedo
asimilar que exista? –el moreno se giró un poco alrededor
de sí mismo, notando por toda la información que había
de aquella diosa, que aquel hombre debía de estar obsesionado
con el tema. Se acercó al ordenador y lo encendió
por si aún funcionaba –¿Y los demás?
¿Están vivos? –preguntó sin atreverse
a mirarlo.
–Hay cuatro vivos aún. Dylan murió y un chico
rubio... Ward también –murmuró el fantasma,
su voz casi haciéndose inaudible de pronto.
–Lo... siento... –murmuró Siegfried, su propia
voz temblorosa. Así que el reportero estaba muerto, le resultaba
increíble a pesar de todo. Él lo había dejado
atrás –. ¿Qué se supone que hagamos con
esto? –preguntó, mirando por encima del hombro de Caleb
a lo que parecían ser archivos militares con algunos apuntes
del propietario de aquella casa.
–Podéis detenerla, ya se ha hecho antes. Todo está
allí –Bjorn señaló aquella mesa con los
papeles y el ordenador, un delgado camino de lágrimas abriéndose
paso por sus mejillas –. Tengo que irme. No puedo dejarlo
solo por mucho tiempo... –murmuró, casi como distraído,
como si escuchase algo distante, mientras empezaba a desaparecer
–. Por favor...
Caleb no pudo alzar la vista de la pantalla, no tenía cómo
enfrentar a Siegfried en ese momento, ni aquellos ojos tan sinceros
con los que el chico solía mirarlo.
–Este hombre parecía obsesionado con el tema –dijo
como si no le afectase en nada.
–Ah... Sí –Siegfried volvió su mirada
a Caleb, sintiendo que se le erizaba el cabello en la nuca. Se apoyó
en la mesa, observando lo que le mostraba Caleb –. Una diosa...
¿Se supone que detengamos a una diosa? –se pasó
las manos por el cabello, desesperado. Un fantasma acababa de decirles
que detuvieran a una diosa. Aún le costaba procesarlo –.
¿Qué dice?
–Dice que… –empezó a leer, tocándose
el pecho con las puntas de los dedos, tamborileando –. Dice
que… Dylan ha muerto porque yo soy un cabrón –murmuró
sin dejar de fumar, sacudiendo un poco la cabeza y torciendo una
sonrisa –. Esto es una locura… habla de que detuvieron
los sacrificios humanos, pero no es el caso.
–No es tu culpa –murmuró el chico decaído,
tocándole el hombro con una mano. Él sí que
se sentía culpable, sin embargo no quería que Caleb
lo hiciera –. Sacrificios humanos... ¿Quién
hacía eso? Aquí no había ningunos sacrificios
humanos. A no ser... que cuentes a los muertos por las bombas. Mira,
es el general... –comentó de pronto confundido, tomando
una foto del mismo con una estatua en las manos –. Se ve mucho
más joven.
–Pues ya tenemos un candidato –Caleb abrió la
bandeja de los e-mails, tratando de encontrar algo allí –.
Mira… –leyó –“He encontrado a varios
compradores. ¿Sigues empeñado en quedarte con esa
figura?” –observó la fecha, leyendo la contestación,
pero no había nada remarcable –. Otro… –le
anunció, leyendo de nuevo –“¿No piensas
decirme nada? Comienzo a pensar que todas las desapariciones de
esos soldados son cosa tuya. ¿Te has vuelto loco? Sacrificar
hombres a un trozo de piedra no te hará ganar la guerra”
–miró a Siegfried y le señaló el libro
–. Mira a ver si pone algo de lo que hacía esa Diosa
para matar a los enemigos.
–Sí –contestó asustado. ¿El general
sacrificaba hombres? ¿Era eso posible? Tomó el libro
leyendo lo que decía por encima de aquella foto –.
Dice que devora a los enemigos, que destruye sus tierras y sus cuerpos,
se baña en su sangre... Es horrible.
–Es… irreal… –dijo el moreno, observando
unas imágenes que tenía aquel hombre, eran dibujos,
pinturas antiguas –. Deberías… ver esto.
Siegfried se acercó, observando las representaciones artísticas
de la diosa. No sólo eso, algunas parecían una extraña
especie de ritual con una enorme mujer en el centro, mientras del
cielo colgaban varios cuerpos de hombres, atravesados por ganchos,
retorcidos. En una de ellas, se podían ver hilos colgando
de su vientre, seguramente representando sus intestinos a algo así.
–Esto no me mola una mierda, y aquí no dice nada de
cómo detenerla. En uno de los e-mails decía que tenía
que parar, o ella obtendría tanto poder que dejaría
de matar sólo a sus enemigos y destrozaría absolutamente
todo. Creo que eso lo disuadió de seguir con los sacrificios…,
pero… no sé si el otro lo dijo sólo para que
se detuviese, y aun así… No es el mismo caso. Bjorn
está equivocado, nosotros no podemos hacer nada –dijo
sacándose el cigarro de los labios y dejando salir el humo.
–¿Y qué vamos a hacer? ¿Abandonarlos
a su suerte? Dijo que había cuatro vivos... Cuatro... Sólo
puedo pensar en tres –comentó de pronto, preguntándose
si había alguien más –. No, no puedo. Estaba
llorando, tú no viste eso.
Caleb lo miró a los ojos.
–¿Y qué vamos a hacer? ¿Morirnos nosotros
también?
–No lo sé –el pelirrojo se sentó en una
silla, tirando varios papeles al suelo, negando con la cabeza –.
¿Puedes ignorar esto, Caleb? El que aún estén
vivos. Yo no puedo, tengo que hacer algo, es la única oportunidad
que tengo. ¿No lo ves?
El moreno apartó la vista, llevándose el cigarro
de nuevo a los labios, le estaban temblando las manos, veía
muy bien la realidad. Si conseguía forzarlo a quedarse presionándolo,
puede que lo perdonase, pero no iba a perdonarse a sí mismo,
y no estaba seguro de querer a ese Siegfried torturado. Ni de que
eso fuera quererlo… Si bajaban… morirían. ¿Estaba
dispuesto a morir por alguien así de estúpidamente?
–No tienes que venir conmigo –murmuró Siegfried,
en realidad deseando que le dijera que sí, pero se sentía
egoísta, y tampoco quería perderlo –. Bjorn
dijo que todo estaba allí, tal vez pueda encontrar una manera.
Ese tipo de dioses no eran invencibles. Tal vez algún mito...
–se acercó al ordenador, cambiando de tema, sin darle
tiempo a responder siquiera.
Caleb lo miró de soslayo. ¿Algún mito? ¿Ese
era su gran plan? Ir ahí y bajar a pegar saltos y lanzar
huesos en medio de un círculo o algo así. Se giró
para verlo mejor, estaba francamente furioso, le hubiera gustado
atizarle un puñetazo en ese momento, pero probablemente era
sólo porque quería que se lo devolviera. Apretó
el puño, observando sus labios, su cabello, la respiración
moviendo su pecho.
La verdad es que no podía hacer algo así, no a él,
por más odioso que se sintiera en ese momento. Apartó
la mirada, observando una botella casi vacía de un licor
caro. La abrió, bebiéndose un trago.
Siegfried lo miró de soslayo, notando su silencio. Seguramente
estaba furioso con él, luego de lo que habían discutido
anteriormente.
–Ekisa repite el ciclo una y otra vez. Continuará
hasta que no quede nada. No... No puede ser. Antes la detuvieron.
Tal vez sólo tenemos que sacarlos de allí –sin
embargo, recordaba la cara de Bjorn, sus palabras. Eso significaba
que los muertos seguían sufriendo.
–Antes dejaron de cometer sacrificios, joder... ¿Es
que no lo ves? Si le dijo que tenía que detenerse o ella
se haría imparable… ¡Está claro que toda
esta muerte la ha vuelto de ese modo! –golpeó la mesa
con el puño, levantándose bruscamente y lanzando la
botella contra la pared, partiéndola –¡Joder!
No es lo mismo.
El chico se quedó en silencio por un momento, bajando la
cabeza, como destruido.
–¿Y qué quieres que haga? Es lo único
en lo que puedo pensar. ¡Es lo único que puedo hacer
luego de abandonarlos! –se puso de pie, frunciendo el ceño,
temblando –Si esto es cierto, también moriremos de
todas maneras. Se extenderá hacia arriba. Y yo... ¡Están
vivos, maldición! –le gritó, echando a correr
de pronto hacia fuera de la casa.
–¡Mierda, Siegfried! –el moreno corrió
detrás de él, sujetándolo antes de que se largase
y no pudiera atraparlo, abrazándolo por detrás y forcejeando
un poco con él para que parase de resistirse –Lo siento…,
tengo miedo, ¿vale? Tengo miedo…
–¿Crees que yo no? Me estoy muriendo de miedo, Caleb
–le confesó, apretando los párpados y rindiéndose
entre sus brazos –. No quiero regresar allí abajo.
No quiero detener a ninguna diosa demoníaca.
El moreno lo volteó poco a poco, abrazándolo con
fuerza y suspirando, besándole el cabello y bajando la cabeza
para oler su cuello.
–Mira, se supone que eso estaba en el fortín 37, bajamos
allí, lo buscamos… y lo llenamos de explosivos, si
aún así no se detiene… o si ellos no salen…
No me lo pidas más, ¿vale? No más… Y…
como te mueras, te vas a llevar mi odio a la tumba –lo miró
a los ojos, hablaba muy en serio.
Siegfried asintió, sonriendo un poco.
–No quiero que me odies... Eso me da más miedo –le
besó los labios con suavidad, aunque temblando aún.
Él no era ningún héroe, odiaba esa situación.
–No te mueras… y no te odiaré –le amenazó,
sonriendo él un poco ahora, apretándolo aun más
–. Te quiero –le besó los labios también,
apoyando después su mejilla contra la del chico.
–Te quiero a ti –susurró Siegfried, abrazándose
a él, y luchando con las lágrimas –. Ey, Caleb...
Tú tampoco puedes morir. O me mataré y entonces no
podrás odiarme...
–No voy a morir… –le dijo, aunque le había
salido solo, sin pensarlo. En la guerra, algunos veteranos en su
primer día le habían dicho: “Todos creemos que
no nos pasará a nosotros, hasta que nos pasa.” Jamás
se le había olvidado.

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