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Capítulo 32
Going back to hell

–¿A dónde da esta puerta? –preguntó el oriental, que al igual que Jakob, estaba hecho un desastre, heridos y aun si cabe, más destrozados de los nervios. Sujetaba su machete con fuerza, dispuesto a usarlo en cualquier momento.

–Hay alguien ahí… –susurró Dean al doctor, escuchando las voces al otro lado, lo colocó detrás de él, apuntando por si acaso, antes de abrir la puerta.

Vin se preparó de todos modos, sujetando el arma que llevaba consigo, aunque no deseaba volver a usar algo así. No era su fuerte.

La puerta se abrió estrepitosamente, empujada por ambos chicos, Jakob casi cayendo al suelo. Sonrió al ver a los otros dos, murmurando.

–No entréis ahí...

–¿Por qué? –Dean los observó, fijándose en Asim primero, y luego mirando a aquel chico.

–Baja el arma…, soldado –le dijo el oriental, tocando con la punta del machete el arma de Dean –. Venimos desde el infierno, en son de paz –se rio.

–Me alegra ver que estás vivo –sonrió el pelirrojo, bajando la suya por lo menos, aunque lo ponía nervioso con ese machete. El otro chico también llevaba su cuchillo en la mano –. ¿Desde el infierno?

–Sí, esto es sólo el purgatorio –Jakob se enderezó, examinándolos con la mirada, como si fueran ellos los que hubiesen interrumpido algo. Primero quería estar seguro de que no estaban muertos. No pensaba dejarse engañar.

–La bajaré cuando lo hagáis vosotros… Nos hiciste caminar por ese maldito túnel a pie, y perdimos a dos personas, me dan ganas de matarte –Dean lo miró a los ojos y luego al otro –. ¿Desde cuando estás con este tipo?

–Desde que nos encontramos… Oh, deja de llorar, sargento. ¿Pensabas que iba a ayudaros por meterme aquí dentro? Gracias… –dijo en tono jocoso –. Confieso que me alegra ver que el doctor sigue vivo –bajó el machete. Si no le habían hecho nada hasta ahora, no iban a comenzar de pronto. Los occidentales no eran así, no habían pasado por lo mismo que ellos.

Dean la bajó también, alzando una ceja y dejándolo por imposible, no estaba bien de la cabeza.

–Ahora supongo que debo curarte, pero al menos ya no me llamas hijo de puta –Vin bromeó, relajándose un poco. Claro que lo curaría, era médico, a pesar de lo que hubiese sucedido.

Jakob se echó a reír de manera un tanto maníaca, dándole un codazo a Asim.

–Así que, estos son los del mentado batallón. Sólo dos, ¿eh? –comentó sin mucho tacto, imaginando lo que habría sucedido con los demás.

–Ahora sí –dijo el sargento, observando a aquel soldado. O estaba loco, o era un traidor, sinceramente, ya no le importaba una mierda –. Vámonos –le dijo a Vin, sujetándolo por la cintura y subiendo hacia la primera planta para comprobar los archivos, ya que era su única esperanza.

–Está enfadado –le dijo Asim a Jakob, en tono de burla.

–Yo no tengo la culpa de que la gente muera –el moreno se encogió de hombros, alzando una ceja, y subiendo con ellos, notando cómo el médico los miraba de soslayo. Tampoco era una mirada terriblemente amigable.

Dean negó un poco con la cabeza, tenía ganas de darle un puñetazo y desahogarse en él, pero no iba a perder los nervios de ese modo.

–¿Habéis estado teniendo sueños extraños? –les preguntó, tratando de centrarse en hacer bien su trabajo y mantener la cabeza fría.

–No hemos podido dormir mucho últimamente –dijo Asim, que los seguía, aunque se preguntaba el motivo realmente.

Jakob se echó a reír de nuevo, respondiendo.

–Lo siento, pero estábamos muy ocupados intentando no morirnos...

–Lo sé, pero en algún momento habréis tenido que descansar, ¿o no? –Vin los miró, al principio pensando que les tomaban el pelo, pero notando el súbito rostro de confusión que tenía el moreno, como si se acabase de dar cuenta de que no había dormido.

Lo cierto es que Jakob no estaba muy seguro de cuanto tiempo había pasado, le había parecido eterno.

–No, no hemos dormido, doctor, porque es imposible dormir en un foso lleno de cadáveres que tratan de despedazarte, o cuando una mujer enorme te devora… ni cuando caen cadáveres del cielo, que ella mastica, y parte, hasta que su vientre se infla y explota –le dijo Asim, observando los ojos del pelirrojo –. A lo mejor puede darme algo para el insomnio –se rio entre dientes, sintiéndose un poco desbocado.

Dean los miró de soslayo, sin duda habían “perdido el norte”, trató de tranquilizarse de nuevo, y continuó subiendo las escaleras, entrando en el cuarto del secretario y observando en los cajones, buscando fichas antiguas. Sin embargo, no parecía que fuera a tener mucho éxito, como era de esperar.

–¿Qué hacéis aquí? ¿No deberíamos estar intentando salir? –les preguntó Jakob, cuidadoso de no revelarles a dónde pensaban ir ellos. No estaba seguro de querer más compañía que la de Asim.

–Intentamos averiguar qué está causando todo esto –les explicó Vin con la misma paciencia de quien habla con niños pequeños. Tal parecía que el extranjero se había conseguido un compañerito de juegos –. ¿Has encontrado algo, Dean? –le preguntó, girándose para ayudarlo a buscar.

–Sólo veo fichas actuales, como era de esperar… –se echó hacia atrás, sentándose en la mesa y decidiendo encender el ordenador por si allí conservaban los datos –. No vamos a encontrar nada.

–¿Y lo vais a encontrar en unas fichas? –preguntó Asim, mirándolos y sintiéndose incrédulo. Desvió la mirada hacia Jakob, sentándose después en el suelo. Estaba agotado, aquello estaba bien, los occidentales estarían en guardia mientras él descansaba.

–Tuvimos unos sueños, los dos a la vez, en los que vimos cómo alguien sacrificaba a personas a una efigie negra, como una especie de bebé, o algo así, era un poco deforme –murmuró Dean, quien no estaba de humor para hablar con aquellos dos locos.

–¿Un bebé? –Jakob miró a Asim, evaluando si debía decírselo o no. Se había calmado bastante desde que tenía la compañía del oriental. En el pasado, les hubiese disparado –Vimos algo así.

–¿Lo visteis? ¿El qué? ¿En dónde? –el pelirrojo empezó a hacerle preguntas, esperanzado, un tanto molesto ante la sonrisa y la respuesta sarcástica del moreno.

–Allá en el infierno...

–Un bebé… fue lo que quedó luego de que aquella enorme mujer explotase… –le dijo Asim, apoyando una mano en la pierna de Jakob que estaba de pie. De todos modos, no veía un sentido a ocultarles eso. ¿Qué más daba? Si querían tratar de acabar con ello… eran unos ilusos, pero era su problema.

Dean se echó hacia atrás en la silla, no encontraba nada, y aquellas locuras de las que no dejaban de hablar esos dos, lo estaban sacando de quicio. Pero probablemente no mentían.

–¡Sh! –les pidió silencio de pronto, sujetando su arma, notando que alguien abría la puerta desde afuera.

Jakob sujetó su cuchillo, preparándose, frunciendo el ceño y mirando el arma que tenía el pelirrojo entre las manos. Un médico no era un verdadero soldado. Ya se la quitaría cuando se distrajese.

Caleb los miró, sujetando el revólver en la mano.

–Estáis aquí… –dijo aliviado, cargando varios explosivos en una bolsa a la espalda, y observando al oriental después, frunciendo el ceño. ¿Si estaban ahí por qué no se iban y se olvidaban de que el mundo pudiera acabarse y toda esa sarta de mamonadas?

–Caleb, Siegfried –Vin les sonrió sinceramente contento de verlos, bajando el arma también, y acercándose para abrazarlos a ambos espontáneamente.

Siegfried se apartó como reacción inmediata, aunque sí se alegraba de verlos.

–Cuatro... –murmuró, observando al oriental y al soldado al que no conocía –. Regresamos a volar este lugar. Lo... Lo siento –añadió en voz más baja, mirando a Dean de soslayo, le daba vergüenza.

–Eso ya da igual –le dijo el sargento, complacido por ver que estaban bien. Pero no iba a poder olvidarse de que hubieran dejado a dos civiles solos y casi indefensos.

Caleb notó el rencor, preguntándose para qué habían bajado, aunque Vin seguía habiéndole salvado la vida a él una vez, se lo debía, pese a que dudaba que pudiera pagarle con la misma moneda.

–Arriba no hay ni un alma –les dijo el chico –. Es como si algo hubiera hecho que toda la humanidad, o más bien, los animales, se esfumasen. Ni siquiera hay cadáveres –les apoyó el libro con la hoja marcada en la mesa.

–Seguro que están en el infierno –intervino Jakob, dejando escapar una risita, y poniéndose serio enseguida al ver cómo lo miraba el chico.

–Nuestro invitado regresó, y con compañía –les aclaró el pelirrojo por evitar problemas, aunque aquello era más que obvio –. ¿Por qué quieres volar este lugar entonces? –dirigió su mirada a Caleb, de pronto preguntándose qué hubiese sucedido si no los hubieran encontrado allí. ¿Lo hubieran volado aun así?

–Veníamos a buscaros y a tratar de volar donde quiera que esté esa mierda de estatua –le aclaró Caleb. Abrió el libro y le mostró la figura –. ¿Os suena de algo?

–Sí… –Dean se puso a leer lo que decían de la figura, y se acostó hacia atrás en la silla. ¿Cómo podía ser real aquello? –. ¿Creéis que reventando esa figura esto cesará? –les preguntó, no dudando, si no esperanzado.

–Se nos apareció Bjorn, ha muerto, y su hermano también, nos dijo que detuviésemos esto…, pero el tipo que lo investigaba… sólo habla de detener el derramamiento de sangre para que ella se detenga. Lamentablemente…, creo que esta guerra le ha dado el poder suficiente como para mandarnos a todos a tomar por el culo.

Asim se rio un poco, sin moverse del suelo donde estaba sentado.

–No acabareis con ella, con una mujer que se recuesta en las llamas y no le queman, que revienta y renace de nuevo…

–¿Tienes una mejor idea, capullo? –le preguntó Caleb, deseando pegarle un tiro.

–Largarnos de aquí. Si queréis explotarlo todo, en lo que a mí concierne, mucho mejor, pero no pienso morirme por salvar un mundo en el que no queda nadie con vida –le contestó Jakob, sonriendo también. Le hubiera gustado destruirla, por supuesto que sí, pero no estaba loco.

–¡¿Eres imbécil o qué?! ¡Aquí dice que lo consumirá todo! ¡A nosotros también! ¡¿Es que quieres morir?! –Siegfried alzó la voz sumamente cabreado, rojo por la furia en realidad.

–¿No querrás morir tú? –le preguntó el moreno frunciendo el ceño. ¿Qué se creía ese chiquillo?

–Nadie más se va a morir. Calmaos –Vin se puso en el medio por si acaso, suspirando –. Quizás si destruimos la estatua, todo acabe. No lo sabemos.

–Imbécil… –murmuró Caleb, mirándolos y sujetando a Siegfried del brazo –. Pues ya sabéis, sólo tenéis que piraros, por mí mejor.

Asim, que se había levantado cuando Siegfried le gritó a Jakob, frunció el ceño, hablando en tono molesto.

–No te pongas histérico, niñato. Nadie tiene la culpa de que te estés cagando encima de miedo.

–Joder… –murmuró Caleb, que estaba llegando al límite de su paciencia, que no era mucha.

–¡Parad ya! –Dean, que seguía sentado tratando de pensar, los miró –Quien quiera largarse, ya sabe dónde está la puerta, si no, os calláis, y tratáis de actuar como adultos cinco minutos. Nos importa a todos una mierda la opinión personal de cada uno. Intentaremos acabar con eso, porque ha muerto mucha gente que apreciábamos por su culpa, es lo que hacemos, somos soldados, no nos escondemos esperando a que otros nos salven el culo.

Siegfried se quedó en silencio, entre resentido y avergonzado. Sin embargo, no podía ponerse a discutir con el sargento luego de haberse ido así. Pasaron unos segundos antes de que comentase.

–Aún están sufriendo, los muertos. Bjorn nos dio a entender eso.

Jakob exhaló ruidosamente, aunque sin decir nada esta vez. En realidad era porque se sentía cansado. Tal vez deberían separarse de esos nuevamente.

–Lo detendremos. De alguna manera –murmuró el pelirrojo, sintiendo una punzada de dolor, intentando pensar. No iba a dejar a Dylan así, no se lo merecía.

Dean volvió a mirar el libro, ahora que por fin lo dejaban pensar de nuevo, y sujetó de todos modos la mano de Vin, apretándosela un poco a pesar de que no lo miraba. Pasando algunas hojas y suspirando.

–Vin y yo… creo que sabemos llegar allí desde los dormitorios, ¿no? –le preguntó al doctor.

–Estoy seguro de que iréis al infierno si vais a donde queréis –les dijo el oriental –. Y yo no pienso volver –miró a Jakob, aproximándose a la puerta –. Ven conmigo – le pidió –, vámonos de aquí.

Jakob asintió, poniéndose de pie, muy serio.

–No he llegado hasta aquí para morir inútilmente.

El pelirrojo, que acababa de asentir en respuesta a la pregunta de Dean, ahora le apretó la mano, frunciendo el ceño, por primera vez realmente furioso.

–Moriréis si le dais la espalda a esto. Es real, lo he visto y vosotros también. ¿Acaso no escuchasteis a Dean? ¿Se supone que os salvemos el culo nosotros? ¿Sois tan cobardes?

–Somos tan egoístas que queremos vivir porque nos importáis una puta mierda –le dijo Asim, mirándolo a los ojos incrédulo –. ¡¿A quién coño le importó que mi gente se muriese de hambre, puto occidental de mierda?! ¡Sálvame el culo si te da la gana, y si no, jódete, y jódeme a mí de nuevo, como llevas jodiéndome toda tu puta vida, tú y todos vosotros! –le dijo Asim. Saliendo del fortín con Jakob, no iba a colaborar en nada con esos, seguro que si podían, intentarían matarlo.

Caleb los miró, cogiendo un cigarrillo, la verdad es que prefería que se fueran y se perdiesen por ahí.

–Es igual, hagámoslo, con o sin ellos, no nos hacen falta.

Vin suspiró, cerrando los ojos por un momento. Tenía dolor de cabeza.

–Tenemos que hacerlo. Mucho más luego de enterarme de eso...

Siegfried sonrió ligeramente. No los necesitaban de todas maneras. Ya habían demostrado de sobra que eran unos imbéciles y no confiaba en ellos.

Dean se levantó, abrazando a Vin, porque sentía que le hacía falta, él tenía aquella tendencia a tratar de que todo el mundo estuviera bien.

Caleb miró a Siegfried de soslayo, incómodo por la muestra de afecto, apoyándose un poco contra la pared y observando cómo caía la ceniza al suelo.

–¿Estáis bien para hacerlo ya? ¿O necesitáis descansar primero? Nosotros podemos hacer guardia mientras.

–Creo que sería bueno recargar las fuerzas. Hemos estado caminando todo este tiempo –asintió el pelirrojo agradecido, y mucho más calmado ahora, murmurando para Dean –. Ese oriental, jamás me deja curar sus heridas.

–Peor para él, yo te dejo –susurró privadamente, deseando animarlo un poco, sentándose con él después, sobre el suelo, tirando de él para subirlo sobre sus piernas.

Siegfried carraspeó, acomodándose con su rifle entre las piernas. No les iba a servir de nada, pero no le gustaba estar desprotegido. Tomó el libro, volviendo a leer por si acaso se les hubiera pasado algo.


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